Opinión
El 'caso Errejón', el "linchamiento" y la hedionda desfachatez de las élites

Periodista y escritora
Hace un año por estas mismas fechas andaba yo metida en un infierno mediático, y no solo mediático, como consecuencia de lo que se llamó el "caso Errejón". Recuerdo que se sucedieron varios artículos: un par en El País, titulado Linchamiento y Las acusaciones anónimas son el síntoma de un fracaso; y otro menos "popular", firmado por unas mujeres que se hacen llamar "Colectivo Cantoneras". El titular de este último ya indica que iba por el mismo camino, y un pasito más: Un linchamiento feminista da la puntilla a la nueva política.
Se afirmaba que "es imprescindible defender a ultranza una justicia que descarte bulos y testimonios anónimos". Se afirmaba que "las relaciones de mierda no son agresiones machistas". Se venía a decir que el movimiento testimonial era, en realidad, una agresión a los hombres, pobrecitos, cuya única falta consiste en ser desconsiderados a la hora de abordar los cuerpos de las mujeres, o las relaciones amorosas o vete tú a saber.
Según todos ellos, con digresiones más o menos retorcidas, lo que pasa es que las mujeres no sabemos distinguir entre lo que es "mal sexo" y lo que es una agresión sexual. Además, venían a situar el movimiento testimonial en términos de "denuncias anónimas". Pasé días pateando televisiones y radios tratando de explicar que ni son denuncias ni son anónimas. Son testimonios, que es algo muy diferente. Y de ninguna manera son anónimos. Yo conozco a cada una de las mujeres que me los ha enviado. No solo eso, antes de publicar cada uno de los testimonios, me pongo en contacto con la mujer que me lo envía para darle las gracias, mandarle ánimos o un beso, decirle que lo voy a publicar… en algunos casos, los más urgentes y sangrantes, para facilitarles la dirección o el teléfono de los lugares a los que pueden acudir.
Recuerdo aquella como una época muy amarga. Todavía ayer, después de una charla en Navarra, se me acercó una mujer a preguntarme. "Se dijo en su momento que las denuncias que publicas pueden ser falsas… ¿qué tienes que decir de eso?", me inquirió. Le expliqué por qué no es algo relevante. Por qué ya no nos importa que digan semejantes sandeces. Por qué las mujeres no necesitamos mentir en asuntos de violencia machista. ¿Para qué íbamos a mentir si todas tenemos una verdad que contar?
Todas las sensaciones de entonces, el acoso, la difamación, me han venido a la cabeza al enterarme de la decisión del juez Carretero de procesar a Íñigo Errejón por agresión sexual contra Elisa Mouliaa. Mouliaa hizo lo que todos los anteriores querían: fue a los tribunales, puso una denuncia, se enfrentó a un interrogatorio violento, ha sufrido una persecución crudelísima y la construcción económica de su vida y su profesión se ha ido a la mierda. Los mismos que te gritan que vayas a los tribunales son los que luego, una vez hecho, te exigen que seas Santa María de las Víctimas de los Pajaritos Dulces. Es una escabechina.
Sin embargo, no fueron los ataques contra mí lo que más me dolió entonces, y me dolieron bastante, aún sigo sin entenderlos del todo. Lo más grave fue la forma en la que se puso en cuestionamiento a las miles y miles de mujeres que mandan sus testimonios. Cabían, para aquellas gentes, dos posibilidades: que fueran unas arpías mentirosas o que no supieran distinguir una agresión de un mal polvo. ¡Como si a alguna nos cupiera duda de lo que es un mal polvo! Catálogos enteros de malos polvos atesoramos, caray. Si tuviéramos que relatar el sexo deficiente no habría suficientes redes en este país.
O sea, que la base de todas aquellas críticas supuestamente sesudas consistió en desacreditar las capacidades de las mujeres. ¿La capacidad para qué? Para todo. Porque si partimos de cuestionar la capacidad de las mujeres para comprender y expresar las violencias que viven, abrimos un mundo, de nuevo, de minoración, infantilización y desprecio. Ni más ni menos eso hicieron. Desde sus tribunas en los medios, una élite decidía qué podemos y qué no podemos contar en público; qué sabemos y qué dejamos de saber sobre nuestra sexualidad y nuestro placer; qué capacidad tenemos para interpretar nuestros propios cuerpos y vidas.
Visto desde la distancia de un año que ha sido como una década de largo, todo aquello me parece de una desfachatez hedionda. Qué barbaridad. Eran ni más ni menos que los miembros de unas élites con derecho —¿quién lo otorga? — a decir, a publicar, a opinar, y habíamos tocado a uno de los suyos. Afortunadamente, nosotras decidimos en aquel momento seguir adelante, no detenernos. Decidimos continuar construyendo la enorme memoria colectiva que es hoy ya uno de los mayores archivos existentes, si no el mayor, sobre violencia machista contado por las mujeres con sus propias palabras y de forma espontánea.
No sé qué pensarán ellos y ellas ahora. Nadie ha pedido disculpas a las miles de mujeres que mandan sus testimonios por dudar de su honestidad, de su verdad. Y ellas, las mujeres, con las narraciones de sus vidas, les han pasado por encima como una enorme ola de verdad, ternura y compasión, justo lo que a esa gente le ha faltado.
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