Opinión
¡Adiós Trump, viva la democracia!

Por Ernest Maragall
Exconseller de Acció Exterior de la Generalitat de Catalunya
Veinte días de la operación Maduro.
Una semana de las reiteradas amenazas sobre Groenlandia/Europa.
Dos días de la flamante constitución de la Junta por la Paz presidida vitaliciamente por D. J. T.
Todo está dicho y repetido en un mundo atónito, indignado y, al parecer, impotente: artículos, declaraciones, redes sociales, debates, tertulias… Todo el mundo habla de unilateralismo, de doctrina Monroe, de petróleo y tierras raras, de los tres espacios de hegemonía mundial, del menosprecio a Europa, del autoritarismo desvergonzado…
Por tanto, más allá de coincidir en el escándalo crítico general, quisiera tomar la distancia necesaria y compartir alguna idea que ayude a la formulación de visiones alternativas desde nuestra humillada y entristecida Europa.
Una Europa que, pese a todo, en los últimos días ha comenzado a ofrecer tímidas señales de reacción activa bajo el estímulo de la desmesura trumpiana sobre Groenlandia.
Primera constatación: estamos todos y todas hipnotizados, paralizados (… ¿y resignados?) ante la presencia permanente e imponente del gran criminal de nuestro tiempo, junto a la de su compañero de horrores, el genocida Netanyahu.
Esta parece ser, precisamente, la intención del presidente Trump con su continua exhibición de dominio personal, sin más límite que "mi propia moral": tenernos a todos quietos y callados, pendientes de la última ocurrencia, decisión, amenaza, intervención, deportación, despido… y tantas otras maravillas.
Segunda constatación: más allá del ya famoso documento sobre Estrategia de Seguridad Nacional, no es muy útil buscar coherencia, estrategia competitiva u objetivos derivados de un supuesto "interés general" de los Estados Unidos.
Trump trata, simplemente, de ejercer desde su condición presidencial un poder tan absoluto como sea posible sobre lo que considera territorio propio (Groenlandia y toda América Latina) o territorios que quiere controlar por razones de seguridad o de explotación económica (Ucrania, Gaza, países africanos, etc.).
Este poder se ejerce de forma cada día más descarada, rompiendo, ¿por qué no?, todos los límites, todos los moldes, todas las normas nacidas de la separación de poderes o de un teórico derecho internacional hoy, parecería, en proceso de extinción acelerado.
Lo que me parece más relevante y conectado con lo que podríamos llamar neofascismo es la intención de superar/anular el marco democrático que hace un año le permitió alcanzar la presidencia norteamericana.
Demasiado parecido a lo que sucedía en Italia o Alemania en los años treinta del siglo pasado.
Trump gobierna desde el ejecutivo en primera persona, margina al legislativo y convierte al judicial en instrumento de persecución política personal y colectiva.
Lo grave es que lo hace profundizando, ridiculizando si conviene, las debilidades, el desprestigio y el desgaste del propio concepto de democracia.
Esto es lo que está realmente en juego: el éxito social y político aparente de un autoritarismo tan potente como eficiente, frente a unas democracias, especialmente las europeas, cansadas, lentas, incapacitadas para tomar decisiones útiles y que ya habían perdido la confianza de la ciudadanía.
¿O no es este el horizonte terrible al que nos acercamos perceptiblemente en la mayoría de los países europeos, incluyendo el nuestro?
Quizá por contraste, el exceso, los horrores crecientes y la sobreactuación de Trump parecen estar generando una primera reacción global tanto en los EEUU como en Europa.
La primera medida a tomar es, pues, plantar cara, movernos y hablar, perder el miedo, desafiar la prepotencia. No para denunciar, no para condenar y llorar, sino para revertir, para afirmar y proponer el proyecto propio.
Exactamente lo que acaba de hacer con claridad y firmeza el primer ministro canadiense.
Eventualmente, el posible triunfo del Partido Demócrata en las elecciones de medio mandato del próximo noviembre.
Pero estoy convencido de que no saldremos adelante si no afrontamos la cuestión en términos activos, no simplemente reactivos, para repensar/reformar nuestros (¿obsoletos?) sistemas democráticos.
Es decir, para recuperar la confianza y el prestigio perdidos en las últimas décadas.
Solo como primera aproximación, pongamos nombre y apellido a la vía democrática que hoy ya es tan urgente como imprescindible: sistemas electorales que devuelvan la relación directa entre política y ciudadanía, construcción de una Europa fuerte y federal, reforma profunda de las administraciones, justicia rápida e independiente, interlocución reforzada entre sector público y poder económico…
Este es, creo, el auténtico y único camino para detener a todos los Trumps del presente y del horrible futuro potencial que ya es una amenaza bien real y tangible en cada uno de nuestros pequeños mundos.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.