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Memoria histórica Antucho Seixido: "En Minsk todo el mundo pensaba que Lee Harvey Oswald era un agente doble"

Pertenece Antonio 'Antucho' Seixido (Limodre, Fene, 1934) a una de esas familias gallegas que tenían más cerca Buenos Aires o La Habana que Madrid. En este caso, un trozo de Galicia en Cuba o de Cuba en Galicia a través de una estirpe que de manera canónica unió las dos orillas. 

Antucho Seixido
Antucho Seixido. Kiko Delgado

Lleva Antucho un cuarto de siglo construyendo con sus manos una casa en su parroquia de Limodre, en Fene, enfrente de Ferrol. Una casa con una hermosa vista a la ría de Ares que no está seguro de que le dé tiempo de finalizar, a sus 86 años. "A mí me gusta acabar lo que empiezo", explica empecinado. Quizás sea un horizonte el centrarse en un lugar para siempre jamás, un centro de gravedad permanente que diría Franco Battiato, para alguien que tiene la nacionalidad cubana, española y norteamericana, aunque su tilde caribeña lo delate. Sus dos abuelos habían emigrado a Cuba y le hablaban al pequeño Antucho del país, lo que encendía su imaginación. Las palabras y algunas monedas de plata que años después comprobaría que eran buenas.

Su padre marchó allá con 12 años, algo que no era extraño a comienzos del pasado siglo en el país. De los nueve hermanos, siete emigrarían a la isla. Antes de morir con 40 le dio tiempo de ser armador allá, tener un par de barcos en los que pescar en el golfo de México y regresar cada cierto tiempo a Galicia donde se casó con una vecina. Tuvieron seis hijos y conocía a cada uno en los viajes de vuelta, al tiempo que "encargaban" el siguiente. Finalmente regresaría a Limodre cuando un huracán caribeño acabó con familiares, sus barcos y la esperanza.

"Lo curioso –destaca Seixido–, es que nuestro padre, que ya había logrado la ciudadanía, nos había inscrito como cubanos en el consulado de A Coruña. Se veía que a pesar de todo confiaba en que tendríamos más futuro en la isla que aquí. De hecho, cuando marché trabajar para allá con 17 años embarqué en Vigo y un guardia civil miró para el pasaporte y dijo: "Estos cubanos de Fene que nunca estuvieron en Cuba mucho me joden!". Yo, había aprobado dos años antes el examen para entrar en los astilleros de Astano, pero acabé marchando con mi hermano Sindo que había montado allá, con ayuda familiar, un taller de mecánica industrial que acabó convirtiéndose en una fábrica".

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Antucho cita una figura importante en su biografía, su hermano mayor Gumersindo 'Sindo' Seixido (1922-2018), maestro de taller en Astano, enlace en la guerrilla antifranquista (colaboró con referentes en este campo como Foucellas, Gayoso, Seoane o su vecino Xan de Xenaro), compañero en el equipo de ajedrez del Che Guevara o director de revistas cubanas especializadas como Mantenimiento (de la que salieron 27 números). Escribió además unas interesantes memorias y el libro de relatos A gloria é un afiador ( Ediciós do Castro, 1992). Su peripecia está sintetizada en el libro de su amigo Xosé Neira Vilas Guerrilleiros ( Ediciós do Castro, 1991) que cuenta la huida de Sindo en 1948 por media España, que daría para otra película redonda de Jean Pierre Melville: desde Astano en la ría ferrolana hasta Port Bou, en Girona, cruzando la frontera con Francia en piragua en un mar enloquecido. Y de Francia a Cuba. Establecido como empresario en la Habana acabará llamando para trabajar con él tanto a Antucho como al hermano más joven, Roxelio 'Geluco', así como a un cuarto, Marino, que regresaría para montar una fábrica en su parroquia. Con la llegada de la revolución los tres primeros alcanzarán puestos de relevancia en el Gobierno cubano: Sindo, director de mantenimiento del Ministerio de Industria; Geluco, vicedirector de Industrias, y el propio Antucho, de Recursos Hidráulicos.

