Opinión
Comandos de Charos

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
Durante mi pubertad me obsesioné con las novelas de Julio Verne, sobre todo con Veinte mil leguas de viaje submarino. No solo porque, como buena xixonesa, me apasiona el mar, sino porque sentía hacia la trágica figura del antihéroe Capitán Nemo una mezcla de rechazo y empatía difícil de combatir y que me llevaba cada poco de nuevo a las páginas de una novela que me hacía reflexionar sobre si era ético o no combatir el mal con otro mal, si era legítimo cometer un crimen si con ello se acababa de una vez por todas con las guerras para siempre. Pero entonces, cuando empezaba a dudar, me topaba ante el muro de los marineros muertos por culpa de Nemo, y ese era un muro que me resultaba, y aún me resulta, imposible de escalar. Y luego estaba la batalla con el calamar gigante, momento que releía una y otra vez, aterrada y emocionada al mismo tiempo. Un calamar gigante que acabó rondando por mi cabeza cada vez que me metía en el mar. Un animal aterrador que hizo que tuviera miedo del mar por primera vez en mi vida, hasta que encontré el consuelo de recordarme a mí misma, en el momento en que empezaba a notar que dejaba de hacer pie dentro del agua y que se apoderaba de mí el pánico, que aquel monstruo era fruto de la imaginación de Verne. Pero estaba equivocada.
Porque resulta que unos años después en Asturies empezaron a llegar a la costa cadáveres vomitados por el mar de estos bichos marinos descomunales. Y nuestros diligentes dirigentes autonómicos, ante el descubrimiento de esta maravilla evolutiva, decidieron montar un Museo del Calamar Gigante en su honor. Un museo que fue destruido por un temporal que se llevó de vuelta al océano los restos de los cefalópodos. Porque Asturies será un país chiquitín e insignificante, pero tenemos una colección de despropósitos, derroches y caprichos que harían palidecer de envidia a los mismísimos responsables de la CAM. Pero esta es otra historia.
La cuestión es que, desde que llegaron aquellos restos de calamares gigantes a las costas asturianas, y desde que descubrí que hay una página web que rastrea los movimientos de algunos tiburones blancos que, por lo visto, tienen la constumbre de pasar también cerca de mi casa, ahora, cada vez que me baño en el mar, lo hago con la actitud fatalista de un novelista ruso del siglo XIX, convencida de que de un momento a otro seré devorada.
Y es que todos tenemos que aprender a entender y a vivir con nuestros miedos, especialmente con los más irracionales y absurdos. Los míos -acabar como aperitivo de algún animal marino gigante- pueden, desde fuera, parecer tontos, pero ni de lejos se acercan a la consternación que provocan a los machos peloenpecho, a los de la pulserita rojigualda, a los de la barba abascalada, a los gimbros, a los criptobros y demás seres masculinos de traje XXXS y botones reventones, las mujeres que, después de haber cumplido los treinta y cinco años, nos negamos a morir o, en su defecto, a encerrarnos en una cueva avergonzadas. Un miedo que además va escalando. Mujer de más de treinta y cinco años y viva: desconcierto. Mujer de más de treinta y cinco, viva y con tatuajes: miedo. Mujer de más de treinta y cinco, viva, con tatuajes y piercings: terror. Mujer de más de treinta y cinco, viva, con tatuajes, piercings y sin pareja: pánico. Mujer de más de treinta y cinco, viva, con tatuajes, piercings, sin pareja y feminista: desconcierto, terror, pánico, ansiedad, espanto, consternación, ganas de llorar, desbordamiento incontrolado de las emociones y, finalmente, cabreo.
