Opinión
Calamaro cancela al público

Por David Torres
Escritor
Andrés Calamaro, un artista siempre innovador, inauguró el otro día una muy original forma de dar la vuelta a la tortilla de la cancelación cuando, en medio de un concierto en Cali, fue él quien canceló a su público. Al principio la gente no entendía muy bien lo que estaba pasando y muchos creían que su gesto al marcharse del escenario después de decir: “Lo siento, están cancelados, bloqueados, hasta nunca”, se trataba de una improvisación más de Calamaro. Total, tampoco es que hubiera mucha diferencia con el resto de la canción y menos aun con el tono con que la estaba cantando. Vete a saber si no era parte del espectáculo. La banda siguió tocando porque un concierto de Calamaro mejora muchísimo sin la voz y la presencia de Calamaro. De hecho, la lástima fue que regresara a cantar más canciones cuando el público pensaba que por fin todo había terminado.
No deja de ser curioso que la cultura de la cancelación, tan tristemente en boga estos últimos años, haya regresado a su origen etimológico gracias a la erudición del infatigable cantautor argentino. Normalmente, por las razones que fuese, un artista decidía cancelar un concierto antes de la fecha del concierto, más que nada por ahorrarle problemas al público. Pero Calamaro no solo canceló el concierto en mitad de la actuación, sino que, además, como expresó con su verbo florido, canceló al público que había pagado la entrada por verlo y —lo que ya es inexplicable— por oírlo. Al parecer, le molestó mucho que le abuchearan por dedicarle una canción a toreros, banderilleros y ganaderos, aunque lo verdaderamente extraño es que no lo abuchearan desde el momento en que agarró el micrófono. Se trataba de ver quién cancelaba a quién, como un duelo a revólver en un western, y Calamaro demostró que a él no lo cancela nadie. Se cancela él solo gracias a sus opiniones intempestivas, a los charcos en los que se va metiendo gratis, algo por lo que el arte musical nunca le estará bastante agradecido.
Es posible que Calamaro no esté acostumbrado a que lo abucheen, aunque con esa voz, esas melodías y esas letras, debería estarlo. El derecho al pataleo es un privilegio sacrosanto del público en los teatros y los espectáculos en vivo, por lo que los artistas que se presentan ante una audiencia siempre corren el riesgo de que les den calabazas. En el Siglo de Oro ese riesgo era físico, no sólo metafórico, ya que aparte de insultos y silbidos, te podía caer encima una lluvia de tomates, huevos y patatas para enterrarte vivo. Es decir, que se trataba de una época en la que Calamaro abría la boca y montaba un Mercadona.
En estos casos siempre suele oírse que el artista ha envejecido mal o, peor aún, que lo suyo es culpa de las drogas, como si las drogas no nos hubieran regalado algunos de los mayores monumentos del jazz y del rock —de Sonny Rollins a Black Sabbath y de Bud Powell a Pink Floyd— o como si la vejez fuese a transformar a Calamaro en Bob Dylan. En sus conciertos, Calamaro casi siempre alaba los porros, pero no sé yo qué culpa tendrán los pobres porros de aparecer de invitados en un concierto de Calamaro. A ver si nos vamos a pensar que todos los grandes músicos tienen que dar el coñazo con la salvación de la Amazonia, como Sting, o con los derechos del pueblo palestino, como Roger Waters. También hay otros, como Calamaro o José Manuel Soto, que defienden a Milei, a Netanyahu, a Vox y a los toros con una música que está consecuentemente al nivel de sus opiniones. A estas alturas de la incorreción política, a Calamaro sólo le falta declararse a favor de la pederastia y presentarse a Eurovisión en representación del Vaticano. Lo petaba fijo.
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