Antes, la vida de los Seixido pasa por la ausencia del hermano mayor que provoca que la guardia civil los fastidie con insistencia en esa miserable posguerra: "Cuando Sindo escapó nos molestaron durante mucho tiempo hasta que se convencieron de que había huido a Francia. Estoy viéndolos llegar la casa la cualquier hora con los fusiles por delante y mirando en las camas o en el desván. Mi abuela, que era una mujer de carácter y fue quien nos crio cuando murieron nuestros padres, discutía mucho con ellos. No se achantaba".

Tras el triunfo revolucionario en 1959 Antucho considera estudiar Mecánica después de las facilidades que anunció el Che

Aunque fue poco, mucho provecho tiró Antucho del colegio local de Limodre, la típica escuela de indianos hecha con dinero cubano. "Allí los maestros hablaban en castellano, pero curiosamente nos enseñaban obras de teatro en gallego", recuerda Antucho y recita un largo pasaje con tilde cubana de alguna de aquellas piezas que aún conserva en su excelente memoria. Luego llegaría el difícil examen para entrar en los astilleros de Astano cómo aprendiz, que aprueba con 15 años, pero donde poco está, ya que la presencia del hermano mayor en la isla caribeña facilita su marcha. Lo haría en una travesía de 31 días en el buque Monte Ulía.

De los barcos feneses a las máquinas cubanas, Antucho no para de trabajar para la empresa familiar. "Teníamos muchos clientes, entre ellos imprentas. Nosotros arreglábamos las de publicaciones muy populares en la Cuba de los 50 como Bohemia, Carteles o Vanidades", comenta. De esa época recuerda Seixido que "a pesar de que los 50 fueron un tiempo de mucho auge de la construcción, había la otra cara: enorme descontento y mucho paro, condiciones de trabajo muy duras y protestas de los estudiantes". Tras el triunfo revolucionario en 1959 Antucho considera estudiar Mecánica después de las facilidades que anunció el Che para quien quisiera hacerlo. "En la Habana no había esa disciplina, así que con una beca de estudios fui a la universidad de Santa Clara. Pero entonces, el Che insiste en que hay que controlar los recursos hídricos de la isla por los ciclones, crear embalses, etc. Así, cuando yo ya iba para segundo curso llega a la universidad, allá por 1961, Faustino Pérez, director de recursos hidráulicos del gobierno, y pide voluntarios para quien quiera ir a la Unión Soviética estudiar ingeniería hidráulica. Y yo, que siempre fui un entusiasta, me apunté".

Antucho Seixido. Kiko Delgado

Así que a comienzos de los 60 desde Santa Clara y La Habana un grupo pionero de chicos cubanos marcha hacia Unión Soviética en plena guerra fría. "Desembarcamos en Kaliningrado, en un barco llamado Baikal, como el lago. Me llamó la atención que las tapas de las alcantarillas estaban escritas en alemán porque claro, aquello había sido la Prusia oriental, la Königsberg de Kant", recuerda. Después de la llegada a Moscú, les informan de que primero tendrían que aprender ruso, y su grupo iría a la ciudad bielorrusa de Minsk. "Llevamos una vida tranquila, aprendiendo la lengua rusa. Un profesor local nos hizo una recomendación: que nos echásemos novia, por supuesto rusa, para practicar el idioma. Y yo le hice caso. Conocí a una chica joven, Galina, muy culta y sensible que resulta que estudiaba en el Instituto de lenguas extranjeras, ¡pero hablaba español mejor que yo! Su padre era un conocido escritor bielorruso, Yanka Bril, que fue premio estatal de la URSS. Fue la mejor profesora posible para entender el pueblo y la lengua rusa".

Cuando Antucho recuerda el ambiente que vivieron en la ciudad, relata el que recuerda de uno extraño personaje conocido en la historia del siglo XX con quien entraron en contacto. "En esa época el campus de Minsk no era muy grande, y después de un tiempo te sonaba mucha gente. Veíamos mucho a un tipo norteamericano que andaba por allí, yendo a actos y preguntando mucho. No sabíamos que hacía, porque era plena guerra fría y los rusos tenían sospechas de los extranjeros, imagínate de un norteamericano. A nosotros, por ejemplo, nos leían la correspondencia, aunque tengo que decir que nunca tuvimos problemas con ellos. El caso es que comentamos el tema con el delegado de nuestra embajada, un tal Vázquez, que curiosamente años después llegó ser cónsul cubano en Santiago de Compostela. Este nos dijo que tuviésemos cuidado con el norteamericano, porque pensaban que era un espía doble, para yanquis y soviéticos.

