Opinión
No es crueldad, es encarnizamiento

Por Noelia Adánez
Jefa de Opinión y de Feminismos
Se han cumplido tres años del inicio del genocidio perpetrado por Israel en Gaza. Las cifras de esta operación premeditada de exterminio y ocupación son escalofriantes. Más de 74 mil muertos de entre los cuales más de 21 mil eran niñas y niños. Un número indeterminado de desaparecidos, cuyos cadáveres se pudren bajo los escombros de una Gaza ruinosa a la que Israel ha sustraído por la fuerza bruta más del 70% de su territorio. Cerca de dos millones de palestinos han sido desplazados y los que permanecen son víctimas del asedio y la violencia que el ejército israelí sigue desplegando en la zona.
El daño causado a Gaza no afecta únicamente al pueblo palestino. Las consecuencias de la atrocidad israelí y la exposición pública y documentada de la violencia infringida escala a la humanidad en su conjunto. El dolor de Gaza es el dolor de todas. Hacernos cargo del sufrimiento de este pueblo exige reaccionar; exige como mínimo tener una posición.
Este miércoles Isabel Díaz Ayuso expresó públicamente su posición al respecto al tuitear un mensaje de apoyo a Israel. Durante estos tres años, la presidenta de la Comunidad de Madrid, sionista confesa y simpatizante del gobierno de extrema derecha que preside Benjamin Netanyahu (sobre quien existe una orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional), ha guardado un silencio absoluto respeto del genocidio en Gaza. Ni una sola palabra sobre el hecho de que, a la vista de todo el mundo, Israel continúe matando de hambre y dejando morir de enfermedades al pueblo palestino. Ese silencio va más allá de la crueldad y entra de lleno en el terreno del encarnizamiento, puesto que se recrea y persiste de manera implacable en el sufrimiento de un pueblo.
En esta misma línea de encarnizamiento, el Gobierno de Ayuso -como hemos contado en ‘Público’- ha reducido de 4.039 a 1.000 euros la cuantía de las ayudas destinadas a facilitar la conciliación de las familias que tienen a su cargo hijos o hijas con enfermedades que requieren cuidados constantes. La Comunidad de Madrid razonó estos recortes argumentando que "la experiencia adquirida (...) aconseja el diseño e implementación de un nuevo modelo (...) con el fin de garantizar una asignación eficiente de los recursos económicos disponibles (...) evitando cargas adicionales innecesarias para los ciudadanos".
Esta es una más de las muchas decisiones políticas que el Gobierno de la Comunidad de Madrid ha tomado, desacomplejadamente, en contra de la ciudadanía cuyo bienestar y cuyos derechos pisotea.
Los protocolos de la vergüenza aplicados en pandemia constituyeron un hito en este sentido, pero ha habido muchos otros jalones en esta larga historia de desprotección, arbitrariedad y abuso de poder. El mismo Gobierno que recorta las ayudas a las familias con hijos que sufren enfermedades graves y lo argumenta alegando que lo hace para evitar cargas innecesarias a la ciudadanía, es el que ha comprado sin justificación y con una muy fundada sospecha de malversación un ático de lujo de más de seis millones de euros. Esto también es encarnizamiento, como lo es negarse a topar los precios del alquiler en plena crisis habitacional o evitar activamente que se avance en la elaboración de las listas de objetores para que las madrileñas puedan abortar en la sanidad pública.
Al momento de escribir esta tribuna, se ha conocido que un juzgado de lo social condena al gobierno de Ayuso por haber discriminado a una mujer de 73 años con discapacidad intelectual, física y sensorial a la que negó el acceso a una plaza en una residencia especializada.
Ayuso cercena derechos ciudadanos de forma deliberada y continua. El menoscabo de derechos que provocan sus medidas no es incidental a las políticas de recortes presupuestarios y ahorro con las que se justifican. El encarnizamiento que despliega aspira a disciplinar a la ciudadanía, violentándola hasta dejarla sin capacidad de respuesta, sumisa.
La forma en que se ha gestionado el desahucio de Maricarmen y su trágica muerte por parte de las instituciones madrileñas sigue esta estela de encarnizamiento. Ayuso se descolgó, como acostumbra a hacerlo, con unas declaraciones en las que frivolizaba con el arrancamiento de una mujer de 87 años de su casa y cuestionaba su derecho a resistirse a abandonar su hogar, por el que llevaba años pagando religiosamente un alquiler. La presidenta madrileña embarró la figura de Maricarmen cuando estaba viva y ya había sido desahuciada. Tras su muerte, ni ella ni el alcalde de Madrid han aceptado guardar un minuto de silencio en la Asamblea y el Ayuntamiento respectivamente.
El desahucio de Maricarmen ha sido uno más de los miles que tienen lugar cada año en España, pero por lo dilatado de su proceso, por la edad de esta vecina y por el apoyo decidido y constante del Sindicato de Inquilinas, Maricarmen ha simbolizado y dignificado la lucha por la vivienda como nadie lo había hecho hasta ahora en nuestro país.
Su historia ha hecho comprensible el problema de la exclusión residencial a sectores de la sociedad que o bien permanecían indiferentes ante la crisis habitacional o bien no sabían cómo expresar su indignación.
Maricarmen ha sido y es un símbolo de lucha, la chispa que ha prendido la llama de lo que se vislumbra como un ciclo intenso de movilizaciones reivindicativas y solidarias que se sustentan, precisamente, en una crítica severa a la crueldad como forma de relacionarse en sociedad. Estas movilizaciones, además, anteceden un ciclo electoral en el que las políticas del encarnizamiento practicadas por las derechas podrían sufrir un correctivo democrático en forma de castigo electoral.
Tanto si es esto sucede como si no, tenemos enfrente la inmensa tarea de recuperar la humanidad. La que has liado, Maricarmen.
Comentarios de nuestros socias/os
Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.