Opinión
Yo fui adolescente en 2016

Por Leonor Cervantes
Graduada en Filosofía y Ciencias Políticas. Cofundadora de Filosofía en Los Bares
-Actualizado a
Cada semana mi amiga Mari Carmen y yo realizábamos con pulcritud el mismo ritual. De lunes a viernes, después del instituto, paseábamos por nuestra ciudad con ojos de turista. Buscábamos zonas escondidas del paseo marítimo en las que pudiéramos fingir que éramos surfistas de Los Ángeles. O negocios de colores eléctricos, locales fucsias o azules, que hicieran pasar las calles de Málaga por avenidas de Puerto Rico. También prestábamos atención a los muros recién encalados. Los fondos blancos eran los mejores aliados para nuestras fotografías, pero en nuestras casas las paredes tenían gotelé y tiraban más bien a amarillo. Si todo esto nos fallaba, recurríamos a nuestra localización de confianza: las vías abandonadas del tren. Con el spot decidido, un sábado más estábamos preparadas para convertirnos en el equipo de Vogue.
Estábamos en la edad del pavo, pero cuando salíamos de casa y nuestras madres nos preguntaban dónde íbamos, decíamos con la boca bien grande y sin ningún tipo de pudor que habíamos quedado para hacernos una sesión de fotos. No teníamos ni idea de qué era el balance de blancos ni lo pretendíamos, jamás tomamos una fotografía sin quitar el modo automático de la cámara. Cuando estábamos juntas no conocíamos la vergüenza, por eso también posábamos con actitud de modelo aunque ninguna llegara al metro sesenta.
Pasábamos nuestro tiempo libre retratándonos mutuamente porque nos daba la gana. Mari Carmen tenía un blog de moda y yo una cuenta de Instagram. Hacíamos lo que se llevaba por aquel entonces e intentábamos, en el proceso, molar. Vale, ahora hazme una foto a mí así. Venga, que ahora me toca a mí. La cámara pasaba rápido de sus manos a las mías, ambas con las uñas mal pintadas por el mismo esmalte fluorescente de Claire’s. Todavía no habíamos metido nuestras ilusiones en una hormigonera a ver si con ellas podíamos construir un proyecto, un camino laboral, una marca personal. Aún preservábamos, sin darnos cuenta, algo que unos años más tarde perderíamos: un hobby. Era 2016 y nos preocupaba más que se enamoraran de nosotras que mercantilizar nuestras aficiones.
Este primer mes del año, la página de inicio de Instagram y Tiktok se ha llenado de una nueva tendencia: decir que 2026 es el nuevo 2016. Durante varias semanas estas redes se han convertido en un museo de arqueología digital. ¿Los fósiles? Selfies con filtros de aplicaciones que desinstalamos hace mucho, vídeos recreando los primeros trends virales y fotografías luciendo prendas de hace una década (encumbrando gargantillas negras de plástico como si fueran piezas de uniforme napoleónico). Nos lo hemos pasado bien en esta puja virtual para ver quien fue más hijo de su tiempo. Y lo entiendo. Hay que tener cuidado con idealizar el pasado, pero en este caso comprendo la nostalgia.
Cualquiera que haya visto “Las Vírgenes Suicidas” sabe cuál es la mejor frase de la historia del cine: “Obviamente, doctor, usted nunca ha sido una chica de trece años”. Porque comprendo a Cecilia entre mis deseos no está revivir la pubertad. Pero ya que la adolescencia es como la varicela, que resulta más desagradable si te llega crecidita y a una edad que ya no toca, agradezco que a mi me pillara hace una década, en 2016. Porque aunque ese año los chavales de mi clase eran unos cafres y se metían conmigo por no tener “suficiente” pecho, no gritaban que con Franco se vivía mejor. Me desarrollé, y me crecieron las tetas, en un clima donde los revolucionarios del instituto eran los que querían cambiar el sistema, no remar a su favor.
Evidentemente, no todos los que fuimos adolescentes en 2016 vivimos esta etapa de la misma forma. Dependió de mil factores. El principal, el entorno. En este aspecto yo fui una afortunada. Chavala de barrio y de colegio público, me rodeé de los mejores fichajes para delinquir, follar y odiar mi cuerpo por primera vez en la vida. Todos mayoritariamente de izquierdas, algunos por decisión y otros porque era el sentido común que flotaba en nuestro ambiente. Yo también les caí bien. Nos gustamos tanto que a esas primeras veces decidimos sumar otras muchas y sus respectivas repeticiones.