"Yo coincidí alguna vez, porque buscaba el trato con los cubanos y hablaba un español perfecto. Le pregunté dónde lo había aprendido me dijo que en Bolivia, a saber si fue cierto. Luego resultó que un día fuimos a ver un ballet, el famoso El lago de los cisnes de Chaikovski, y alguien de nuestro grupo se encontró con una conocida suya, Marina. Hablé con ella y me dijo que me iba a presentar su pareja, el norteamericano. Recuerdo que los dos comentamos al tiempo que ya nos conocíamos. Lo vería en total unas tres o cuatro veces, no más. Pero ya digo que no le inspiraba confianza a nadie.

"Aquel Lee Harvey Oswald era el americano que nosotros habíamos conocido, y su mujer era ciertamente Marina", cuenta Antucho

Pasó el tiempo, dejamos de verlo y un día, a finales de 1963 estábamos mirando en la televisión lo del asesinato de Kennedy. Cuando pusieron las imágenes del asesino, o supuesto asesino, todo el mundo dio un salto: aquel Lee Harvey Oswald era el americano que nosotros habíamos conocido, y su mujer era ciertamente Marina (Prusakova). Recuerdo que comentamos que el tipo tenía que ser lo que nos había dicho el delegado, un agente doble. Pasó mucho tiempo y luego no hablamos más del tema, pero recuerdo que allí nadie tuvo duda desde el primero momento sobre que aquel hombre era a quién nosotros habíamos conocido. Quedamos boquiabiertos". Una sacudida en medio de una existencia calma en la capital bielorrusa: "Fuera de eso la vida para nosotros era muy agradable. Hacíamos muchos viajes y visitábamos las repúblicas bálticas en tren, dormíamos donde podíamos e insisto en que nunca nos molestó la policía".

Lee Harvey Oswald con su hija y su mujer, Marina Prusakova en 1962. The U.S. National Archives

Después de aprender ruso, los chicos cubanos son enviados a Uzbekistán. En la ciudad de Tashkent fue donde estudiarían ingeniería hidráulica. Allí Seixido y sus compañeros vivieron un suceso terrible en abril de 1966: un temblor de tierra de 5,1 grados seguido de varios más destruyó buena parte de la ciudad. Murieron oficialmente 200 personas y quedaron sin hogar 300.000. "Nosotros estábamos en una habitación y no nos pasó nada. De hecho, yo estaba despierto y vi como en una película como se iba abriendo la pared, sin temor, como una fantasía. Pero fue terrible. Tuvieron que reconstruir completamente la ciudad, incluida nuestra facultad, y nosotros echamos una mano, claro". En esta época, Antucho hizo varios viajes a Moscú porque allí, como buen gallego, también tenía familia. "Un primo mío, Andrés Pena, que trabajaba en Radio Moscú. Era de San Xoán de Piñeiro, en Mugardos. El padre había sido un marino republicano y lo habían mandado para allá como niño de la guerra. Fue un encuentro muy emocionante", recuerda.

De regreso a Cuba, Seixido comienza a trabajar para el Ministerio, siempre como jefe de algo hasta llegar a director de recursos hidráulicos y eso que no estaba afiliado al PCC. "No, pero por eso nunca me dejaron de nombrar director o jefe", señala. Tiempos en los que no faltaban asesores de fuera de la isla. "Siempre los hubo: soviéticos, sobre todo, pero también búlgaros, etc". Por cuestiones de trabajo, Antucho regresó en un par de veces a la URSS, y por cuestiones técnicas y culturales, a Hungría y Checoslovaquia donde comprueba "que a los rusos no se les quería nada bien, había mucho rencor por las intervenciones que allí habían hecho en el 56 y en el 68".

