Opinión
'Cringe'

Por Enrique Aparicio
Periodista cultural y escritor
-Actualizado a
Las palabras nacen para designar realidades, pero hay algunas que, más que señalarlas, las generan. La ubicuidad del anglicismo cringe, inescapable en cualquier conversación de personas menores de ¿cuarenta años?, ha impuesto no solo un modo de referirse a esa reacción que el castellano ya tenía fichada con su vergüenza ajena, sino que nos ha instalado un sensor del que ya no podemos deshacernos. Aprendimos a pronunciar cringe y a partir de ahí ha sido muy difícil dejar de sentirlo.
Porque en España puede que hayamos aprendido hace poco el término, pero nos estamos esforzando en explotarlo. Ocurre especialmente con algunas figuras públicas, que la conciencia colectiva ha decidido que deben abochornarnos. Y el ejemplo más significativo en los últimos meses es Oliver Laxe, el cineasta que ha colado su reciente Sirât en las nominaciones de los Oscar. En su salto de cineasta medio underground a invitado estelar en La Revuelta, el gallego se ha convertido para muchos en la personificación del concepto.
Rebautizado como Oliver Lache –creo que los jóvenes de verdad prefieren esta palabra caló, escuchar cringe les da cringe–, cada aparición pública y cada titular del director provoca un eco similar: es demasiado intenso, se toma demasiado en serio, lo intenta demasiado fuerte. Con su aspecto de líder mesiánico, una ambición no disimulada y un discurso plagado de poéticas metáforas, su presencia dista mucho de lo que más le ha gustado siempre a este país, que es la gente que triunfa recordándonos –o intentando convencernos de– que son tan normales como cualquiera.
Nos caigan mejor o peor, reírnos de que los artistas tengan personalidades y vidas artísticas convierte el mundo en un lugar mucho más aburrido. Salirse de la norma es una de las mejores herramientas creativas que existen, y es una lástima que el cinismo que se ha convertido en la lengua franca con la que nos entendemos los unos a los otros esté frenando a quienes podrían atreverse a ofrecernos una visión particular de la realidad y de sí mismos.
El escritor vietnamita-estadounidense Ocean Vuong explicaba hace poco cómo la “cultura del cringe” interfiere con la voluntad de sus estudiantes de mostrar lo que escriben, porque no quieren provocar esa reacción que nos hemos acostumbrado a sufrir. En su traducción literal, el vocablo inglés significa encogerse, porque se supone que esa es la respuesta física que nos provoca el sonrojo por el comportamiento de los demás. Ante el peligro de dar cringe, mejor no dar nada.
Supongo que las redes sociales tienen mucho que ver con esto. Desde que todo lo que hacemos es susceptible de compartirse y someterse por tanto a la mirada y juicio ajenos, parece que hay que pensárselo dos veces siquiera para intentar crear algo. Contemplados desde esta óptica, seguro que casi todos los genios de la cultura daban vergüenza ajena mientras perfeccionaban su arte. Y cómo puede no ser intensa la relación que establece con su obra una persona que le dedica su vida.
Me da pena que este cringe que hemos importado nos distancie de personalidades que, aunque no vayan a agradar a todo el mundo, ofrecen perspectivas y relatos diversos. Creo que si alguien se incomoda por una persona que sea intensa, sensible o excéntrica sin disimulo no es tanto por el observado sino por el observador. Porque quien provoca cringe es alguien que se ha atrevido a mostrarse, de la manera que sea. Y eso, más que una vergüenza ajena, puede significar un incómodo recordatorio propio a quien observa desde la barrera.
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