Opinión
Auge y caída de Frank Cuesta

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Frank Cuesta es el ejemplo viviente de que la autoficción se nos está yendo de las manos. A menudo los novelistas caemos en la tentación de fabular nuestra propia vida, inventarnos romances, exagerar defectos o virtudes, fraguar una existencia paralela que redima sobre el papel los errores y batacazos de la edición original. En mi novela Cartas a las novias perdidas, el personaje de Pablo H. Casas ha ganado el premio Nobel de Literatura, ha escalado el Everest y tuvo un amorío con Monica Bellucci, pero sólo en su imaginación. Por supuesto, el bueno de Pablo sabe de sobra que todo eso son pajas mentales, muletas oníricas que le ayudan a pasar el rato, porque de creerlas verdaderas sería un avatar más de don Quijote, un caballero andante con la Bellucci en lugar de Dulcinea, un piolet en lugar de una lanza y unas cuantas novelas magistrales a cambio de esas guías de viaje donde se inventa la mitad de los datos.
Cuando uno acepta sus propias mentiras, hay que llamar al psiquiatra, pero al aceptar las de otro, la fábula entra en otro terreno más resbaladizo: el de la literatura, el cine o la política. Durante lustros Frank Cuesta se fabricó un personaje que coincidía punto por punto con el Frank Cuesta que salía por la televisión, un tipo con la gorra al revés que andaba en zuecos por la jungla molestando a los animales. Un montón de gente se lo creyó, quizá porque ya no les convencía el naturalista pacífico, tranquilo y estudioso a lo Rodríguez de la Fuente o David Attenborough, y les resultaba gracioso ver a un gañán malhablado pisoteando ecosistemas, un tipo que iba de regreso al mono para ilustrar la teoría de Darwin. Otra prueba irrebatible de que el reguetón ha triunfado en cualquier ámbito: en la música, en la poesía y hasta en el ecologismo.
Lo que no sabemos es si Frank Cuesta se llegó a creer en algún momento que era Frank Cuesta, probablemente sí, porque su programa llegó a tener tanta audiencia que ganó un premio Ondas en 2011. Fíjate que al premio le faltaba la hache. A estas alturas, cuando acaba de confesar ante una cámara que todo era mentira, que ni tiene cáncer, ni es herpetólogo, ni veterinario, ni rescata animales salvajes, está claro que tendrían que haberle dado un Goya al mejor actor revelación. Me lo imagino calentando frente a la cámara, girando la gorra hacia la nuca para sumergirse de golpe en el personaje Frank: los tacos, la mala hostia, esa calculada espontaneidad que hace las delicias del público. Sin embargo, parece que no había ninguna premeditación, ninguna actuación, que el personaje invadió en seguida al actor para demostrar una vez más que, como advierte José Donoso, "la apariencia es lo único que no engaña".
Un día habrá que preguntarse muy en serio por qué nuestra sociedad decide aupar a lo más alto a estos farsantes que, como Mario Vaquerizo o Frank Cuesta, no tienen ni pajolera idea de música o de biología, pero que oye, ahí están, dando el cante y triunfando por todo lo alto. Seguro que declararse fachas sin complejos y ser amigos íntimos de Ayuso tiene algo que ver en el asunto. Hay gente que va en masa a ver a Vaquerizo cantar en playback con el mismo interés con que atienden las opiniones de Frank sobre la fauna tailandesa: a ver si se pegan una hostia en vivo y en directo. La hostia, en ambos casos, ha sido apoteósica. La verdad es que tiene mérito andar enredando entre serpientes y peleando con ciervos sin más preparación que unos zuecos, una gorra y unas clases de tenis; mucha suerte ha tenido hasta ahora de haber sobrevivido a unas cuantas mordeduras, al ataque de una cobra escupidora e incluso a una visita de Ayuso.
Ayuso, por cierto, ha tenido todavía más suerte al aparecer la confesión de Frank Cuesta justo antes de que bautizara un Centro de Recuperación de Animales Silvestres. Lo llega a llamar "Frank Cuesta" en vez de "Félix Rodríguez de la Fuente" y lo tienen que reconvertir en un circo de tres pistas. En otro fulgurante giro de guion, por lo demás bastante previsible, Frank acaba de confesar que su anterior confesión era falsa, que está siendo víctima de una extorsión por parte de un antiguo colaborador que le exigió que dijera ante las cámaras que no es más que un embustero y un impostor. Más allá del cáncer ficticio, los animales comprados, los perros y gatos envenenados, el circo debe continuar para que el ego de Frank siga en primera plana a cualquier precio. Pronto volveremos a verlo en El Hormiguero domesticando hormigas. Ya advertí no hace mucho tiempo que Frank lleva toda la vida haciendo un documental sobre sí mismo.
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