Opinión
El coste de un cuarto de desechos en la 'ciudad sin sueño'

Por Julián Porras Bulla
Profesor Departamento de Sociología III UNED
Hace unos días se estrenó la película La ciudad sin sueño del director Guillermo Galoe. En esta película se cuenta la historia de Toni, un adolescente gitano que, entre otras cosas, es chatarrero. Es también amigo de Bilal, de familia marroquí, y quiere a su galga, una perra que ha criado desde niño. La protagonista de la película es la Cañada Real, un continuo de barrios ubicados al costado de la autovía M50 en Madrid, clasificados como la mayor concentración de chabolas de Europa. Toni y su familia, como chatarreros, van día a día a otros barrios de la ciudad a recoger fundamentalmente chatarra u objetos que luego separarán. Tal como dice Toni en una de las escenas, "los payos no saben aprovechar las cosas", resaltando el desperdicio o la irracionalidad de los "otros", que se pueden permitir tirar sin aprovechar, tirar como una de las formas de habitar una posición social. Luego, el mismo personaje, nos dice "toda la basura de Madrid la traen aquí", señalando a un antiguo vertedero. Resaltando que en la ciudad hay personas y lugares definidos por los residuos: ellos y el barrio donde viven.
Justamente esa es una de las ideas que sostiene la bestseller Carolina María de Jesús. La recicladora (como se llama a los chatarreros en Latinoamérica), describe en sus diarios Cuarto de desechos la distribución de funciones y de símbolos en la ciudad como si fuese una casa. Ella vivía en una favela, que podría ser vista como el lugar de la casa destinado para los desechos. La misma analogía de Toni, pero que no solo está presente en las favelas o en las chabolas de la Cañada Real, también sucede en otros espacios allá donde fijemos nuestra atención. Hace unos días, dos personas resultaron heridas en un incendio en un asentamiento irregular en lo que será una de las estaciones de tren más importantes de Barcelona, La Sagrera. En ese asentamiento vivían diversas familias de recicladores, o chatarreros, desalojados tras el incendio.
Estos asentamientos y otras formas de infravivienda funcionales a la gestión de los residuos están repartidas por todo el espacio urbano de las ciudades, en las favelas en Brasil, como el caso de Carolina María de Jesús, pero también en Barcelona, Madrid, Seúl y hasta Estocolmo. Espacios que funcionan temporal o en forma sostenida, como sucede en la Cañada Real, para mejorar y guardar residuos, como un cuarto de desechos, en donde los trabajadores, como hace Chule, el patriarca gitano y abuelo de Toni en la película, separando lento pero sin pausa materiales en el solar de su vivienda. O como hacían los desalojados en una futura estación de tren, o en locales, naves industriales o descampados.
Los cuartos de desechos suceden en todas las ciudades del capitalismo y obedecen a las lógicas que expresan Carolina María de Jesús y Toni, desechar es cuestión de clase, de poder y no de gusto, de quién puede desechar objetos y quiénes van a gestionarlos. Como repiten los estudiosos sobre los residuos: desechar es relacional, central para el capitalismo y ocupa a muchas personas. De hecho, según algunos estudios, el 1% de la población mundial hace el trabajo de Toni y Carolina María. A esto podemos sumar el trabajo que se da dentro del propio hogar para la gestión de residuos, y para el cual tampoco somos del todo autónomos. Pero también está la recolección, separación, transporte, reciclaje o gestión final. Millones de personas dedicadas a gestionar los residuos que producimos.
En ciudades ricas como Madrid o Barcelona el caso de Toni parecería un fenómeno excepcional y no esencial como en las ciudades más pobres, pero, como mostramos en el artículo Contribuciones de los recicladores informales al metabolismo de la ciudad de Barcelona, los chatarreros están presentes para la mayor parte de los habitantes de dicha ciudad, y no solo eso, más de un 60% de los mismos dejan objetos y materiales pensando en los recicladores. Es decir, los chatarreros, además de reintroducir materiales (según algunas estimaciones más del 20% de la chatarra de la ciudad), son actores centrales en la gestión de residuos de la ciudad.
Trabajos y personas que no están recogidas en la discusión que por estos días ha recorrido todos los medios escritos sobre la proporcionalidad, aplicabilidad y obligatoriedad de la tasa de residuos. Esta normativa promueve que se cobre a quien genera los residuos. Es decir, pagar por tirar. La ley incentiva la búsqueda de mecanismos para que se pague por la cantidad de residuos producidos.
Se han creado muchos mecanismos tecnológicos y logísticos por la fiscalización de la producción de residuos. Con grandes diferencias entre municipios, obviamente. Lo que dice la ley actual es que esa gestión debe ser autosostenida, que los municipios no deben utilizar recursos propios para la gestión de los residuos, que debe provenir de un impuesto singular. Está claro que la gestión de los residuos es algo que debemos hacer de forma coordinada. Nadie en su casa puede descomponer y gestionar un pañal por sí mismo
Una de las consecuencias y razones de ser de las sociedades modernas es la de encontrar mecanismos sociales complejos para lidiar con nuestra vida. El sociólogo Emile Durkheim lo llamó solidaridad orgánica, una metáfora que aludía al funcionamiento del cuerpo humano. Las sociedades se dividen y coordinan para funcionar como un todo. Metáfora con limitaciones, pero que da una idea de la complejidad, inconsciencia y automatismos necesarios para hacer que un todo funcione. Complejidad entre múltiples partes, inconsciencia en la tarea que cada parte hace dentro del todo y de lo que hacen los otros; y automatismo en la especialización y repetición dentro de esta división. Claro está que como funcionan nuestras sociedades la metáfora podría ser la de Frankenstein, una suma de partes que funcionan, pero sin corazón.
Por lo tanto, no se trata solo de una política fiscal redistributiva, se trata de tomar en serio que no estamos gestionando los residuos de forma coherente. Que estamos construyendo una narrativa de parodia, en la que no se toman en cuenta lo dependiente que somos, que como en muchas otras esferas de nuestra vida, echamos mano de los más vulnerables. Debemos pagar por gestionar los residuos, pero no solo. Deberíamos ponerlo en la lista de prioridades cuando hablamos de cosas esenciales. Debemos reconocer lo dependientes que somos de otros para lidiar con la cantidad de residuos que producimos.
Por ahora, en los medios de comunicación se ha tratado como una discusión sobre impuestos. Discusión que, por otra parte, en la narrativa política actual tiene muy buena acogida para los discursos de la derecha, que lo han llamado el "basurazo". Esta discusión olvida que la gestión de los residuos es un tema central si entendemos la vida social de nuestras ciudades como un entramado complejo y no como una aglomeración de individuos que deben hacerse cargo de sus 1,2 kilos de basura al día.
Hay costes que se pueden resolver con la justicia redistributiva de los impuestos, pero hay cosas que al tirarlas generamos consecuencias que no podemos estimar. No podemos determinar las consecuencias que tienen para los trabajadores y sus familias por dedicarse a ello, las consecuencias para Toni y su abuelo Chule. Tampoco podemos estimar el impacto que puede tener la ropa usada, los electrodomésticos, los plásticos en terceros países. No podemos terminar la discusión de los residuos con los costes de la gestión. El coste de la gestión, la dichosa tasa, debe ser simplemente el inicio de la discusión, no la meta.

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