Opinión
Capitalismo de guerra

Por Héctor Illueca Ballester
Doctor en Derecho y profesor de la Universitat de València.
“Los países miembros de la Unión Europea deben reforzar y unir sus fuerzas militares, porque de lo contrario dejarán de contar políticamente en un mundo en proceso de cambio geopolítico y en desintegración”. La frase es de Jürgen Habermas, uno de los intelectuales más importantes de Europa, y pertenece a un artículo que se publicó hace unas semanas coincidiendo con el anuncio del proyecto de rearme europeo. Conviene tomarse en serio al eminente filósofo de la Escuela de Frankfurt, pues se trata de uno de los principales referentes de la socialdemocracia en nuestro continente. Sus palabras suelen tener influencia. No es casual que en las semanas siguientes a su publicación se hayan celebrado manifestaciones en favor de la UE en capitales importantes, como Madrid o Roma. La de Callao del pasado sábado no fue, desde luego, una marea ciudadana, pero dicen que los asistentes corearon con convicción las viejas letanías de la “Europa social” y la “autonomía estratégica”. En tiempos de rearme, todo gesto cuenta.
Las cifras que vamos conociendo son fabulosas. Los planes europeos pretenden movilizar 800.000 millones de euros en los próximos años, y el Gobierno de España se ha comprometido a elevar el gasto militar hasta alcanzar el 2% del PIB este mismo año, lo que supone una inversión en defensa de 10.471 millones adicionales. Y es previsible que en los años venideros se produzcan nuevos incrementos debido a la presión de EEUU. Los datos hablan por sí solos. No se trata de una decisión circunstancial o meramente coyuntural, sino de una apuesta estratégica, de una transformación estructural que afecta al modelo de sociedad, al papel del Estado y a la calidad de nuestra democracia. En definitiva, un nuevo orden presupuestario que expresa la transición hacia un capitalismo militarizado donde la guerra se convierte en motor del crecimiento económico y el Estado en garante del beneficio empresarial en sectores estratégicos, especialmente el armamentístico. Parece que Pedro Sánchez ya está buscando un campeón nacional que pueda codearse con las grandes corporaciones de defensa en el reparto del pastel bélico-militar.
Las consecuencias sociales serán devastadoras. La expansión del gasto militar no se produce en un vacío financiero, sino en un contexto de ortodoxia fiscal y presión inflacionaria, lo que permite anticipar una masiva transferencia de recursos públicos desde el campo de los derechos sociales al complejo militar-industrial. Aunque el Gobierno de coalición se empeñe en negarlo, el rearme se financiará a costa del gasto social (sanidad, educación, pensiones…) e implicará un gigantesco desvío de recursos hacia la industria de guerra. Si alguien tenía alguna duda, la Airef se encargó de despejarla esta misma semana, advirtiendo al Gobierno que el rearme tendrá un “impacto completo” sobre la deuda y el déficit públicos. Es decir, que más temprano que tarde el rearme se traducirá inevitablemente en recortes sociales. “¿Cañones o mantequilla?”, se preguntó una vez Hermann Göring. “Los cañones nos harán más fuertes; la mantequilla sólo nos hará más gordos”, fue su respuesta.
Pero aún hay más. El discurso oficial presenta el rearme como una defensa de la autonomía y de la “independencia geopolítica” de Europa, por emplear las palabras de Habermas en el artículo de referencia. Se omite que el Viejo Continente sigue siendo un protectorado norteamericano con cerca de 300 bases militares y decenas de miles de soldados estadounidenses desplegados en su territorio. Se ignora que, desde hace décadas, cualquier proyecto de política exterior autónoma ha sido sistemáticamente neutralizado por los EEUU con la complicidad de los dirigentes europeos. Se oculta, en fin, que las decisiones fundamentales de la política militar no se toman en Bruselas, se toman en Washington, e implican la alineación automática de los países europeos con las directrices del Pentágono. En realidad, lejos de constituir un desafío al liderazgo estadounidense, el rearme refuerza el dispositivo atlantista e institucionaliza la dependencia de los intereses de EEUU, liquidando cualquier atisbo de autonomía, y no digamos ya de neutralidad, en la política exterior europea.
Rusia es sólo una excusa. Hoy sabemos que el ataque a Ucrania solo fue el último eslabón de una cadena que empieza con la expansión de la OTAN hacia el este, las promesas incumplidas tras la Guerra Fría y una lógica de cerco que alimentó la tensión hasta límites insoportables. El rearme europeo no responde a un imperativo de seguridad, y mucho menos a la defensa de unos supuestos valores europeos, como parece sugerir Habermas. Basta recordar el silencio atronador ante el genocidio del pueblo palestino para comprobarlo. La verdad es que Europa no acepta el resultado de la guerra porque implica un cambio estructural en términos de encarecimiento energético y pérdida de competitividad que está golpeando de lleno al corazón industrial europeo. Alemania ya sufre las consecuencias: caída de la producción, desempleo y riesgo de deslocalizaciones. La respuesta de la UE es prolongar el conflicto y organizar una economía de guerra en detrimento de los sectores medios y populares. El llamado Occidente colectivo no acepta su declive y rechaza abiertamente un mundo multipolar. Se niega a asumir que su hegemonía ha terminado y el pasado jamás volverá.
En definitiva, el rearme europeo es un proyecto de gran calado que redefine el papel del Estado, reconfigura la economía y clausura espacios fundamentales de soberanía. Podría decirse que implica una alteración de la constitución material en el sentido que Mortati daba a esta expresión: subvierte el equilibrio de fuerzas que permite anudar cohesión social y estabilidad política, abriendo una profunda brecha entre el país real y las élites rearmadas. El proceso de desposesión ha empezado de nuevo y golpeará especialmente a las mayorías sociales subordinando sus necesidades a las exigencias del capital bélico. Pero cuidado, también abre un horizonte que no debería infravalorarse: un nuevo ciclo de movilización democrática que ponga en el centro la soberanía popular como fundamento de un orden republicano más justo y más solidario. Un nuevo impulso que persiga la democratización del poder, la defensa de la paz y la emancipación de los pueblos.
Algunos seguimos llamando a eso proceso constituyente.
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