Opinión
'Backrooms': la contra acampada

Por David Torres
Escritor
Puesto que toda acción tiene su reacción, toda Bastilla su Napoleón y todo vampiro su ristra de ajos, a la acampada de Sol también tenía que llegarle su kriptonita. El problema es que ha llegado a toda hostia, desde varios frentes a la vez, sin probar ni testar resultados, y la kriptonita ha resultado más bien contraproducente, lo cual no suele ser bueno para un antídoto. El domingo por la mañana Almeida apagaba las cámaras de la Puerta del Sol igual que el avestruz que mete la cabeza bajo tierra y se deja el culo fuera: un culo municipal a la vista del mundo entero, lleno de tiendas de campaña, carteles de protesta, guitarras, rastas y reivindicaciones, todo bajo la egregia botella de Tío Pepe. Con las pantallas de la plaza fuera de cobertura y con Almeida exigiendo a los acampados que se fuesen a protestar a Ferraz, más de un turista se pensaba que había aterrizado en Gotham y que, en cualquier momento, de la botella de Tío Pepe iba a brotar el reclamo luminoso de Batman.
La botella de Tío Pepe es símbolo eterno madrileño desde 1936 -fíjate tú qué fecha- y ha salido de decorado estelar en varias películas de Almodóvar, de Amenábar y de Santiago Segura. Donde no sale ni de refilón es en El pisito, de Marco Ferreri, una epopeya inmobiliaria de 1959 que ha vuelto a ponerse en marcha más de 60 años después, cuando a Mary Carrillo la han echado de su casa en la vejez y a José Luis López Vázquez ni siquiera le queda una triste cabina de teléfonos donde morirse del asco. El cine clásico es que nunca pasa de moda. Azcona ya había escrito la tragedia de Maricarmen en futuro imperfecto, incluido el monólogo cómico de Ayuso preguntando a partir de qué edad puede dejar de pagar el alquiler a sus caseros, ella, que tiene de casero a la Comunidad de Madrid, le regalan préstamos millonarios a su familia por la jeta y encima le caen áticos del cielo.
Entre una muchedumbre harta haciendo botellón Tío Pepe y una presidenta acaparando áticos a dos manos se va escribiendo sola otra película póstuma de Azcona, un guion de ultratumba con un giro inesperado de última hora donde un alcalde -también de ultratumba- se pone la medalla de haber firmado un pacto para devolverle el piso a Maricarmen. Después de perdonar 60 millones de euros a las empresas privadas que explotarán residencias en parcelas públicas y otros 112 millones que Ferrovial y Dragados debían desde hace diez años, no me negarán que lo de restituir la vivienda a Maricarmen no suena a chiste de Azcona. Sin necesidad de bailar el chotis, Almeida podía haber salido de secundario cómico en cualquier producción española de los años 50, nada más que haciendo de sí mismo, mientras que Ayuso tampoco requiere de doblaje ni especialista para soltar sus mamarrachadas.
Cada día que pasa, Madrid se parece más y más al western surrealista de Bienvenido, Mister Marshall, ahora con campamento apache incorporado. A la presidenta y al alcalde les molesta que una muchedumbre se tome la libertad de acampar en la Puerta de Sol cuando estaban encantados con las manifestaciones fruteras en Ferraz, que tenían piñata de Pedro Sánchez y rosario friki diario. Una cosa son los gatopijos y otra los perroflautas. La verdad, no hay quien entienda el concepto de libertad que maneja esta gente, aunque vistos sus áticos, sus cambalaches sanitarios y sus obsequios a grandes empresas, parece que se trata de Liberty Valance.
En la contra acampada en blanco y negro tampoco podían faltar Vito Quiles y Bertrand Ndongo, que fueron a informar de la movida con su particular estilo de montar pollos y tuvieron que salir por patas. Vito Quiles -uno de los pocos periodistas que necesitan escoltas para que le rían las gracias- se ganó a zancada limpia el sobrenombre del “Chihuahua de Callao” después de que un coche de la policía municipal lo recogiera como si parase un taxi. En cuanto a Bertrand Ndongo, llevaba encima un spray de pimienta por si el pollo le quedaba soso. De momento, no parece que la acampada vaya a dar marcha atrás, ni por las buenas ni por las malas, ni siquiera con Maricarmen de vuelta en casa. Cada vez proliferan más tenderetes y más lonas azules, y en cualquier momento empiezan a brotar bajo la Puerta del Sol habitaciones subterráneas a lo Backrooms, una película de terror que postula la solución de la vivienda a través de los traumas psíquicos. Sí, esta película ya la habíamos visto antes y el monstruo también era una botella de Tío Pepe.
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