Opinión
COP30: la cumbre de la verdad que nadie esperaba
Por Javier Andaluz
Activista y miembro de la organización ecologista Ecologistas en Acción y Alianza por el Clima
La COP30 terminó siendo, como quería Lula, la cumbre de la verdad. Pero irónicamente no fue por mérito de la presidencia brasileña, sino porque Colombia forzó la mano al exigir una mención explícita al abandono de los combustibles fósiles. Esta acción arrancó varias máscaras: países como Rusia y Arabia Saudí, habituados a bloquear discretamente cualquier avance real a través de terceros, quedaron expuestos como los obstruccionistas que siempre han sido.
Lo más revelador fue la reacción de estos países en el plenario de cierre de la cumbre: respondieron insultando a Colombia y Panamá, calificándolos de "niños consentidos". Con ello no hicieron más que mostrar su incomodidad ante un ejemplo de auténtico liderazgo climático. Panamá, en su intervención de réplica, les recordó con gran lucidez que los niños suelen ser muy inteligentes y que, en estas cumbres, defender el futuro implica no conformarse con menos que todo. La emergencia climática exige justamente esa determinación.
Esta cumbre también desnudó a la Unión Europea. España, atrapada en la parálisis política europea, tuvo que recurrir a declaraciones laterales como la de Colombia para mantener algo de credibilidad. La UE, aunque predica la transición energética, se niega a proveer la financiación necesaria para que el Sur Global pueda elegir renovables en lugar de fósiles. La hipocresía es flagrante: sabemos que muchos países tienen fósiles baratos y accesibles en su territorio, mientras las renovables están acaparadas por el Norte Global y los BRICS. Peor aún, la arquitectura de Bretton Woods los obliga a exportar esos fósiles para pagar deudas, protegiendo los intereses de transnacionales y evitando que quien contamina pague.
La verdad incómoda es clara: el multilateralismo de las COP es fundamental pero insuficiente. No avanza al ritmo que la emergencia exige. Necesitamos mecanismos paralelos que tracen líneas entre quienes actúan y quienes obstruyen. La propuesta colombiana de un tratado vinculante sobre descarbonización y justicia climática es un camino necesario.
Una mirada plural sobre un fracaso compartido
Desde Alianza por el Clima hemos seguido de cerca estas negociaciones, y nuestra valoración es clara: la COP30 ha fracasado en lo fundamental. Lo decimos desde la riqueza de perspectivas que nos caracteriza: organizaciones ecologistas, sindicatos, colectivos agrarios, ONG de desarrollo, movimientos juveniles y entidades de consumo responsable coincidimos en un diagnóstico compartido.
Desde la perspectiva del trabajo y los derechos laborales, celebramos la aprobación del Mecanismo de Transición Justa como un logro arrancado por la sociedad civil tras años de presión internacional. Pero constatamos con preocupación que la exclusión inicial de la mención a esta transición justa en el texto político final del Mutirão refleja cómo los gobiernos siguen sin entender que no hay transición posible sin empleos dignos y diálogo social real.
Quienes defendemos la biodiversidad lamentamos especialmente que una cumbre celebrada en la Amazonía haya sido incapaz de aprobar un plan vinculante contra la deforestación. Mientras los textos finales apenas mencionan la protección de la naturaleza, los bosques tropicales, nuestros mejores aliados contra el colapso climático, siguen ardiendo sin que los gobiernos asuman su responsabilidad.
Para quienes trabajamos desde el mundo rural, esta cumbre ha ignorado que la agricultura familiar, que produce más del 80% de los alimentos mundiales y mantiene los sumideros de carbono esenciales, necesita políticas de apoyo urgentes. No es aceptable que quienes alimentan y cuidan el territorio queden relegados frente a los grandes emisores, mientras sufren récords de siniestralidad agraria año tras año.
Desde el ámbito del desarrollo y la cooperación, denunciamos que una vez más los países del Norte Global han eludido su responsabilidad histórica y su deuda ecológica con el Sur. La financiación climática acordada es insuficiente, mantiene mecanismos que generan más deuda en lugar de reparación, y se sigue priorizando la movilización del sector privado sobre la financiación pública que realmente necesitan las comunidades afectadas.
Para las voces más jóvenes y los movimientos de base, esta COP representa una decepción más. El planeta ha experimentado un año completo por encima de 1,5°C, los fenómenos extremos se multiplican, y aún así los gobiernos siguen sin atreverse a nombrar al principal culpable: los combustibles fósiles. La presencia de 1.500 lobistas de la industria fósil en la cumbre explica por qué toda mención explícita al fin del petróleo, gas y carbón desapareció del texto final.
Más allá de los fracasos temáticos, esta COP30 ha sido una de las cumbres climáticas más opacas de la historia. Esta opacidad no es casual. Es la estrategia de quienes prefieren negociar a puerta cerrada, lejos de la presión social, lejos de las cámaras, lejos de la rendición de cuentas.
La sociedad civil: único motor real del cambio
La COP30 deja una lección clara: el multilateralismo climático sobrevive únicamente gracias a la presión social, ya que son muchos países y empresas petroleras las que están haciendo lo posible por destruir el Acuerdo de París. Sin las 100.000 personas manifestándose en Belém, sin pueblos indígenas, organizaciones y la Cumbre de los Pueblos construyendo alternativas, la COP30 habría podido ser la última. Las movilizaciones del 15 de noviembre fueron el recordatorio de que existe una mayoría social exigiendo justicia climática y el fin de los fósiles, una mayoría que no seguirá esperando mientras los gobiernos juegan con nuestro futuro. Eso es lo que les hace políticamente caro destruir el proceso climático internacional, obligándoles cumbre tras cumbre, a desarrollar técnicas que les permitan bloquear cualquier avance sin ser percibidos como los posibles culpables del fracaso de la lucha climática.
Estamos a tiempo de hacer nuestra esta transición, pero no saldrá de las salas de negociación mientras los gobiernos sigan sometidos al lobby fósil y a intereses cortoplacistas. No nos quedan décadas: quedan años, quizás menos para comunidades en primera línea. Por eso seguiremos en las calles y en las salas de negociación, presionando a los políticos y construyendo alternativas desde nuestros territorios.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.