Opinión
El cambio climático agrava el sinhogarismo (también en invierno)

Por Andrea McIntosh
Doctoranda en l'Institut de Ciència i Tecnologia Ambientals (ICTA-UAB) y forma parte del laboratorio BCNUEJ (Barcelona Lab for Urban Justice and Sustainability).
Investiga la relación entre cambio climático, procesos urbanos y sinhogarismo desde una perspectiva de justicia ambiental.
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Goretti. Harry. Ingrid. Joseph. Kristin. Leonardo. Son las borrascas con nombre, de alto impacto, que han llegado a España desde que arrancó este 2026. Eusebio. Cristina. Luis. Lakdar. Terry. Angel. Algunas de las personas sin hogar que han fallecido en las calles de Barcelona en lo que va de invierno. Son muchas más las que viven en la calle, en Barcelona y el resto de España, y su ya delicada situación se ve agravada por una crisis climática que no hace más que intensificarse. También en invierno.
Pese a que el debate público sobre el cambio climático en muchas ocasiones se centra en un aumento general de las temperaturas, más acusado en verano, esta crisis también va de una cada vez mayor incertidumbre meteorológica. Podemos pensar que el aumento de las temperaturas en los meses más fríos del año puede incluso aliviar a las personas que viven en la calle, pero nada más lejos de la realidad.
Si bien se dan menos días en su conjunto de frío extremo y récord de temperatura mínima, nos encontramos con una estación cada vez más cambiante e imprevisible, en la que pasamos de episodios de frío intenso a días de calor anómalo, que se intercalan además con lluvias torrenciales que lo empapan todo y una atmósfera cargada de humedad que se complementa con descensos bruscos de temperatura. Para quien tiene un techo, esta variabilidad puede resultar incómoda; para quien vive en la calle, puede ser letal.
Esta mirada no es solo teórica. Durante dos años trabajé en Filadelfia (EE.UU.) como administradora en un servicio social, y tres años como trabajadora social. Allí realicé trabajo de calle, visitas domiciliarias y acompañamientos en procesos de alta vulnerabilidad, como por ejemplo seguimiento en la calle, apoyo en visitas médicas, trabajo en reducción de riesgos y visitas en centros penitenciarios. Desde hace casi dos años, mi trabajo se centra en la investigación sobre el cambio climático en zonas urbanas y su impacto en el sinhogarismo y la salud.
Esta trayectoria es la que me permite afirmar que la crisis climática no es un fenómeno abstracto: tiene efectos directos, cotidianos y profundamente desiguales. Por ejemplo, la planificación de la vida misma. Quien vive sin hogar tiene pocas pertenencias: necesita un abrigo un día; al siguiente ya no; llueve de forma intensa y todo se moja; después amaina, pero la humedad permanece y se intensifica. La ropa, los documentos o incluso la medicación pueden perderse de un día para otro. Inestabilidad meteorológica significa para ellos inseguridad vital constante.
En el centro donde realizo voluntariado en Barcelona, veo, semana tras semana, cómo la crisis climática golpea directamente a quienes viven en mayor vulnerabilidad. En invierno, el número de usuarios se dispara, pues buscan cobijarse del frío, la lluvia y el viento. Recuerdo especialmente a uno de ellos, que me contó algo en lo que pienso a menudo: para él, lo más difícil de vivir en la calle era la soledad; y, en segundo lugar, enfrentarse cada día a un clima cada vez más hostil.
Todo esto ocurre en un contexto en el que el sinhogarismo crece de forma alarmante. En Barcelona, las cifras oficiales hablan de un aumento de al menos un 43 % de personas sin hogar desde el año 2023 al 2025, aunque quienes trabajamos cerca de esta realidad sabemos que probablemente son más.
A pesar de ello, los refugios climáticos y las campañas de prevención se han centrado casi exclusivamente en el verano. En invierno, la respuesta suele limitarse a albergues nocturnos, claramente escasos para la enorme demanda que hay, que cuentan además con horarios rígidos y normas que dejan fuera a muchas personas. Muchos de ellos, ubicados en la periferia, cuando el grueso de este grupo se suele mover por el centro de las ciudades. Algunos centros abren todo el día, otros solo por la noche, y la disponibilidad cambia mucho según la ciudad.
Además, seguimos teniendo en mente un perfil muy concreto de "persona sin techo", lo que contribuye a invisibilizar a muchas personas que viven en la calle pero no encajan en ese estereotipo. Personas que han llegado a esta situación tras un desahucio, por la falta de una red de apoyo o por trayectorias de precariedad acumulada, y que pasan desapercibidas precisamente porque no se ajustan a la imagen que solemos asociar al sinhogarismo. En realidad, hablamos de una población diversa, con trayectorias vitales muy distintas y necesidades también diferentes.
Muchas de ellas, paradójicamente, son también migrantes climáticos que precisamente han venido a nuestro país tras verse impactadas por sequías, inundaciones extremas e incendios. Y, cuando llegan aquí y se topan con imposibilidad de acceso a una vivienda, la crisis climática les vuelve a poner en riesgo.
Hay medidas concretas que pueden ponerse en marcha de inmediato para reducir el riesgo de las personas sin techo. Una de ellas es mejorar los sistemas de alerta. Muchas personas sin hogar tienen teléfono móvil. Las alertas meteorológicas podrían adaptarse para informar de episodios de frío, calor o lluvia intensa de forma clara y accesible.
Es fundamental también evitar los desalojos durante episodios de frío o calor extremos. Lo ocurrido en Badalona las pasadas navidades, donde un grupo de personas fue desalojado en condiciones meteorológicas extremas y adversas, no debería repetirse. No se puede expulsar a alguien de su único refugio cuando las inclemencias meteorológicas suponen un riesgo vital.
También urge ampliar las plazas en albergues, y crear espacios más permisivos y adaptados a distintas necesidades es esencial: que se pueda hablar, que permita la entrada de animales de compañía, que hagan espacio para la gente que usa drogas, que tengan menos normativa de entrada y salida, que tengan plaza asegurada (en algunos albergues tienes que ir a cierta hora para asegurar plaza, o te llaman para garantizar plaza y pierdes la llamada), que sean más cómodas para gente con diferente expresión de género. Como explica la Fundació Arrels, la temporalidad de estos recursos, la falta de intimidad y el hecho de que no respondan a las necesidades de las personas son algunas de las razones por las que las personas sin techo no acudan. Del mismo modo, es necesario habilitar más consignas donde las personas puedan guardar pertenencias importantes —documentos, medicación, ropa seca— durante episodios de lluvia fuerte y/o persistente, así como destinar más recursos para ropa térmica y mantas.
Nada de esto sustituye la solución de fondo: garantizar el acceso a una vivienda digna. Pero mientras esa solución llega, hay personas viviendo hoy en la calle, enfrentándose a un clima cada vez más inestable. El cambio climático agrava el sinhogarismo y en algunos casos incluso lo fomenta. Y seguir ignorando esta intersección es una forma más de abandono institucional.

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