Opinión
Las crisis imaginarias de la ultraderecha

Investigador científico, Incipit-CSIC
El contexto en que creció la ultraderecha hace un siglo y el actual muestran puntos en contacto, pero también notables diferencias. En el período de entreguerras, la sociedad europea se encontraba moral y económicamente devastada: imperios deshechos, nuevas fronteras, revoluciones, guerras civiles, una población depauperada y embrutecida por el mayor conflicto de la historia.
Y en 1929, una crisis financiera que lo arrasó todo. Una crisis real y tangible que destruyó las condiciones de vida de millones y los llevó a la radicalización política. La inflación y el desempleo pauperizó a las clases medias y proletarias, en un momento, además, previo al desarrollo del Estado de bienestar. No existía colchón protector para los afectados por la crisis.
Esas circunstancias no se dan hoy en Europa. Pese a los reveses, la economía capitalista resiste (hasta el próximo crack); el desempleo está a años luz del de los años 30 -en 1933, Alemania tenía una tasa de paro del 35%, hoy del 6,5%- y los ciudadanos todavía pueden beneficiarse de unos servicios públicos que garantizan pensiones, bajas por enfermedad, sanidad y educación. El riesgo de caer en el abismo sigue existiendo para una parte de la sociedad, pero el abismo es menos tenebroso y el porcentaje de la población en peligro más pequeño.
Dado que no existe una crisis material equiparable a la de hace un siglo, la ultraderecha lleva años inventándose una crisis imaginaria. Leyendo a los propagandistas del neofascismo, uno llega a la conclusión de que estamos al borde del colapso, nacional o civilizacional. Que nos van a reemplazar hordas de bárbaros. Que estamos a unas elecciones de caer en una dictadura comunista.
En la realidad, la crisis que percibe la ultraderecha es ideológica. Y lo es en un doble sentido: porque es un invento, una fantasía de la imaginación política, y porque corresponde al orden de las ideas (de los prejuicios, para ser exactos), no de las cosas materiales. Por lo que se refiere a esto último, los agravios de los ultras tienen que ver ante todo con la identidad -nacional, racial, sexual y de género. Ni siquiera la cuestión de los inmigrantes se expresa en términos materiales: no es una amenaza económica, es una amenaza cultural. Es precisamente cuando uno tiene sus necesidades básicas cubiertas cuando puede convertir las necesidades ideológicas en el centro de sus obsesiones.
También es lógico que una crisis virtual (que tiene existencia no real sino aparente) encuentre su vehículo de expresión y de expansión en el mundo virtual (el espacio intangible de Internet). En el mundo virtual de la ultraderecha española existe una crisis que es pura fantasía, pero que tiene efectos en la realidad: porque hay gente que verdaderamente cree que nuestro país está invadido por bandas de magrebíes y africanos que viven de las subvenciones que deniegan a tu abuela. Un país sometido a una dictadura bolchevique, donde las infraestructuras se desmoronan y, cuando no, las destruye el gobierno adrede. Donde casi todo nuestro salario se lo llevan los impuestos que se van casi íntegramente a pagar prostitutas a políticos corruptos, mientras los servicios públicos están al nivel del Congo y pasear por la calle es jugarse la vida por la criminalidad galopante. Un país donde uno nunca sabe si al llegar a casa lo encontrará okupado por una banda de narcotraficantes o una familia pakistaní, donde bandadas de lobos vagan por los montes aniquilando las pocas vacas que nos quedan, los bosques arden porque multan por recoger piñas y las feminazis dan cursos en primaria para animar a los niños a volverse trans.
La misma ultraderecha que vive con pasión su fantasía distópica como si fuera la realidad misma, relega las crisis reales a un segundo plano o directamente las niega: la crisis ecológica, climática, de cuidados, de desigualdad, de acceso a la vivienda. Las dos primeras, de hecho, son las auténticas crisis existenciales de nuestro tiempo, las que ponen en peligro la propia supervivencia de la humanidad. Sin embargo, para la extrema derecha no existen.
Es comprensible, porque reconocer su existencia implicaría reconocer al principal culpable, que es un capitalismo depredador y desbocado. Pero esa ultraderecha tan antisistema jamás tocará el sistema. Por eso cuando llegan al poder se dedican en cuerpo y alma a combatir la crisis imaginaria (persiguiendo inmigrantes, renombrando lugares, prohibiendo libros, reescribiendo la historia), mientras exacerban en todos los frentes las crisis reales que provoca el sistema que no quieren cambiar. Y cuando los remedios contra la crisis imaginaria no funcionen y las crisis reales nos sigan ahogando, no hay problema: siempre habrá alguien de piel morena al que echarle la culpa.

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