Opinión
Brujas gozadoras con orgasmos siderales

Periodista y escritora
Cuando éramos jóvenes, allá por los 80, nos contábamos unas a otras que, si un tío no te satisfacía sexualmente, debías con tranquilidad pedirle que se echara a un lado y hacerte una paja ahí mismo, a su lado. Había cierta benevolencia en ello, algo así como tapar sin mohínes desagradables una incapacidad del otro. No hablábamos mucho sobre desatenciones o desinterés por parte del macho, latía en nosotras una esforzada intención pedagógica. Ahora lo pienso y me aburre un poco, pero también siento ternura.
No era extraño que, entonces, el compañero se sintiera ofendido, aunque no lo dijera en el momento, y tarde o temprano acababas pagando la osadía. ¿Cómo? Pues con los clásicos silencios prolongados en la relación, comentarios sobre tu indumentaria, reproches sobre tus costumbres o señalamiento público. Si habías compartido alcohol o alguna otra sustancia recreativa con él, pasabas a ser tú la "borracha" o la "yonqui", eludiendo su participación en la fiesta. Ese tipo de actitudes que no creo resulten desconocidas a ninguna.
Una mujer satisfecha con su cuerpo y que controla su placer nunca ha sido plato de buen gusto en la mesa donde los conservadores se sientan a fumarse un puro. Cabría en este punto preguntarse qué significa ser "conservador" después del #MeToo y cómo cierto conservadurismo ha prendido en los círculos de las antiguas izquierdas y los sindicatos. O sea, que no me refiero sólo a los hombres de derechas. He tardado en comprender hasta qué punto aquellas pajas eran un acto político.
El placer femenino implica una mujer que conoce y controla su cuerpo, que toma decisiones sobre su sexualidad sin que dependan del deseo o control masculino y rompe con la idea de que el sexo busca básicamente satisfacer al hombre. Esto desafía directamente estructuras patriarcales que han colocado a la mujer como objeto pasivo dentro de las relaciones sexuales y familiares, además de entroncar con nuestros derechos reproductivos y una educación sexual integral.
Hemos sabido que el Ayuntamiento de Madrid, en manos del PP y muy guiado por Vox, lleva ya un tiempo ejerciendo la censura en los espacios de Igualdad. Se quejan las trabajadoras y también las usuarias, que se cuentan por decenas de miles. Aparte de gestos tan pueriles como prohibir el uso del color violeta o la palabra "empoderar", me ha hecho gracia la decisión del PP de limitar las charlas que tengan que ver con el placer femenino, eso que la ultramontana Carla Toscano (Vox) llama "chochocharlas". Son tan trasparentes que te tienes que reír.
Al PP —y a Vox por descontado— parece que les molestan nuestros orgasmos. No me extraña. Cualquier mujer dueña de su placer, gozadora, ha provocado siempre un terror morboso entre los católicos, los rancios, los machistas, misóginos y demás miembros de los partidos conservadores y ultras. De la misma forma que les aterra la educación sexual de sus hijas e hijos.
Cuando una mujer ejerce su sexualidad con libertad, no necesita pedir permiso ni ser validada por un sistema que vuelve a empeñarse en domarnos, en indicar cómo debemos comportarnos en los espacios íntimos. El placer se convierte en un acto de autonomía y desobediencia. Las jerarquías de poder emergentes, con su triste tufo entre clerical y castrense, tratarán de devolvernos al redil de los silencios insatisfechos. En vano, me temo.
Parece que, además de todo lo anterior y de nuevo sin sorpresa, al PP madrileño le incomoda también el uso de la palabra "bruja", la idea misma de las brujas. Propongo, pues, que nos hagamos una buena paja a su salud y ejerzamos de brujas gozadoras. Auguro siderales orgasmos.
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