"Claro que veo errores en la revolución. A mí me molestó tener que pedir permiso para regresar a Galicia, no me gustó y creo que fue un error de la revolución no dejar salir a la gente"

Volviendo a Cuba, tiempos de ilusión como los recuerda el fenés: "Todos nosotros apoyamos la revolución, la lucha, porque el país lo demandaba. Luego la ilusión la vas teniendo y manteniendo a pesar de las dificultades, que hubo muchas. Pero la ilusión a mí me duró mucho hasta que los problemas se hicieron evidentes, aunque ya sé que no todo el mundo lo vio así porque hay procesos históricos que no son lineales, de marcha atrás para coger impulso". En su caso, apunta con la distancia temporal y física: "Claro que veo errores en la revolución. A mí me molestó tener que pedir permiso para regresar a Galicia, no me gustó y creo que fue un error de la revolución no dejar salir a la gente. Se hacía por el temor a la marcha de técnicos", explica.Un mundo que se complica con la desaparición de la URSS, que supone más dificultades para Cuba. Antucho decide dejar esa etapa atrás, "sentí que ya había cumplido, y quise volver". Acerca del sentimiento de nostalgia, saludad o busca de raíces reflexiona Seixido: "El emigrante que iba a América era distinto que el europeo, por lo menos en esa época. Yo solo regresé un par de veces en más de cuarenta años, los pasajes eran muy caros y largos, ya no hablo del avión que solo era para ricos. Por cierto, que en la primera, en 1956, hice el viaje de ida y vuelta en el famoso buque Santa María, que años después secuestraron Pepe Verlo y Henrique Galvâo en protesta por las dictaduras ibéricas y rebautizaran Santa Libertad. Bien, el caso es que sé de gente que iba a Bélgica o Alemania que regresaba cada año o casi. Allá desarrollas una nostalgia inmensa. Conocí la gente que nunca había vuelto y llevaba más años que yo. Ese poso se notaba. Yo lo sentí, y por eso volví a Galicia y quise recuperar un tiempo, volver a integrarme cómo cuando joven".

Desde 1993 vivió y trabajó en A Coruña y en la comarca de Ferrol, más cerca de la parroquia natal de Limodre, donde comenzó él solo a construir su casa. La familia echó unos años en A Coruña, pero su mujer acaba aceptando un trabajo en Miami. "Era para la revista de una prima suya. Al principio le mandaba artículos desde aquí sobre la casa de Picasso en A Coruña o sobre Concepción Arenal, por ejemplo. Pero la posibilidad de hacer más cosas la animó. Luego marcharía mi hija con los nietos y yo ya más tarde, para ayudarlos y echar una mano donde pudiera", comenta. Un nuevo cambio vital que lo lleva a solicitar la nacionalidad norteamericana y adaptarse a un mundo con el que no contaba. "Quise volver a Cuba, pero nunca lo hice. Me gustaría mucho pasear por las calles de la Habana como un turista. No obstante, acabé en Miami y me integré sin ninguna queja, como hice siempre allí donde fui. Siempre me pareció que había que estar en el sitio, conocer las costumbres, la historia y la gente. Esa para mí fue la manera de vivir", mantiene. Lo de la marcha a Miami podrá llevar a alguien a equívocos, así que deshagámoslos: "Yo no marché a Miami, yo volví a Galicia. Lo de Miami fue muy posterior. De todas formas, la gente que veo hoy allí, mucho más joven, está por cuestiones exclusivamente económicas, buscan una vida mejor y la ideología ya no cuenta como antes".

Mientras hablamos, le llega a Antucho un camión con unas puertas para el el piso superior y lo dejo. A ver se finaliza la casa de Limodre de una vez, colocando esas puertas que él siempre fue capaz de abrir y que lo llevaron hacia donde quiso ir, en la estela de los Seixido de Limodre.

Este artículo se publicó originalmente en gallego en la revista Luzes. Ahora Público lo reproduce como parte de un acuerdo de colaboración con la revista. .Aquí puedes encontrar más artículos de Luzes en Público.