Esto último que no falte jamás, pues el enfado es el núcleo irradiador de toda la sentimentalidad reaccionaria. Un enfado que es constante, pesado, machacón, ridículo y peligroso. Que una cosa, lo ridículo, en una era en la que parece que hemos perdido el pudor y en la que hasta se hace alarde de cretinez e ignorancia en público -o en México-, no quita lo peligroso. Porque detrás de ese enfado por todo, por el feminismo que ha llegado demasiado lejos, por los migrantes que van al médico con cita previa y entran antes que tú, por el consentimiento sexual que cualquier día nos van a obligar a firmar un contrato antes de follar, por las vacunas que son un experimento de control social, por el cambio climático que es una estafa de los ecolojetas... esto es, por la nadería más absoluta, es el resultado de una socialización y de una masculinidad tan frágil como tóxica, tan trasnochada como tozuda en desaparecer. Una masculinidad que es pura performance, tan castradora y frustrante como ridícula y peligrosa. Una masculinidad grotesca y agresiva que conduce inevitablemente al enfado y a la violencia hacia las mujeres y hacia cualquiera que se atreva a cuestionarla o a ponerla en evidencia o en tela de juicio. Una masculinidad y un enfado que en muchas ocasiones ni siquiera están sustentados en nada real, pues cualquiera que se dé un paseo por las redes notará que la manosfera justifica sus tesis y cuitas con imágenes creadas con IA. Así todos estos supuestos agravios a la masculinidad de los que somos responsables las feministas -y las personas migrantes, racializadas o el colectivo LGTBIQ+- y que han obligado a muchos hombres a deslizarse por la pendiente del odio misógino y reaccionario resulta que no son más que un puro invento, una fantasía, un miedo. Una ficción -y un terror a perder privilegios, a ser cuestionados, a tener que compartir en igualdad de condiciones los espacios de poder y simbólicos con la otredad, con todo lo que queda fuera de esta masculinidad tóxica y frágil- que algunos aprovechados sin escrúpulos están alimentando para poder ganar cuatro miserables euros o un par de miles de seguidores o de lectores más o un buen puñado de votos o simplemente algo de casito.
Pero este falso relato misógino cimentado con mentiras, IA y lenguaje violento ya no sirve para ocultar su miedo. Porque el feminismo les ha desnudado en público y los ha mostrado como lo que realmente son: una panda de cretinos ridículos, de matones de patio de escuela, de pesebreros y de feriantes. Peligrosos, porque azuzan el fantasma de la polarización, un mito que ha servido como excusa para todo tipo de alzamientos, golpes de Estado, asonadas y palos en la rueda de la democracia, el progreso y la Ilustración en este país desde hace más de dos siglos, pero siempre, y ante todo, ridículos. Así que para ganar las guerras culturales que se inventan -y poder seguir subsistiendo- tienen que agitar las aguas, provocar, generar tensión y señalar hacia un objetivo a batir, hacia un enemigo. Y parece que desde hace un tiempo han puesto su mira en las llamadas “charos”, en las mujeres de más de treinta y cinco años a las que nos encanta estar vivas, que no vamos a pedir perdón por cumplir años, que estamos aprendiendo cada día a sacudirnos de encima el patriarcado y que les hemos perdido el miedo.
Por eso, cada intento que llega por parte de esta troupe, de este circo ambulante de fenómenos que compone el multiverso de las masculinidades tóxicas y frágiles, por desprestigiar, caricaturizar o denigrar a una charo, a una mujer, se vuelve, irremediablemente, contra ellos. Porque las charos son la ministra de Trabajo que ha logrado que subiera el SMI y dejara de ser un salario de miseria, la ministra de Sanidad que ha gestionado una crisis sanitaria compleja y de alcance internacional con eficiencia y sin dramatismos, la diputada madrileña que ha desmontando el tinglado de un bulero negacionista de la violencia de género de forma clara, elegante y con datos en sede parlamentaria o las mujeres anónimas que salieron sin miedo a defender a una amiga cuando un matón de tres al cuatro armado con una cámara y un micrófono intentó acosarla.
Porque el mundo lo que realmente necesita es menos señores enfadados y asustados y muchos más comandos de charos. Porque al final seremos nosotras, las charos del presente y las charos del futuro, las mujeres felices, seguras y sin miedo, el calamar gigante que acabe, de una vez por todas, con ese Nautilus ridículo que son la Reacción y el patriarcado. Una maquinaria transnochada, tóxica, frágil y aterrorizada que sabe que tiene los días contados.
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