Opinión
Arrollado por un tuk-tuk

Por Joan Losa
Periodista
-Actualizado a
La mañana en que Pedro Manuel fue arrollado por un tuk-tuk biplaza a la altura de la Filmoteca, en la calle Santa Isabel, el cielo de Madrid lucía ileso. Sin mácula. No así él, como es natural, que yacía en el suelo como una marioneta sin dueño. Los que presenciaron el atropello no pudieron sino lamentar lo sucedido, agravado además por el hecho de que Pedro Manuel venía de superar lo de su apego evitativo, mecanismo de repliegue afectivo que, como ya apuntara el psicoanalista alemán Jonas Fringsbürger en su célebre Dinámica de los afectos (Cuadernos de Psicología, 1962), elude cualquier atisbo de cercanía o dependencia emocional, incluso cuando esta aún no se ha manifestado.
Pero ese, como decimos, no era ya el caso de Pedro Manuel, que había decidido entregarse a los dictados del afecto y comparecer, por fin, ante la vida en calidad de interesado. Caminaba, pues, con andares resueltos, ajeno por completo a la amenaza motorizada que se cernía sobre él, rumbo a su cita con Alba María, a quien había conocido hacía poco más de dos semanas en la sección de autoayuda de unos grandes almacenes con fuerte implantación nacional, y por quien venía acusando desde la misma tarde del encuentro una desbordante sacudida sentimental que acabaría por disipar, en cuestión de días, su grave problema de apego.
Fue entonces, en ese instante previo al atropello, cuando a Pedro Manuel le asaltó un reproche, acaso un lamento. ¿Por qué alguien que venía sufriendo desde hacía largo tiempo los sinsabores de la soledad —sumido en la peor de las pobrezas, la de no ser indispensable para nadie— había de ser, si nada lo remediaba, arrollado por un motocarro color pomelo a la deriva y sin frenos, cuyo empuje sobre el terreno venía determinado, en gran medida, por un matrimonio de Wisconsin ampliamente volumétrico consecuencia directa de los ultraprocesados? ¿Había derecho a ello?
Y así, con la lucidez que precede al desastre, Pedro Manuel reparó en que difícilmente puede arrollarse algo que ya lo ha sido con anterioridad. Aquella idea, por trivial que pareciera, lo invadió con una súbita sensación de invulnerabilidad y cordura. Pensó entonces que, habiendo sido duramente sacudido por las inclemencias del mercado laboral, del índice de precios al consumo, del suministro eléctrico o del coste de la vivienda en Madrid, poco o nada podía ya el postrero impacto de un vehículo de movilidad urbana cargado, como ya se ha referido, por dos seres cárnicos de gran formato.
Pero no. Falleció en el acto.
Pobre Pedro Manuel.
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