Opinión
Frente al burka, feminismo transversal

Escritora y doctora en estudios culturales
Nunca he visto un burka en España, pero sí lo he hecho en Estados Unidos: normalmente, en mujeres que caminaban ocultas al lado de sus maridos a cara descubierta, deslizándose, tuteladas, como una presencia fantasmagórica, por la calle o los centros comerciales, espacios donde generaban miradas reprobatorias o, como mínimo, de sorpresa. La gente que volvía el rostro para juzgar en silencio se enfocaba en ellas; no en ellos, los acompañantes cancerberos. Y yo me preguntaba en esos momentos hasta qué punto se podía considerar esa práctica como parte de la "libertad" religiosa si las que portaban tal indumentaria, muy probablemente, no habían podido tomar dicha decisión. Como mujer, me incomodaba, al toparme con un espejo que representaba igualdad y diferencia a la vez: féminas ambas, pero provenientes de mundos antagónicos. Tampoco sentía que ese atuendo invisibilizase a la señora que había debajo: ¿cómo podía ser, si los cuellos se giraban a su paso?, ¿si el género de la susodicha destacaba sobre todas las cosas? Más bien, el burka servía para visibilizar una opresión de cuerpo velado, colectivamente tolerada al amparo de una Constitución que protegía la libertad de culto, pero que no necesariamente avalaba todas las prácticas asociadas a un dogma concreto. Al final, entre mi respeto a la diversidad espiritual y aquella visión enmascarada, predominaba una opinión muy parecida a la de Gabriel Rufián: "el burka es una salvajada".
Como símbolo de machismo, alguien que se oponga a la ejecución estructural de la dominación masculina debería, en buena lógica, rechazar esta prenda. Esto no tiene tanto que ver con la vestimenta en sí –si fuese un disfraz de carnaval cargado de connotaciones críticas, otro gallo cantaría– sino con su significado, de ahí que las comparaciones asociadas al hábito de una monja o al traje de un nazareno no se sostengan, pues el marco semántico varía. Parece una obviedad, pero es preciso repetir que, por ejemplo, los capirotes de una procesión de Semana Santa en nada equivalen a los de un ritual del Ku Klux Klan, por mucho que su forma se asemeje. Otro matiz relevante provendría de distinguir entre la práctica específica y la religión que supuestamente la acoge: sólo una minoría de población musulmana (femenina) usa el burka, y su repudio no implicaría la demonización de la totalidad del islam, de la misma manera que tampoco conduce a ese camino oponerse férreamente a la ablación del clítoris –culturalmente aceptada en algunas partes del globo–. Trazar las líneas rojas de los derechos humanos importa, aunque a veces conlleve enfrentarse a debates éticos complejos. En ese umbral de lo tolerable (o no) se juega la izquierda su legitimidad, y no es difícil contemplar estos días a algunos de sus miembros más mediáticos caer en la trampa de una transigencia que atenta contra la dignidad de las mujeres.
Ahora bien, la (ultra)derecha, sabedora de su capacidad para imponer la agenda de la opinión pública, fortalecida internacionalmente y autoproclamada valedora de ciertas esencias –la nación, la familia, etc. – es consciente de que, quizá, el obstáculo más implacable frente a su avance sea el feminismo, y anda pescando futuros votos en un caladero que aún se le resiste: las mujeres. Ante eso, no proponen ampliar los permisos por maternidad, fortalecer la misma sanidad pública que no estuvo a la altura con los cribados del cáncer de mama, dotar de más recursos al pacto contra la violencia de género, solventar la desigualdad salarial, o aumentar las plazas en guarderías públicas; más bien, han optado por introducir un populismo identitario en torno al burka que actúa como caballo de Troya en el corazón de la fortaleza feminista. La estrategia es tan brillante como malvada; responde al poder electoral femenino donde aún queda democracia; y encima nutre el habitual catálogo de odios. Pero si ya sabe la izquierda que se trata de una emboscada, ¿por qué muerde el anzuelo? ¿O es que no lo sabe? ¿Qué hace barajando números, si "cuando tocan a una, nos tocan a todas"? ¿Por qué no reacciona contraponiendo a la sugerencia de prohibir el burka un paquete legislativo radicalmente feminista, que sea la tumba de la misoginia? De lo contrario, estarán regalándole al adversario el reino del sentido común, y toda una historia de luchas, disidencias y conquistas sociales.
No es difícil llegar a la conclusión de que el burka es una salvajada; pero, entonces, nos debemos una conversación amplia sobre cómo erradicar el machismo en cada una de sus vertientes, desde la prostitución hasta la falta actual de prestación por crianza, pasando por la IA que desnuda a chicas sin su consentimiento. Vaya a ser que dejemos entrar al caballo y con él venga, luego, el ejército completo.
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