Opinión
Cuando el cuerpo palestino deja de ser cuerpo

Por Itxaso Domínguez
Analista especializada en Oriente Próximo y Norte de África
-Actualizado a
He tardado semanas en escribir sobre este tema. No por duda, sino por la dificultad de situar lo que hemos sabido en un registro analítico que esté a la altura de su gravedad. Nada de lo ocurrido es nuevo. Todo forma parte de un régimen de violencia que desde hace décadas administra la vida, la muerte y la postvida de un pueblo bajo colonización.
Lo que revela este debate va mucho más allá de un hecho concreto
Cuando el pasado mes de octubre aparecieron informaciones sobre extracción de órganos a personas palestinas fallecidas en custodia israelí, el debate público volvió a situarse en un terreno ya conocido: un vaivén entre incredulidad automática, prudencia selectiva y una sensación de alivio que invita a tratar el episodio como si fuese aislado o improbable. Ese reflejo revela más sobre la estructura política que lo hace imaginable que sobre el caso en sí. Convertir cada acontecimiento en un dilema forense desconectado de su contexto político es una forma de negar la larga historia de intervenciones sobre el cuerpo palestino, vivo y muerto.
En Palestina, el cuerpo nunca es solo un cuerpo. El colonialismo israelí lo convierte en un objeto administrable. El destino de los restos, la posibilidad del entierro, la temporalidad del duelo y la visibilidad del martirio se insertan en una red de prácticas que desde hace décadas subordinan la dignidad humana a lógicas de poder soberano. La literatura sobre la gestión colonial de la muerte lo ha documentado con claridad: la retención prolongada de cadáveres, los cementerios de números, la devolución condicionada, el control de horarios y formas de funeral y la congelación de cuerpos que impide realizar autopsias independientes forman parte de un patrón profundo de administración necropolítica.
Si situamos las informaciones de los últimos meses dentro de esa genealogía, el marco cambia por completo. Lo que debemos analizar no es la veracidad aislada de un hecho puntual, sino el sistema que lo hace posible y que lo integra, incluso cuando no aparece en todos los casos.
La colonialidad del ‘no creer’ y el régimen de verificación
Una de las cuestiones más reveladoras de este debate es la facilidad con la que se activa la duda hacia el testimonio palestino. Durante años, periodistas y académicos de todas las ubicaciones se han visto obligados a presentar los puntos de vista de unos y otros, independientemente de la asimetría de poder y la importancia de la experiencia vivida para entender un contexto. Esa incredulidad estructural no es una postura neutral ni un reflejo sano de rigor. Forma parte de una arquitectura epistémica que distribuye autoridad y credibilidad según relaciones de poder. Quienes viven bajo colonialismo no solo deben demostrar cada experiencia de violencia, sino hacerlo ante un público internacional que no reconoce la lógica profunda de la violencia colonial. Aún a día de hoy, la voz de un abogado israelí pesa mil veces más que la voz de cualquier palestino sobre el terreno.
Esta colonialidad del ‘no creer’ opera como un filtro que condiciona la recepción de cualquier hecho que contradiga la fachada de normalidad jurídica. El resultado es un espacio discursivo en el que el horror palestino siempre necesita excedentes de prueba, mientras que la narrativa de la autoridad ocupante se considera por defecto fiable. Ese desequilibrio en el régimen de verificación es una herramienta de poder tanto como un checkpoint o un bombardeo. Es la forma en la que se administra no solo la vida y la muerte, sino también la inteligibilidad del sufrimiento.
La administración del cadáver como tecnología política
La intervención sobre cuerpos palestinos después de la muerte forma parte de una lógica que busca controlar no solo los restos, sino su significado. El cadáver es una materia profundamente política: sostiene memoria, identidad, duelo colectivo y continuidad histórica. Por eso la ocupación interviene en él. La retención de restos, la imposición de entierros nocturnos, la limitación del número de asistentes, la prohibición de fotografías y la devolución de cuerpos congelados que no pueden examinarse en condiciones constituyen una estrategia de control que busca vaciar la muerte de potencia política.
