Opinión
Contar contra el olvido o contra la impotencia, pero contar

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
Fue Paca la que lo dijo en voz alta: "Tengo una mala noticia". Juraría que antes de decirlo suspiró, pero no sé si lo que recuerdo es el suspiro de Paca o el silencio que lo inundó todo después. Ahora que lo pienso, a todos los silencios les precede un suspiro o golpe. Qué cosas. Sonaron de fondo algunas onomatopeyas. "Ha muerto Maricarmen", había dicho Paca. Ni más ni menos. Creo que no me voy a olvidar nunca de ese momento, por lo impactante de la noticia, por supuesto; pero, sobre todo, porque lo dijo Paca. Paca, la Brava. Paca, la misma Paca que está pendiente de ser desahuciada, la misma Paca de la que había tratado de burlarse Aldo Comas mientras hablaba en televisión de que van a desahuciarla.
La noticia cayó como una jarra de agua fría en una sala en la que se trataba de pensar en voz alta en cómo hay que contar cosas. En La Maliciosa, ese gran rincón de resistencia en Madrid que se erige como un faro mientras cierran Pérgamo, la librería más antigua de la ciudad, porque no les renuevan el alquiler. Rodeadas de libros y pensando en cómo hay que contar las historias nos enteramos de que había muerto Maricarmen. Alguien, me imagino, hablará en el futuro de cómo se contó esta historia y alguien, estoy segura, lo cuestionará. Historia que, como todas, acabará sepultada entre otras miles hasta que unas, como nosotras ahora, creerán descubrirla.
Estábamos, de hecho, hablando del Patronato de Protección a la Mujer. Ya lo sabéis, es prácticamente imposible que no lo sepáis todavía, ese organismo que pretendía corregir las actitudes moralmente reprochables de las adolescentes que tuvieron la mala fortuna de nacer durante la dictadura franquista. El área a la que hoy llamaríamos servicios sociales de la dictadura, vaya. Entonces, como hoy, el Estado no tenía recursos suficientes para hacer frente a tanta infraestructura y delegaba, como hoy, gran parte de sus responsabilidades en la Iglesia católica. Las monjas, ya sabéis. Esas monjas que se mantienen calladas porque saben que, una vez más, esta historia volverá a ser sepultada entre otras.
Estábamos ahí reunidas, pensando en cómo se cuentan las historias, porque nos había convocado Helena de Llanos. Lo que empezó siendo el proyecto de un documental ha acabado siendo algo más grande: una posibilidad. Se llama De aquellos polvos y es una web que reúne testimonios y materiales sobre el Patronato de Protección a la Mujer. Un proyecto que no pretende ofrecer una historia definitiva, sino abrir un espacio desde el que seguir investigando, escuchando y haciéndonos preguntas. Hay entrevistas, documentos, investigaciones y experimentos narrativos. Hay también una voluntad de reconocer a quienes llegaron antes, de compartir los hallazgos sin apropiarse de las historias y de no presentar como definitivo un relato que necesariamente está lleno de vacíos. Socorro, una de las mujeres a las que entrevistó, le hizo notar —y a mí me escuece— que sus preguntas parecían interesarse solamente por sus tristezas, pero ella también ha vivido muchas alegrías. Qué difícil es contar una vida sin reducirla a aquello que fuimos a buscar. Eso sí, una cosa es reconocer que nuestras preguntas pueden reducir una vida a sus desgracias y otra muy distinta dejar de hacerlas. Tampoco se trata de abrazar ahora ese mantra cutre de La Oreja de Van Gogh: “¿Callarse porque es más cómodo engañarse?” Anda ya.
Vuelvo a una idea anterior. Venga, vuelve conmigo: la historia de Maricarmen acabará sepultada entre otras miles hasta que unas, como nosotras ahora, creerán descubrirla. Esto nos está pasando continuamente cuando hablamos del Patronato de Protección a la Mujer. Muchas hemos caído en la tentación de creer haber sido de las primeras en dar con una historia que se había contado ya. Obviamente, de otra manera. Pero ¿cómo vamos a descubrir algo que le ha pasado a tantas personas? Las que llegamos tarde somos nosotras, no las historias. ¿Puede haber algo transgresor en contar una historia que ya se ha contado cien veces, sin añadir absolutamente nada nuevo, simplemente porque todavía no hemos logrado que importe? Me gustaría pensar que sí, aunque también me pregunto cuántas veces tendremos que contarlo para conseguir algo más que atención. Venga, voy con una obviedad: una cosa es que una historia se conozca y otra muy distinta que se haya hecho justicia. Las monjas no hablan, las instituciones no responden, los desahucios continúan. ¿Para qué sirve contar más las historias si las estructuras que las producen siguen intactas?
Son dos preocupaciones que me persiguen mientras busco, busco, busco: la facilidad con la que nos atribuimos el descubrimiento de historias que otras ya habían contado y la impotencia de comprobar que, por mucho que las contemos, no siempre conseguimos cambiar nada. Y, sin embargo, menos mal, escribimos. ¿Para qué? Para evitar que determinadas historias desaparezcan aun sabiendo que lo que escribamos será insuficiente, discutible y, probablemente, terminará también olvidado. A veces no sé si escribimos contra el olvido o contra la impotencia.

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