El independentismo llega dividido y sin energía a una Diada con poca incidencia política
En el segundo 11 de septiembre con Salvador Illa al frente de la Generalitat, el conflicto territorial casi ha desaparecido de la agenda, en beneficio de cuestiones como la financiación, Rodalies, el catalán o la vivienda, mientras que Junts, ERC y la CUP han centrado el último año en replantear sus estrategias.

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Un año más, la manifestación independentista convocada por la Assemblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural -entre otras entidades- marcará la Diada del 11 de septiembre, la fiesta nacional de Catalunya. Una jornada que ha perdido la incidencia política y social que tenía durante los momentos álgidos del procés y que este año llega marcada por una clara atonía del movimiento soberanista. Queda atrás la época en la que suponía el inicio del curso político y que podía llegar a condicionar al Govern.
A pesar de que decenas de miles de personas saldrán a las calles de Barcelona, Girona y Tortosa -las tres ciudades donde se realizará una movilización que por segundo año consecutivo es descentralizada-, la asistencia estará muy por debajo de la que se daba hace una década, cuando llegaba a superar ampliamente el millón de personas. Además, si entonces las marchas masivas eran recurrentes durante todo el año, actualmente la Diada se ha convertido casi en la única jornada donde el independentismo puede mostrar músculo movilizador.
Si bien es cierto que la tensión entre los tres principales partidos independentistas -Junts, ERC y la CUP- ha ido ligeramente a la baja los últimos meses, el movimiento sigue sin ningún tipo de estrategia unitaria, el conflicto territorial casi ha desaparecido de la agenda política y mediática y el socialista Salvador Illa llega a su segundo 11S como presidente consolidado al frente de la Generalitat. Cosa que no quiere decir que su gestión sea plácida, dado que ahora mismo no parece nada claro que pueda aprobar los presupuestos de 2026, consecuencia de la voluntad de Esquerra de no negociarlos si no hay avances significativos en la nueva financiación.
Cuestiones como el catalán en Europa, la financiación singular, el traspaso de Rodalies o el acceso a la vivienda aparecen actualmente como centrales en la política catalana, sin que a corto o a medio plazo se vislumbre en el horizonte un referéndum de autodeterminación, más allá de los pronunciamientos retóricos de los principales actores -partidos y entidades- del independentismo. Y estas carpetas están totalmente vinculadas al papel que tienen ERC y Junts en el Congreso y a sus negociaciones con el PSOE y el Gobierno.
Un rol que alimenta las críticas a los partidos de determinados -y minoritarios- sectores del soberanismo, como el que abandera una ANC especialmente dura con Esquerra. Relatos que, de paso, engordan la antipolítica y favorecen el crecimiento de la extrema derecha de Aliança Catalana, que contará con la presencia de su líder, Sílvia Orriols, en la manifestación de Barcelona, a pesar de que sea cierto que Lluís Llach, el presidente de la ANC, la haya criticado abiertamente y que la convocatoria de la movilización rehúse explícitamente los discursos excluyentes y xenófobos y haya hecho el llamamiento a manifestarse "a todos aquellos que se sientan catalanes, sin distinción de procedencia, como siempre ha sido".
Críticas a los partidos
Hace un año, con un Illa que apenas hacía un mes que había llegado a la presidencia, las críticas a ERC para investirlo marcaron buena parte de la primera Dia post-procés. Este año la previsión es que los discursos de los convocantes -especialmente el de la ANC- ataquen sobre todo al Govern del PSC, a la vez que repartan los reproches entre las diversas formaciones del independentismo institucional. En este sentido, el manifiesto de la convocatoria -que tiene por título Más motivos que nunca pone el foco en tres grandes cuestiones para movilizarse: combatir la "desnacionalización provocada" por el Estado español, garantizar el futuro del catalán y luchar "contra el expolio fiscal de 22.000 millones de euros anuales".
El texto, a la vez, considera que "el independentismo es la fuerza mayoritaria del país pero los dirigentes políticos han desobedecido el mandato popular". Para seguir que "han renunciado, han bajado la cabeza y han escogido la vía de la sumisión en lugar de la confrontación democrática. Han cambiado la voluntad del pueblo por sillas, por sueldos, por cuotas de poder incluso aceptando pactos con el 155". Y concluir "desde 2018, todos los partidos han alimentado una 'ruta de la normalización' estéril y engañosa, basada en mesas vacías, promesas falsas y pactos sin cumplimiento real". Así mismo, la ANC ningunea los acuerdos por la amnistía, el catalán en Europa, el traspaso de Rodalies o la financiación.
