Opinión
Coser y luchar
Por Marta Nebot
Periodista
¡Qué baño de historia, oiga! ¡Qué bien me quedé después de ver el documental Coser y Luchar de Marta Arribas! Limpita y preparada para la vida.
¿Sabías que por Cuatro Caminos en los 60'-70'-80' trabajaban entre 15.000 y 20.000 costureras, que empezaban como aprendizas con 16 años y les pagaban menos de la mitad durante cuatro porque “aprendían”, que el régimen laboral en esas fábricas textiles era peor que carcelario, que si se movían o hablaban o comían un caramelo o hacían cualquier cosa que molestara al supervisor las castigaban de cara a la pared hasta que el capataz quería, que les pagaban una vez a la semana, salarios miserables, y les acompañaba algún varón de la familia para cobrar? ¿Lo sabías? ¿Lo sabemos? ¿Somos conscientes de lo que hubo que luchar para que aquello cambiara? ¿Valoramos el coste en multas, cárcel y sangre? ¿El gasto en vidas?
¿Lo sabías un poco? ¿Quieres saberlo más? ¿Conoces a alguien que no lo sepa?
Yo he querido y he salido con una piel nueva. Más resistente y más bonita.
Recomiendo mucho este refrescante baño de historia reciente para caminar de otra manera por las calles de Madrid y por la vida.
Y lo hago porque he tenido la suerte, además, de presentar este documental -hecho de historia, de palabra, de música, de imagen y de personas extraordinarias- en la entrega de los Premios Abogados de Atocha de este año celebrada ayer mismo en el auditorio Marcelino Camacho en la sede de CCOO.
De hecho, empiezo a escribir este artículo mientras el público que rebosa este enorme salón de actos, que ha venido en este gélido día madrileño después del frío pasado en el minuto de silencio en El Abrazo de Juan Genovés en Antón Martín, se sumerge en este largometraje calentito que cuenta una historia más suya que de la mayoría. Yo, que ya lo he visto y recomendado, aprovecho para escribir este artículo arrullada por su silencio, por sus murmullos, por sus lágrimas y sus risas.
En esta ocasión CCOO de Madrid y la Fundación Abogados de Atocha reconocen a la Unión Nacional de Mujeres Saharauis, a la Asociación Esperanza de Libertad de mujeres afganas y premian a las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo en un acto que presento profundamente emocionada.
A lo largo de las 22 ediciones de estos galardones, en los 49 años que han pasado desde aquel fatídico 24 de enero de 1977, cuando -sí, conviene recordarlo- unos ultraderechistas entraron en el despacho de los abogados laboralistas de Atocha 55 y dispararon a todos los que encontraron, matando a cinco de ellos y dejando a otros cuatro malheridos, CCOO de Madrid y la Fundación Abogados de Atocha han reconocido a muchos eslabones extraordinarios de esa larguísima cadena que hizo posible que hayamos llegado hasta aquí, que sigamos peleando porque lo de aquí llegue a otras partes del mundo, porque lo de aquí siga avanzando, por conseguir más y por no perder lo conseguido.
Y este año es tan necesario como siempre -o más- porque vivimos momentos de regresión. Tiempos más oscuros, más peligrosos, pero también de más cambio. Podemos perder terreno conquistado con la fuerza de los votos, dentro de las democracias. Ya está pasando en muchos sitios. Lo consiguen robándonos las palabras, los eslóganes, la unidad, los sueños... Y no es solo que lo digan más, que su relato tenga más espacios, que también.
Dato mata relato, decimos ahora, sin tener en cuenta lo que bien sabía Goebbels, el ministro de propaganda nazi, que decía que una mentira solo necesita ser repetida suficientes veces para convertirse en verdad.
Un relato repetido las veces suficientes fríe cerebros y entonces los datos no pueden ser absorbidos, no llegan, se pierden una y otra vez en el gigantesco limbo mediático del que solo salen los mensajes exitosos que pueden convertirse en virales mientras los demás son enterrados, sepultados en la avalancha de información que nos lleva a una sociedad tan desinformada y manipulable como tantas veces en la historia, como antes de que la información fluyera en cada bolsillo todo el rato. Es el colmo de la democracia. La masa manda y manda y manda decidiendo cada segundo qué tiene visibilidad y qué pasa desapercibido.
Y en este contexto hay que seguir haciendo y hay que hacerlo valer, hay que hacer lo de siempre y distinto y contarlo también en el idioma de estos tiempos que es el de la publicidad y el marketing adaptado a las nuevas tecnologías.
La gran derecha lo ha visto clarísimo y lleva años, más de una década, en ese trabajito. Acaparando desencanto a base de retorcer la realidad, el dolor y los peores instintos.
¿Cómo es posible que se hayan adueñado de la libertad?
¿Cómo, que la esperanza sea conservar -o no perder mucho- los derechos y el Estado del bienestar conseguido?
¿Somos nosotros los conservadores y ellos los progresistas?
¿Rebelarse es de derechas?
¿Lo que ellos proponen es progreso?
¿Qué es rebelarse en estos momentos?
¿Ser minoría eterna lleva a algún sitio?
¿Hemos perdido de vista la lucha de clases, que nunca debió dejar de ser la principal?
¿Cómo plantarles cara a los iconos sociales, a la fama y el dinero, que tienen abducida a la juventud y al resto?
¿Cómo peleamos contra el analfabetismo social e histórico?
¿Cómo divulgamos conciencia social contra el individualismo enfermizo que nos aísla y nos desarma, contra la nueva vieja precariedad y el emprendurismo de moda, la esclavitud impuesta o elegida, contra el vivan las cadenas si me dan para ir al centro comercial?
Tenemos que aprovechar esta crisis global, este pendulazo de la historia, para encontrar nuevos caminos, para hacerlo mejor, para llegar más, para plantearnos qué podemos hacer distinto, en qué tenemos qué innovar, cómo juntar fuerzas, crear estrategias, aprovechar las nuevas tecnologías, crear esperanzas políticas, inventar un futuro distinto.
Después del documental, que retrata ni más ni menos que el compromiso social, presenté a las premiadas, nos emocionaron y vinieron los discursos oficiales que nos animaron a seguir y a prohibirnos solo una cosa: el pesimismo.
Y sí, pensé... La alegría de vivir como vivimos, de la fe en el ser humano, de la razón con corazón, del amor -sí, por cursi que suene- a la especie que somos, de nuestros altares laicos anteriores a cualquier religión, es nuestra mejor arma de persuasión y no la estamos usando.
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