Mis colegas de 2016 no son mis “colegas de la adolescencia”. Son mis amigos, a secas. No hay apellido. Siguen siendo los mismos. Pero hay una diferencia: hace diez años éramos más rebeldes. También nos era más fácil encontrar a nuevos rojos que sumar al grupo. Me gustaría decir que es algo propio de la adultez, que el dinero aburguesa a cualquiera. Sería la explicación predecible. Sin embargo, la mayoría de gente con la que me relaciono sigue igual de tiesa que cuando comía pipas en un banco. Pero eso sí, ahora son más conservadores. La atmósfera también ha cambiado, seguimos a artistas con mucho menos discurso político y anhelamos un tipo de vida que con quince años nos habría parecido el colmo de lo rancio. Huele a vino y cemento.
Ya no soy una adolescente, pero tampoco estoy aún en el punto de liarme a contar batallitas. Sé que esto no es un asunto particular, muchas de las que nos politizamos en 2016 hemos notado el retroceso. Con 16 años, el chico que me gustaba me habló de lo que suponía para él, como vegano, que yo comiera carne. Con 16 años, en mi círculo debatíamos, con la vena del cuello hinchada, si querer sacarnos unas oposiciones para vivir tranquilos en un bloque con piscina era una aspiración de lamebotas. Con 16 años, yo escuchaba canciones de La Otra que hablaban de amor libre. No lo hacía como una imposición para mi correcta concienciación comunista; las canturreaba porque reflejaban cómo quería enamorarme. Porque en 2016, mis colegas y yo pasábamos más tiempo replanteándonos la monogamia que pensando recetas para nuestras parejas.
Antes de tener mi primer orgasmo en compañía, yo ya tenía claro que no quería amar como lo había hecho mi madre, menos aún como mi abuela. Todo lo que había venido antes de mí me parecía carca, no aspiracional. Y me encaraba con la profesora que me regañaba por llevar un top demasiado corto, porque eso era carca. Y me peleaba con el chaval de clase que me llamaba guarra, porque eso era carca. Y me enfadaba conmigo misma por sentir celos porque eso, también, era carca. En casa leía hilos de Twitter larguísimos que me explicaban la diferencia entre el feminismo liberal y el radical. Muchos estaban equivocados y otros se quedaban cortos; pero lo cierto es que eso era lo que aparecía en mi teléfono, y no reels de pedidas de matrimonio.
Los hipster, subcultura imperante aquel año, eran un grupo social absolutamente soporífero, pero al menos lo que se llevaba era ser snob. Ser un listillo era motivo de orgullo. Fuera de forma real o impostada, lo cool era participar del mundo de la cultura. Ir a exposiciones. Ver películas, a priori, difíciles de descifrar. Aspirábamos a realizar esfuerzos intelectuales. Estábamos convencidos de que era mejor leer que no hacerlo. Y si no, fingíamos que lo opinábamos. Porque sí estábamos de acuerdo en que leer era importante, aunque a nosotros lamentablemente nos aburriera. No nos daba igual ocho que ochenta.
En 2016 yo tenía dieciséis años y mil ganas de que mi madre me dejara hacerme un tatuaje. Porque la moda era esa, no borrárselos. Llevaba los morros color violeta con un pinta labios fijo que parecía super glue. No existía el “makeup no makeup” ni el “clean look”. Posiblemente, el progreso habría sido dejar de usar labiales en un tono morado que, desde luego, no nos favorecía. Pero en el camino, qué conveniente, lo perdimos todo. Abandonamos, directamente, cualquier maquillaje y vestimenta que llamara la atención. Que fuera chillón, como nosotras. Ahora se lleva el lujo silencioso y el minimalismo porque llamar a un estilo “mujeres calladitas e imperceptibles” era demasiado fuerte.
Tampoco es que 2016 fuera el paraíso. Hace diez años Donald Trump llegaba por primera vez al poder y Ley Mordaza ya estaba vigente. El capitalismo no se inventó en 2017, y las cosas ya estaban jodidas para muchos hace una década. En 2016 se produjeron 63.037 desahucios en España, el mercado de la vivienda no es un villano reciente. Lo nuevo es que lo estén sufriendo, también, algunos ombliguistas de pasta que, hasta ahora, creían que esa vaina no iba con ellos.
No obstante, cuando estas semanas he visto oleadas de contenido sobre 2016, he sentido un anhelo complejo. Algo más profundo que las ganas de hacer el gamba en Internet durante un rato. En 2016, a muchos el futuro no nos parecía tan abrumador e inasequible como ha terminado siendo. Tampoco tan facha. Lo sé, vivimos una reacción lógica a muchas de las conquistas sociales conseguidas en esta última década. No nos pasemos de pesimistas. Pero también es cierto que estamos asistiendo a una crisis climática, bélica y económica que parecía inimaginable. Por eso, aunque últimamente también está de moda en redes repetir que la nostalgia es mala malísima, quizás sí que haya algo que rascar de este viaje al pasado. Para empezar, el espíritu combativo e inconformista que muchas sostuvimos durante nuestra adolescencia. Eso sí, seamos selectivas. Los pantalones pitillos no hace falta resucitarlos.
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