Opinión
El club de los Pocholos muertos

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Ha sido toda una sorpresa descubrir que la Consejería de Educación en la Comunidad de Madrid estaba al cargo de un grupo de pijos casi imberbes, prácticamente sin estrenar, recién desembalados de fábrica. Pensábamos que la Consejería de Educación la llevaba Miguel Ángel Rodríguez por control remoto sin más ayuda que una ouija y un porrón. Sin embargo, ni siquiera Rodríguez puede estar en todo y la sorpresa también fue mayúscula para los responsables de la Comunidad (aunque llamarlos responsables es mucho decir), quienes se encontraron de repente con que el departamento al completo parecía una fiesta de pijamas celebrada por cayetanos, borjamaris y pocholos en un ático de la Castellana.
"Los Pocholos" era precisamente el apodo que les pusieron en el propio entorno del PP, para que se hagan ustedes una idea. A pesar de los enchufes, el dinero, la laca y la gomina, no es fácil comprender el fulminante ascenso de este orfeón de vicetiples, excepto al reparar en el detalle de que la cúspide del organigrama está ocupada por una mujer que descubrió que en Ecuador hablan español al bajarse del avión en Quito y que triunfó sin más mérito que haber sido traductora oficial de un perro. De hecho, los Pocholos llegaron hasta ahí arriba arropados por un personaje, Antonio Castillo Algarra, a quien se conoce como "el Rasputín de Ayuso".
Dramaturgo, actor y profesor, entre otros muchos talentos, Castillo Algarra era quien, desde la sombra, manejaba -aparte de a la presidenta- los hilos de escuelas y universidades públicas en Madrid: un verdadero genio renacentista en lucha contra "la epidemia del feminismo mediático", contra la violencia de género y contra su propia su condición homosexual, a la que considera "minoritaria, rara o monstruosa". Como se ve, más renacentista no puede ser el hombre, ya que sus ideas se remontan al Siglo de Oro, por lo menos: "Un hombre no mata a su pareja porque sea mujer, la mata por la loca pasión de los celos; ha sido siempre así y es un crimen pasional". Lo pones en verso y tienes un drama calderoniano con todas las de la ley, y si además le pones corcheas y un trompisón tienes otro musical de Nacho Cano. La Pochola.
Con Miguel Ángel Rodríguez hablándole por un pinganillo y el Rasputín hispánico murmurándole por el otro, no es de extrañar que la cabeza de Ayuso no dejase de parir proyectos culturales tan fastuosos como Malinche, el Ballet Español, la Escuela de Tauromaquia o la Oficina del Español en Madrid, dirigida por ese otro genio renacentista llamado Toni Cantó. Castillo Algarra adoctrinaba a los chavales díscolos del pijerío castizo en su academia For the Fun of It, donde les descubría el tesoro de las humanidades homófobas y la grandeza machista del imperio hispánico al estilo del profesor Keating en El club de los poetas muertos. Su magisterio era de tal calibre que algunos pasaron de recepcionistas a coordinar proyectos de investigación con fondos públicos o de tocar el trombón en la compañía teatral al puesto de director general de Universidades. Carpe diem.
Una lástima que, con el cese del consejero de Educación, Emilio Viciana, y la consiguiente baja de Castillo Algarra, esta fascinante muralla educativa se haya derrumbado dimisión a dimisión, dejando a Ayuso sorda de un oído. Ante la ausencia de su mentor, los Pocholos se han subido uno tras otro a lo alto del pupitre, renunciando a sus estratosféricos sueldos de diputados, para contemplar Madrid desde otra perspectiva. Vete a saber a quiénes va a llamar ahora Ayuso para taponar tantos agujeros, lo mismo tiene que recurrir a José Manuel Soto, a Bertín Osborne y volver a jugar la baza de Toni Cantó, que no ceja un momento en su inapreciable labor cultural de hundir televisiones. Oh capitán, mi capitán, te lo juro por Snoopy.
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