Opinión
El cosmos roto de mi pueblo

Por Oti Corona
Maestra y escritora
Bájate del avión y no pienses. No pienses que tu infancia quedó atrás, allá, muy lejos, en un callejón por el que de vez en cuando pasaban unos personajes de color rosa con chanclas y calcetines a los que llamábamos ingleses. Tú vienes a pasar el verano en el pueblo, lo demás no importa. Sácate de la cabeza la frase de Celie en la adaptación buena de El color púrpura, la de Whoopi Goldberg. Sal del aeropuerto. Saluda a la familia. Y nada. No hay manera. La frase, como una maldición o una profecía, ataca mientras tomas la carretera, te quejas del tráfico, te comes la primera ensaimada. Cuanto más cambian las cosas, más igual siguen estando.
Es una oración horrible si uno se fija en los tres verbos ahí, tan juntos, —cambian, siguen, estando—, y en la palabra cosas, que tendría que estar prohibida porque no debería existir un término tan avaricioso que significa todo y al mismo tiempo tan vago que no significa nada. Y, sin embargo, es tan cierto que todo cambia y todo sigue igual que sientes la frase como el aroma de los pinos o el arañazo de la sal en la piel. Y piensas que éramos pobres, pero no del todo; es decir, seríamos pobres ahora, pero antes éramos lo normal: gente que no sabía que existían las vacaciones, que tenía más de dos vestidos porque su madre sabía coser y que solo compraba yogures cuando había un enfermo en la familia.
Pero al pueblo se viene a descansar, no a invocar el pasado. No recuerdes la Vespino verde con la que tu padre os subía al colegio a tu hermana y a ti, los tres a la vez, ni que aquello no era una escuela, sino dos salas grandes que apañó el ayuntamiento para que se apiñaran decenas de niños que solo comían yogures cuando alguien se ponía malo. Estaban los pobres de necesidad y los pobres de normalidad. Tú eras de los segundos, como cualquier hijo de vecino.
Olvida la época en que los guiris, relegados al bullicio de los hoteles de la playa, respetaban los barrios del centro, donde los nativos y los que venían de fuera a hacer la temporada compartían su cosmos de pisos con vigas de madera y de casitas bajas. A veces se mezclaban los unos con los otros y entonces nacían niños como tú. Construyeron edificios para las nuevas familias, que se pagaban con letras y con muchas horas de desvelos, de ordenar pedidos, de doblar montañas de ropa, de noches de guardia, de coser a máquina.
No sirve de nada perderse en el recuerdo de los años posteriores, cuando la gente se quejaba de la masificación y se frotaba las manos y volvía a quejarse y seguía frotándose las manos. Los turistas paseaban en ocasiones por el centro como quien se adentra en territorio prohibido: con sigilo y solo para lo imprescindible. El primer trabajo, la compra del piso. Apartamentos de dos habitaciones a cuatro millones de pesetas; de tres habitaciones, a seis. ¿Cuánto es eso? Treinta y pico mil euros. Madre mía. No ha llovido tanto y fíjate.
A tus conocidos les hace gracia que vengas a cuidar del abuelo. ¿Abuelos en Ibiza? ¡Si allí solo hay fiesta! Adaptas tus horarios a los de los guiris, que hoy lo ocupan todo, día y noche. Las playas, las calles, las plazas, las fiestas populares, los supermercados. Las viviendas. La vida es mejor ahora que entonces. Hay colegios y hospitales, y los pobres de normalidad pueden comprar yogures a diario. Pero, ah, quién sabe qué ente abstracto —el capital, una reunión en la sombra, un racimo de ultrarricos— ha decidido que así no vamos bien, que es preciso lubricar con escasez los engranajes del sistema. Convirtieron los barrios en parques de atracciones y las viviendas en alojamientos hoteleros. Rompieron el cosmos.
Inventaron términos, a cuál más tétrico —solución habitacional se lleva la palma—, para definir y agrupar esta nueva pobreza de necesidad que no es necesidad de quien la sufre, sino del régimen que la promueve. Ni los nativos ni los que vienen a hacer la temporada pueden pagarse un techo. Muchos se marchan. A otros, la policía los echa de los edificios en ruinas, de los márgenes de las carreteras, de los descampados en los que montan sus chabolas. Es delito existir fuera del horario laboral.
Ha bajado el sol y aún falta un rato para que los taxis pirata desembarquen a los turistas en la discoteca del final de la calle. Es el momento justo para correr a visitar a tu madre. Atraviesas la rotonda y ahí sigue la frase, que te rondará todas las vacaciones como un mantra. Cuanto más cambian las cosas, más igual siguen estando.
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