Opinión
"Yo acuso": de Dreyfus a Gaza

Por Leila Nachawati
Doctora en comunicación y conflicto, profesora en el departamento de Comunicación de la Universidad Carlos III. Autora de 'Cuando la revolución termine'.
"Yo acuso".
Así se titulaba la carta abierta que el escritor y periodista Émile Zola publicó en 1898 y que se convirtió en ejemplo del impacto que el posicionamiento de un intelectual puede tener en la sociedad. De aquel texto nació, de hecho, el concepto moderno de opinión pública.
Alfred Dreyfus, un capitán del ejército francés de origen judío, había sido condenado por alta traición en un juicio basado en pruebas falsificadas por la inteligencia militar y en documentos ocultados a sus abogados. En aquella Europa de finales de siglo crecía el odio al otro: a la población judía, gitana, empobrecida, a las personas homosexuales, a las personas con discapacidad. Un odio endémico que acabaría derivando en las peores atrocidades de nuestra historia reciente. Porque todos los genocidios comienzan con un lenguaje deshumanizador, con la categorización del otro como no humano o subhumano.
En ese contexto, como muestra de su posicionamiento contra el odio, y sobre todo contra el antisemitismo, surgió el texto de Zola. Señaló al Estado, al ejército, y también a la prensa, que llevaba años propagando discursos reaccionarios. Los acusó de permitir y propagar el odio y la injusticia.
Publicaciones nacionalistas como L'Intransigeant presentaban a Dreyfus como un monstruo traidor. Diarios como La Libre Parole exigían entonces la expulsión de la población judía bajo el lema "Francia para los franceses". Medios de comunicación autodenominados católicos como La Croix presumían de ser "el periódico más antijudío de Francia".
"Si no estáis prevenidos..."
Ese "Yo acuso" se convirtió en un símbolo y, como todo alegato capaz de despertar conciencias, fue enseguida objeto de intentos de distorsión y de apropiación. El caso más extremo fue el de la Alemania nazi. En 1941, el aparato de propaganda de Hitler produjo una película titulada, precisamente, Ich klage an (yo acuso). Manipulando el sentido original de la frase, la película buscaba justificar el programa estatal de eutanasia, legitimando el asesinato de cerca de 300.000 personas con discapacidad. Aquello fue un ensayo de lo que sería el exterminio sistemático de millones de personas.
Hoy esa manipulación del "Yo acuso", bajo el pretexto de una supuesta "lucha contra el antisemitismo", la abanderan quienes defienden al Estado de Israel, mientras este extermina a poblaciones, asedia hospitales y deshumaniza a la población palestina, árabe o musulmana de forma sistemática. Sus discursos amplifican la propaganda de medios israelíes en los que la población de Gaza es retratada como "animales humanos" o insectos.
Se reproducen contra la población árabe, casi al pie de la letra, los mismos prejuicios y deformaciones racistas que la prensa europea del siglo XIX desplegó contra la población judía. Porque el odio al otro, a las personas percibidas como árabes o musulmanas, es el antisemitismo de nuestros días.
De esta distorsión nos habló Malcolm X en 1964: "Si no estáis prevenidos ante los medios de comunicación, os harán amar a los opresores y odiar a los oprimidos". Hizo esta advertencia en plena lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, señalando cómo la prensa generalista del país manipulaba la imagen de la población negra, presentándola como delincuentes violentos, mientras retrataba a las autoridades como víctimas que trataban de mantener el orden y la paz.
"Nunca más es nunca más para nadie"
Frente a estas manipulaciones de la historia y del lenguaje, la brújula para no perderse la ofrecen hoy quienes condenan los genocidios allá donde se cometan, quienes reclaman rendición de cuentas, la defensa incondicional del derecho internacional y la aplicación de una justicia universal que no entienda de solidaridades selectivas. Entre ellos destacan los descendientes y supervivientes de tragedias como el Holocausto que, agrupados en organizaciones como Jewish Voice for Peace, gritan en todo el mundo: "Nunca más es nunca más para nadie".
Voces críticas dentro de la propia comunidad judía llevan tiempo advirtiendo que del Holocausto se han extraído dos lecciones diametralmente opuestas. La primera, excluyente y etnonacionalista, sostiene que una atrocidad así no debe volver a ocurrirle jamás al pueblo judío, justificando cualquier acción militar o de castigo en nombre de esa tragedia. La segunda lección es humanista y universal. Defiende que el exterminio de seres humanos indefensos no debe repetirse contra ningún pueblo, bajo ninguna circunstancia, en ningún lugar del mundo.
Esta segunda lectura, que rechaza que en nombre de un genocidio se cometan nuevos crímenes, es un faro en estos tiempos, del mismo modo que lo fue el texto de Zola hace más de un siglo.





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