Opinión
Carta de Juancar a Santa Claus

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Querido Santa:
Por lo general (disculpe el lenguaje militar), suelo escribir a los Reyes Magos, pero la verdad es que últimamente no me hacen ningún caso, así que prefiero dirigirme a la competencia. Creo que me la tienen jurada porque mi cumpleaños cae precisamente la víspera de Reyes y, claro, siempre llegaba un día antes. Antes de que ellos empezaran a colocar regalos, yo ya había abierto los míos. En fin, se conoce que me tienen envidia. Los entresijos monárquicos me los conozco de pe a pa, desde los pifostios entre jeques árabes a las intrigas de las casas reales europeas, así que no voy a perder más tiempo con eso. Dicen que los Reyes Magos se guiaban por una estrella: debían de ser unos pobretes, porque yo no voy a ningún restaurante que no tenga por lo menos dos estrellas Michelin. Me van a enseñar magia a mí, estos.
En fin, Santa, quería pedirte en primer lugar que el próximo año pueda residir definitivamente en España, ya que no se puede comparar el calor cordial de mis súbditos con estas temperaturas hostiles de Abu Dabi. Que aquí sudan hasta los camellos. Todavía no entiendo bien cómo es que tuve que marcharme pitando del país, como si fuera un atracador de bancos, cuando la justicia española dictaminó que no había nada que rascar, ni comisiones ilegales por lo del AVE a La Meca, ni tarjetas black de origen mexicano, ni dinero negro amontonado en una cuenta en la isla de Jersey. Si lo sabré yo, que soy inocente aunque se demuestre lo contrario. Lo dice por ahí un artículo de la Constitución, inocente, inviolable, imponente. Algo de eso. A ver si se han pensado que soy Urdangarín, hombre.
Mira, Santa, quería pedirte también tranquilidad para el año que viene, mucha tranquilidad. No soy más que un jubilado (un abdicado para ser exactos) que ni siquiera tiene derecho a una pensión, con la de sacrificios que he hecho yo por España. A ver si se creen que reinar consiste únicamente en ganar regatas, ir a los toros, navegar en yate, cazar elefantes, cobrar comisiones y tener amigas entrañables. Si va a decir verdad, a mí lo que me fastidió la vida son las amigas del alma, porque el populacho es muy envidioso, muy pobre de espíritu y de cuerpo, y no puede entender que un hombre y una mujer sean únicamente amigos. Yo he tenido amigas entrañables a montones, generalmente rubias, tantas que ni me acuerdo, pero no eran más que eso, amigas. A veces ni eso. Puedes leer números atrasados del ¡Hola! o del Boletín Oficial del Estado o repasar las cuentas del CNI para informarte.
En fin, que aquí estoy en la isla de Nurai, malviviendo en mi chabola de mil y pico metros cuadrados, con una piscina para aliviarme del calor, playa privada, billar, futbolín, sala de cine, seis dormitorios y siete baños, como si fuese un pobre de pedir. Hay que ver lo mal que lo estoy pasando y lo poco que me quejo, yo, que les traje la democracia debajo del brazo y detuve un golpe de estado. Uno o dos o tres, ya ni me acuerdo. Con mi historia Shakespeare hubiese hecho una tragedia de las gordas, un drama isabelino poblado de banqueros, militares, secretarios, cortesanos y periodistas. Pero mira qué época vivimos, Santa, ni los hermanos Quintero están por la labor, sólo hay documentales embusteros y tebeos, así que yo mismo he tenido que ponerme a escribir un libro explicando los malentendidos y el papelón que le han dejado a mi hijo Felipe, que es mi doble de acción y está pasando las de Caín, de corazón te lo digo. Bueno, la verdad es que el libro lo ha escrito otra amiga, Laurence Debray, porque a mí se me cansa la mano en seguida. Está escrito al dictado, vamos, que cualquier día me lo leo. Haz que mi libro se venda bien, de paso, y perdona el tuteo, Santa, pero es que soy muy campechano.
Atentamente:
Juancar
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