Opinión
Lo que Antonio Machado tiene que decir hoy

Escritora y doctora en estudios culturales
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Hace unos días, el 26 de julio para ser exactos, tuvo lugar el 150 aniversario del nacimiento de Antonio Machado. Aunque todo este año se encuentre salpicado de actos conmemorativos en distintas ciudades, yo quise rendirle mi particular homenaje en casa: cerré la traducción en la que andaba trabajando, bajé a la cocina a por un helado y encendí el documental que la talentosa Laura Hojman le dedicó tiempo atrás. Los días azules (2020), citando en el título parte de los últimos versos que —se creen— hiló en vida el gran poeta sevillano. Revisitar obras pasadas constituye un ejercicio de nostalgia al que soy adepta, movida por la sencilla convicción de que la memoria sirve para construir el futuro o, al menos, para desnaturalizar el presente y entender que las cosas fueron una vez de otra manera. Así, en la noche machadiana que Hojman me regalaba, fui redescubriendo al hombre que había olvidado, la época que arcilló la belleza de su lírica y también la barbarie que acabó con sus huesos en Colliure (Francia), donde yace enterrado junto a su madre.
Poco a poco, la que estaba destinada a convertirse en una velada solitaria y celebratoria fue transformándose en una madrugada malhadada y, al final de la cinta, mientras Elvira Lindo contaba en una entrevista la dificultad de que se repita en nuestro país otro período de efervescencia cultural semejante al de aquellos años 20 y, sobre todo, años 30 republicanos, se me despuntó alguna lágrima: gota de los paraísos perdidos. Brotaba la rabia empapada en la comprobación de que el fascismo retorna bajo el frenesí de parte de nuestra gente, de la mano de una pasividad política que no convirtió —cuando se pudo, antes del tsunami— la memoria histórica en pacto de Estado. Surgía la furia silenciosa que, a veces, enciende el pecho, empeñada en rebobinar hacia los posibles escenarios que, de falibles, pasaron a fallidos y, por eso, aquí estamos.
Dentro del filme, Lindo intentaba no caer en el tópico de que cualquier tiempo pasado fue mejor; y Luis García Montero, mientras explicaba que la II República abrió más escuelas durante la guerra que el número erigido en la monarquía de Alfonso XIII, adoptaba una postura parecida. Fuera de la pantalla, yo me preguntaba a qué profundo barranco se había precipitado aquella inteligencia que, solo muy parcialmente y sin haber logrado crear unos procesos rememorativos ni un legado perdurable, se rescató deficientemente durante la transición y apenas tenía presencia en nuestros días. Porque en 2025 también se conmemora el medio siglo del fallecimiento de Franco, aunque esa marca en el calendario luzca ya tan difuminada. A lo largo de las décadas, se han omitido del imaginario social los exilios de muchísimos escritores, cuya obra se lee (poco) como si tal desgarro jamás hubiese sucedido (María Zambrano); a otros se les ha negado la posibilidad de entrar en el canon (Eugenio Granell, Max Aub, José Herrera Petere, María Luisa Elío); a un puñado se les reivindicó un día (Rosa Chacel), para después inhumar sus trayectorias extranjeras.
Ver ese documental me confrontó de nuevo con una idiosincrasia española amnésica donde la cultura —secuestrada, hija del neoliberalismo— la mayoría de las veces debe fusionarse con el entretenimiento si quiere sacar del agua, brevemente, el cuello que se ahoga. Me colocó frente a los ojos las dificultades de sobrevivir como escritora —al igual que les ocurre a tantos amigos trabajadores culturales independientes—, y los riesgos de sustitución por una supuesta Inteligencia (Artificial) que castra la imaginación colectiva y moldea los discursos según los intereses del oligopolio que la rige, aunque nadie tema a ese otro "gran reemplazo". Es más, ver el documental de Hojman me condujo a la porción descarnada de tiempo en que nosotros fuimos refugiados, cruzamos fronteras ligeros de equipaje y, entre las exiguas reparaciones establecidas, jamás se encontró la de aquella ebullición del pensamiento. Y, todavía, debemos considerarnos afortunados, pues en Estados Unidos ya circulan listas de palabras prohibidas —que no pueden aparecer en solicitudes de becas, ni conferencias, ni temarios universitarios—; libros en dirección al sótano de los volúmenes vetados en bibliotecas; y hasta los datos climáticos andan condenados a la extinción, y la mensajera encargada de difundir las (pésimas) cifras de empleo ha sido despedida.
En el fondo —cavilé al terminar un helado que sabía menos dulce—, la biografía de Machado actuaba como el mal de ojo reiterado de un autoritarismo al que se opuso una resistencia apenas tenue, taciturna en los esfuerzos erráticos de una universidad pauperizada, raquítica desde las instituciones y directamente casi borrada en plataformas digitales: la IA de Google, en una búsqueda, me ha dicho que Luis García Montero miente. Por qué ha sido tan complicado dignificar la vida y obra de quienes antaño las donaron, por el saber unido al sueño de mejora social, nos interpela ahora desde la pesadilla. Creo que, a pesar de las precariedades, toca no tirar la toalla si hemos de mostrar algún amor tanto por los muertos como por los no nacidos. Quizá radique ahí la fuerza que Laura Hojman infunde, junto a sus entrevistados, junto a quienes no queremos capitular en este delirio de mundo.
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