Opinión
Almunia reloaded
Por David Torres
Escritor
Con cinco días de retraso respecto a Halloween, Almunia ha hecho unas declaraciones sumamente inquietantes respecto a la crisis y al referéndum catalán, tanto que en un primer momento el lector poco atento podía pensar que quizá las había expectorado una calabaza a medio camino entre Mariano Rajoy y Fátima Báñez. Sin embargo, en cuanto el lector desatento atendía un poco más, no tardaba en comprender que se trataba de Almunia, que es exactamente eso, una curcubitácea política a medio cocer, sobre todo desde que se ha afeitado la barba.
Siempre habíamos sospechado que el PP y el PSOE eran entidades perfectamente intercambiables (algo así como esas cadenas de restaurantes de comida rápida donde uno cocina la basura y otro la sirve en las mesas) pero en los últimos tiempos las señas de identidad se han difuminado hasta tal punto que cuando Fátima Báñez le pidió prestado a Zapatero el chiste de los brotes verdes, Almunia ya no se acordaba de quién era el dueño del copyright. Algunos electores empiezan a mosquearse, igual que ese marido casado con una señora que tiene una hermana melliza igual de fea y al que algunas noches le invade el temor de si no se estará follando a su cuñada.
Almunia, que siempre ha tenido pinta de gafe chungo incluso cuando le guindó a Borrell unas elecciones perdidas, logró la difícil hazaña de hundir el Titanic del PSOE haciendo a la vez el papel de iceberg y de almirante de la nave. Luego emigró a Europa a prosperar, siguiendo el ejemplo de tantos españoles que marcharon al extranjero a hacer fortuna, y allí la nube de cenizo que lo persigue a todas partes como una sombrilla de dibujos animados se extendió por toda la zona euro justo cuando él era Comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios. Será casualidad o mala leche pero desde que Almunia le metió mano, de 2004 a 2010, la máquina de repartir billetes nunca ha vuelto a ser la misma.
Muchos pensaban que Almunia estaba desaparecido, aunque muchos más pensaban que no lo bastante. Como tantos otros eurodiputados, Almunia nunca entendió que le pagábamos para mantenerlo lo más lejos posible, de poder ser, justo sobre esa B bien gorda que anuncia en los mapas del tiempo las borrascas del Atlántico Norte. Al final ha regresado sólo para robarle protagonismo cómico a Fátima Báñez, que mira que estaba complicado, más que quitarle el balón de oro a Messi. Entre Almunia y Rubalcaba están bordando una oposición a base de coros, de felicitaciones y palmaditas en la espalda, en la que ya no hay manera de distinguir dónde acaba la derecha y dónde empieza la derecha.
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