Familias y comunidades palestinas describen duelos suspendidos, vidas congeladas paralelas a cuerpos detenidos en cámaras frigoríficas, experiencias sensoriales que hacen que el frío del cadáver sea también el frío del hogar. Este tipo de testimonios muestra cómo la necropolítica opera en Palestina no solo como capacidad de matar, sino como capacidad de administrar la muerte, regularla, dilatarla y reescribirla.
En ese contexto, la posible extracción de órganos solo puede entenderse como una expresión extrema de un régimen más amplio de intervención. La cuestión no es si ocurre en todos los casos. La cuestión es que el orden que lo permite - un orden donde el cuerpo palestino pierde su inviolabilidad - existe y está plenamente integrado en las rutinas de la ocupación.
Los límites difusos entre lo médico y lo militar
La colonización ha borrado durante décadas la frontera entre la autoridad sanitaria y el aparato militar. Cuando el Estado que mata es el mismo que controla la cadena de custodia del cadáver, el examen forense, la documentación de heridas y la entrega de restos, la transparencia es imposible. Las autopsias independientes se ven limitadas por devoluciones de cuerpos en estados que impiden la evaluación. Las familias deben aceptar informes sin acceso a la información. El poder opera en la oscuridad, mientras la apariencia de legalidad persiste.
Lo que ocurre después de la muerte, por tanto, no es un espacio apolítico. Es una zona de soberanía total, también profundamente violenta. El cuerpo muerto es el único espacio donde la ocupación no puede ser resistida por quien la sufre, lo que convierte este territorio en uno especialmente expuesto al abuso y la manipulación.
El espacio, el cuerpo y la necrogeografía de la ocupación
No todas las muertes palestinas se administran igual. En Jerusalén, por ejemplo, el control del cadáver es más rígido que en otras zonas. La ocupación ajusta su gestión del cuerpo según la densidad simbólica del territorio. Allí donde la presencia palestina desafía más los imaginarios del Estado, la administración post-mortem es más disciplinaria.
Esta necrogeografía produce lugares donde la muerte es visible y otros donde se oculta. Modula la presencia pública del duelo y convierte los funerales en escenarios de disputa política. La muerte palestina, entendida desde esta perspectiva, es una extensión del control espacial. La soberanía se ejerce incluso sobre la ubicación final del cuerpo.
La trampa del alivio prematuro
En los últimos meses, la conversación sobre treguas o altos el fuego ha producido una reacción previsible en parte de la opinión pública: la tentación de respirar hondo y declarar que la violencia está disminuyendo. Ese alivio, sin embargo, oculta una continuidad evidente. Una pausa en los bombardeos no altera las estructuras que administran la muerte palestina, como demuestra el bloqueo persistente de ayuda humanitaria. No suspende las leyes que permiten retener cuerpos ni las prácticas que condicionan funerales. No devuelve los restos a las familias que llevan meses esperando. No restaura la dignidad arrebatada a personas que han sido convertidas en objetos de intercambio político.
El peligro del alivio es que desplaza la atención al momento en el que el ruido disminuye, mientras las formas más profundas de violencia continúan sin interrupción. Se habla menos de Palestina y, paradójicamente, esa reducción del ruido coincide con un aumento de muertes indirectas por hambre, enfermedad, desaparición o heridas no tratadas.
Nombrar el patrón para no normalizarlo
La extracción de órganos, la retención de cadáveres o la imposición de funerales nocturnos no pueden comprenderse como episodios desconectados. Son expresiones distintas de un patrón estructural de gestión colonial de la muerte. Ese patrón define quién merece morir, cómo muere y qué lugar ocupa su cuerpo después en la vida colectiva. Define también qué muertes merecen ser lloradas y cuáles deben disolverse en silencio administrativo.
Este orden no se transforma con una tregua provisional ni con declaraciones diplomáticas que buscan cerrar capítulos sin alterar sus causas. La arquitectura que lo sostiene permanece intacta. Mientras exista, cualquier interrupción de las hostilidades será solo un paréntesis superficial.
Hoy, cuando algunos hablan menos de Palestina porque creen entrever un final del horror, conviene insistir en lo evidente: los palestinos siguen muriendo. Siguen ausentes en morgues, en fosas, en listas de desaparecidos. Siguen sin ser devueltos a sus familias. Y siguen atrapados en un régimen que administra la muerte con la misma precisión con la que niega la vida.


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