En una entrevista con Público, Lluís Llach aseguraba esta semana que los partidos "han dejado de lado la práctica política independentista para convertirse en partidos de práctica autonomista". Unos ataques a las formaciones que no pueden ocultar la constante convulsión interna que vive la ANC, con pérdida de militancia, dimisiones de cargos, poca influencia política y una capacidad de convocatoria casi nula fuera del 11 de septiembre.
Cambios estratégicos
Como ya pasó el año pasado, Junts, ERC y la CUP asistirán a la manifestación convocada por la ANC, Òmnium y la Assemblea de Municipis per la Independència (AMI), después de vivir 12 meses intensos, de redefinición de sus estrategias respectivas. A finales del octubre pasado, Carles Puigdemont volvió a la presidencia de Junts. Con un rol de oposición claro al Govern de Illa, el partido está pendiente de la aplicación de la amnistía a su líder. A la vez, ha acentuado su viraje ideológico hacia la derecha, como muestran su rechazo a la reducción de la jornada laboral o, especialmente, el endurecimiento de su discurso sobre seguridad e inmigración, especialmente por parte de sus alcaldes, preocupados por el ascenso de Aliança Catalana. Con todo, su papel político está normalizado, como muestra la reciente reunión entre Illa y Puigdemont en Bruselas y que las vías de negociación con el ejecutivo estatal siguen abiertas, a pesar de las tensiones recurrentes.
ERC ha culminado el último año su convulso congreso, con el retorno de Oriol Junqueras como líder e intentando poner en valor el rol decisivo que tienen sus diputados tanto en el Parlament como en el Congreso, para condicionar la acción tanto de Salvador Illa como de Pedro Sánchez. Con el foco puesto en lograr progresos tangibles que contribuyen a mejorar la vida de la gente -como la financiación o Rodalies-, Junqueras ha endurecido últimamente el tono de las advertencias a los socialistas: si no hay avances, no habrá presupuestos ni en Catalunya ni en el Estado.
La CUP también ha concluido el llamado Procés de Garbí, que se está concretando en un discurso más cercano con la voluntad de interpelar a un mayor grueso de votantes y en la voluntad de recuperar incidencia política, como demuestra la negociación con el Govern de medidas concretas en un ámbito tan central como la vivienda. Pasos que da sin evitar tensiones internas, como demuestra la reciente renuncia de Laia Estrada, hasta antes del verano su líder en el Parlament.
Las últimas encuestas muestran como el apoyo a la independencia se sitúa en el 40% de los catalanes, relativamente estable pero unos diez puntos por debajo del logrado en los momentos culminantes del procés. Esto no evita, pero, que las perspectivas electorales de Junts, ERC y la CUP no sean especialmente positivas, tanto por la desmovilización de su electorado potencial como por el ascenso de la extrema derecha de Aliança Catalana, que con un discurso xenófobo y excluyente está captando apoyos crecientes especialmente del entorno de Junts.
La voluntad de frenar este ascenso, que en parte se alimenta de sectores decepcionados por cómo ha acabado el procés y enfadados con los partidos, es uno de los elementos que unifica a ERC, la CUP e, incluso, Junts, aunque en el último caso sea sobre todo por el mordisco electoral que sufre a expensas de los de Orriols. Y parece que la ANC ha entendido este año que Aliança no será precisamente un revulsivo para el independentismo, sino que en todo caso contribuirá a hundirlo todavía más. Hecho que explica el endurecimiento del discurso de Llach contra la formación.
Ahora bien, esto no implica ni de lejos que el independentismo trabaje en una estrategia unitaria ni que a corto plazo pueda recuperar el liderazgo de la agenda política. A pesar de que decenas de miles de personas volverán a gritar "¡independencia!" este 11 de septiembre. Un grito de un movimiento marcado por la atonía y con menos fuerza que nunca desde que el 2012 más de un millón de catalanes salió a la calle para reclamar un Estado propio.

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