Opinión
Ayuso: visite nuestro bar

Por David Torres
Escritor
Ante la proliferación de áticos, anuncios de hostelería, circuitos de Fórmula 1, contratos con la Quirón, piscinas de olas y promociones inmobiliarias, cabe preguntarse cuántas Ayusos hay ahora mismo en funcionamiento. Y eso que estamos en vacaciones, con lo que no sería raro encontrar una Ayuso más en México, buscando los restos de Hernán Cortés a base de pico y pala, y otra Ayuso en Nueva York, inaugurando una academia de flamenco. A veces me pregunto si los avances tecnológicos en los sótanos de Génova han llegado al punto de clonar varias veces a Ayuso, como hicieron en su día con la oveja Dolly, o si la tecnología consiste simplemente en que Miguel Ángel Rodríguez la mira por duplicado al trasluz del porrón.
Lo más probable es que Isabel Díaz Ayuso tenga unos cuantos heterónimos, aunque no tantos como Fernando Pessoa. Al gran poeta portugués no le bastaba con su propia voz y se fue desdoblando en unas ciento y pico de personalidades poéticas diferentes, tres de ellas tan persistentes que no lo dejaban en paz ni en el baño. Alberto Caeiro, el mayor y el maestro de todos -incluido el propio Pessoa-, vivía en el campo y tenía un estilo sencillo y directo; Ricardo Reis, exiliado en Brasil por motivos políticos, era un poeta culto y estoico que cincelaba odas con nostalgia del latín; Álvaro de Campos, el tercero -o cuarto- en discordia, era un ingeniero naval apasionado y melancólico que escribía poemas torrenciales y llegó a entrometerse en la vida privada de Pessoa hasta el punto de presentarse en una cita con su novia y cortar la relación para siempre. Todo ello sin necesidad de porrón.
Frente a la multiplicidad y el contraste de los heterónimos de Pessoa, las diversas identidades poéticas de Ayuso salen todas ellas clavadas a la propia Ayuso, sin más variaciones que ciertos cambios de domicilio y vestuario. Ni siquiera pueden advertirse pequeñas mutaciones como las que sufría Michael Keaton en aquella comedia chorra -Mis dobles, mi mujer y yo- donde un jefe de obras no tenía tiempo para atender a la vez al trabajo, a su mujer, a sus hijos y a su afición por el golf, hasta que encontraba la solución haciéndose fotocopias vivas de sí mismo, cada una más tonta que la anterior. Hay expertos que aseguran que, en realidad, Ayuso no es más que un heterónimo de Miguel Ángel Rodríguez, quien no sólo no habría abandonado el oficio de novelista, sino que lo habría combinado con el de titiritero.
De ser esto cierto, quizá merezca la pena estudiar si a Rodríguez el heterónimo se le ha escapado de las manos y emprendido una existencia por su cuenta, más bien una existencia múltiple en diversos universos paralelos que, por desgracia, van todos ellos a desembocar en Madrid. Al igual que a don Quijote le salió otro Quijote apócrifo que se fue a hacerle la competencia a Zaragoza, a Ayuso no paran de crecerle áticos y más áticos, y se rumorea que su repentina marcha a una urbanización en Puerta de Hierro marca el fin de su idilio con Alberto González Amador, el ciudadano anónimo menos anónimo de la capital. Vete a saber si detrás de esta mudanza sentimental está el propio Miguel Ángel Rodríguez, Alberto Núñez Feijóo o el meticón de Álvaro de Campos, a quien no le bastó con joderle el noviazgo a Pessoa y continúa escribiendo folletines de ultratumba.
Tampoco se crean que es fácil elucidar todo este embrollo literario, más aún teniendo en cuenta que el próximo despilfarro carísimo en las arcas de la Comunidad es el proyecto, por completo innecesario, de una piscina de olas artificial en la Ciudad del Deporte del Atlético de Madrid, una gilipollez tamaño demencial donde Almeida ha cedido terreno gratis durante 75 años y donde van a invertirse cerca de quince millones de euros de fondos públicos procedentes de la Unión Europea. Una de las Ayusos se ha lanzado a bomba sobre este dispendio acuático mientras otra Ayuso se quemaba con la recomendación de un restaurante conocido por su vetusta decoración franquista y ubicado en una zona churruscada por los recientes incendios tan hábilmente gestionados por la presidenta. Lo mismo podía haber recomendado la taberna china de Usera o las residencias de ancianos con los mejores equipos de eutanasia y no reanimación. Tampoco hay que descartar que Ayuso y Miguel Ángel Rodríguez sean heterónimos del perro Pecas, una posibilidad que indigna a los ecologistas, a los heterónimos de Pessoa y a los de la oveja Dolly. Visite nuestro bar.

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