Opinión
Los conservadores también tienen miedo

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Trato de empatizar con los que vieron un mundo verde convertirse en polvo. Es complicado formar parte de mi generación, la que convive con el desastre desde esas primeras charlas ecologistas en los albores del colegio, pero debe ser terrible pertenecer a aquella que ve mutar el planeta en un terrón enorme que se deshace entre sus dedos y solo encuentra un lugar seguro en cualquier rincón mohoso de los portafotos. Todo aquello que dieron por sentado, por inamovible, se va deshaciendo. Los veranos en Valencia ya no son bucólicos, entre el verde de los naranjos y el frescor vespertino del Mediterráneo, sino la antesala misma del infierno desértico y las tormentas salvajes que riegan de muertos las barriadas; los finales de agosto ya no son templados, sino impredecibles, duros, sudorosos, y no dejan espacio para despertarse a media madrugada y sacar una mantita del altillo para arroparse. Europa, la vieja y líquida Europa, ya no es ese lugar fresco y acuoso que desde España pensábamos como un Arcadia, sino un lugar reconvertido en ignoto que ya no emana líquido para llenar su Danubio. Incluso hemos dejado de vendimiar a finales de septiembre: este año, la temporada se ha adelantado a mediados de agosto porque no hay agua y los frutos se achicharran sin remedio.
Pienso a veces que si fuera uno de estos hombres y mujeres que han visto un clima anterior al que ahora nos agobia quizá sería también un poco negacionista. Usaría esa carta para sobrevivir, para no volverme loco, para asegurarme de que todo aquello que juraría haber vivido existió de verdad y no fue un dulce sueño en fase paradójica; me agarraría a las recetas de los sucesos espontáneos, barrería la posibilidad del nuevo mundo para asegurar que los fenómenos son excepciones; que siempre ha hecho calor en verano, que es normal encontrar los parques del Norte secos, que de toda la vida ha habido incendios tan enormes que generan microclimas. Lo haría por supervivencia, aunque mi discurso ayudara a sepultar todavía más aquello que quisiera conservar, igual que el náufrago desesperado bebe agua de mar irracionalmente aun sabiendo que lo va a matar: supongo que es la paradoja del desesperado.
Leí hace tiempo un libro interesantísimo, La tierra herida, donde Miguel Delibes, genio literario y baluarte del conservadurismo español, charla con su hijo Delibes de Castro, doctor en ciencias biológicas, miembro del CSIC y director durante años de la Estación Biológica de Doñana, sobre el mundo que heredarán nuestros hijos si no hacemos nada para evitarlo – es curioso, porque generacionalmente yo soy ya uno de sus herederos–. Delibes padre, harto de curiosidad, que es el antídoto casero contra el pánico, trata de saciar con ayuda de su hijo todas las dudas que le asaltan respecto a ese mundo que los científicos pronostican; trata de entender qué está pasando, qué ha pasado durante tantos años para haber llegado a este punto y, sobre todo, qué podemos hacer para conservar lo bueno que nos queda. Puro pragmatismo: es conservador y, ante la amenaza del cambio, quiere evitarlo a toda costa. Y punto. Los conservadores, valga la perogrullada, deberían conservar incluso aquello que no entiendan, aunque a veces les seduzca más derribarlo todo como bárbaros sin identificar.
Por eso, entre el pesimismo de este verano que se ha convertido en un tormento asfixiante, me ha dado por pensar que quizá parte de la solución emane de aliarnos con esos conservadores que quieren guarecer su realidad frente al mundo que cambia – o desaparece, directamente –; quizá no sean unos malvados negacionistas, egoístas y apáticos que quieren dar gas a la motocicleta para achicharrarlo todo, sino personas que también están acojonadas y se refugian como pueden en la negación de lo evidente, en la compartimentación de sus recuerdos, porque se resisten a convertir su paraíso valenciano en un erial y a aceptar que ahora las uvas se ponen malas a finales de agosto. Los conservadores también tienen miedo.

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