Opinión
El apagón: el día que conocimos a nuestras vecinas

Por Toni Mejías
Periodista
El lunes vivimos otro acontecimiento histórico. Uno más. Ya empezamos incluso a acostumbrarnos a sufrir situaciones que solo habíamos visto en series o podcast distópicos. En este caso se trató del gran apagón. El día que toda la península se quedó a oscuras y mostró lo vulnerables que somos sin electricidad y sin telecomunicaciones. Lo primero que sucedió fue lo de siempre en estos casos: empezaron a circular bulos, se agotaron las existencias de agua y de papel higiénico (algún día entenderé esta compra compulsiva) y los medios de comunicación vendieron, una vez más, que se avecinaba el fin del mundo. Los políticos empezaron su eterna batalla en el barro y los gobiernos regionales se adelantaron al peor escenario de caos, saqueos y calles peligrosas.
Obviamente, hubo muchos sucesos derivados de la falta de electricidad que trastocaron la vida de miles de personas. Gente encerrada en ascensores, en trenes en mitad de la nada. Caos en el tráfico. Muertes ocasionadas por no tener luz. Atenciones sanitarias pospuestas… No busco romantizar lo expuestos que estamos ante este tipo de situaciones. Faltará por encontrar la causa, pero, sin duda, más allá de dirimir responsabilidades, tocará evaluar nuestro sistema eléctrico, lo dependientes que somos de determinadas energías y países, pero también la culpa que tiene la privatización de una necesidad básica para cualquier hogar.
Por redes y en algunos noticiarios empezaron a salir vídeos de parques llenos de niños y niñas jugando, personas bailando, escuchando la radio, ya sea las noticias o música. Bares llenos de gente terminando con las existencias. Una conga por aquí, un partido de fútbol improvisado por allá… Más allá de las desgracias arriba comentadas y de las compras compulsivas, parecía que el pueblo había vuelto a comprender lo entretenido que es cambiar una pantalla por la vida de barrio, aunque unos cuantos buscaran wifi desesperadamente en algún comercio con generadores eléctricos. Mientras los políticos se enredaban y algunos cavernarios de extrema derecha en redes hablaban de caos y magnificaban los muertos, la gente estaba en una extraña fiesta cansada de que los acontecimientos históricos siempre supongan pena, desigualdad y odio.
Pero, sobre todo, me quedo con la cantidad de gente que descubrió a sus vecinas y vecinos. Quienes, empujados por el aburrimiento o por la necesidad, tocaron a la puerta de al lado y acabaron compartiendo una charla, una bolsa de papas, una bebida y unas pocas risas. Que descubrieron el nombre de aquella persona con la que cruzaban un simple "hola" o una conversación vacía sobre el tiempo en el ascensor. Además, muchas recuperaron espacio en las calles y sacaron lo privado a lo público como tanto se hacía antaño y que ha quedado relegado a los pueblos o a los comercios y sus terrazas. Una costumbre que teníamos todas y que hemos ido perdiendo, cediendo ese espacio al vehículo privado y a los negocios que ocupan nuestras aceras y nuestros parques. Durante unas horas volvimos a vivir de puertas para fuera en un mundo en el que desde los medios nos piden que nos encerremos y cada vez con más medidas de seguridad.
Está claro que mucha gente sí sufrió de un modo u otro el apagón y que genera una gran desconfianza el que pueda volver a suceder pronto. Que la alegría y la fiesta que llevaban muchas personas no hubiera sido igual si llega a durar más de lo que duró, pero descubrimos varias cosas. La primera, la necesidad de recuperar tiempo para ocio y dejar de vivir para trabajar. Que la jornada laboral de cuatro días es más urgente que nunca. Y también que nuestras vecinas no tienen por qué ser desconocidas a quienes vemos en las reuniones o de pasada. Que podemos volver a abrir las puertas de casa sin miedo a que nos la ocupen. Que podemos volver a ocupar las calles para nuestro ocio sin tener que pagar por ello. No hago un brindis a lo analógico porque no se puede negar la realidad del contexto actual, pero sí a la necesidad de buscar nuevas maneras de ocio, más compartidas, menos individualistas y menos fugaces.
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