BORBOLANDIA
Cuñados a tiros

Periodista y escritora
La tradición borbónica obliga desde hace al menos dos siglos y medio a que todos sus miembros anden a guantazos. Los desprecios que se prodigan en la actualidad Felipe y su padre, los desplantes de la ciudadana Ortiz a su suegra, los desaires a sus cuñadas, la nula relación entre primos… nada nuevo. Así son las cosas y esas son sus maneras. La revista satírica La Flaca publicó en febrero de 1870 una magnífica caricatura como prueba irrefutable de mi afirmación y con el título Una familia modelo. En ella se ve a todos los borbones, literalmente, a hostias. Isabel II levantándole la mano a su cuñado Antonio de Orleáns; el rey consorte Francisco agarrándole de los pelos por la espalda; la infanta María Luisa, hermana de la reina, arreando con el abanico al infante Enrique de Borbón, hermano del rey, para defender a su marido, Antonio; la hija mayor de Isabel II, La Chata, yéndose a por su tía; el carlista Carlos VII con el puño levantado para dar al primero que pillara; el chavalín que acabaría siendo Alfonso XII pateando y amenazando con un fúsil de juguete a otra pariente niña… y en la pared de la viñeta, dos cuadros colgados: uno con Carlos IV agarrando por el cuello a su hijo el mastuerzo, y otro con los hermanos Carlos María Isidro y Fernando VII sujetándose por los respectivos pescuezos.
En esa caricatura están los dos personajes que hoy nos ocupan. Uno es Antonio de Orleáns, cuñado de Isabel II puesto que estaba casado con la infanta Luisa Fernanda, padres de esa moñas edulcorada llamada María de las Mercedes. Antonio fue el famoso duque de Montpensier, conspirador desde que se levantaba hasta que se acostaba, ambicioso sin límites, capaz de todo por conseguir el trono de España y, casi con total seguridad, responsable del magnicidio de Juan Prim, el primero de los cinco presidentes de gobierno asesinados en España.
Dado que pertenecían a la familia de los borbones, lo normal es que ocurriera lo que ocurrió, que acabaran a tiros
El segundo protagonista es Enrique de Borbón, infante de España y hermano del rey consorte Francisco de Asís; es decir tanto Antonio como Enrique eran cuñados de Isabel II. Y para terminar de enredar los parentescos, también eran primos entre sí y no se soportaban desde que eran niños. Así que, dado que pertenecían a la familia de los borbones, lo normal es que ocurriera lo que ocurrió, que acabaran a tiros, y todo para evitar que el otro pillara el trono de esta empresa llamada España, tan lucrativa para la dinastía.
Situemos el escenario de la bronca. Estamos en el Madrid de 1870, justo el año en el que el magnífico ilustrador barcelonés Tomás Padró dibujó para La Flaca la viñeta citada. Hacía año y medio que doña reina Isabel II había salido expulsada de España con toda su prole en septiembre de 1868. Antonio de Orleáns, casado con la hermana de la reina, fue uno de los que conspiró para apear a su cuñada Isabel II del trono con la esperanza de pillarlo él. No hace falta insistir en que se odiaban. En realidad se hace difícil saber de alguien a quien no odiara Antonio de Orleáns y conocer a alguien que no lo odiara a él.
En aquel 1870, con la reina arrojada del país, España buscaba un rey a la desesperada en el mercadillo de segunda mano europeo. Fue otra gran oportunidad perdida para la República, pero puesto que era territorio inexplorado, los españoles fáciles de manejar y los políticos unos cobardicas, el gobierno revolucionario que desalojó a Isabel II descartó la República y convenció al pueblo de que había que buscar otro rey, aunque con una condición inexcusable: que no fuera borbón. “¡Los borbones, jamás, jamás, jamás!” vociferaba Prim por las Cortes.
Esa sede vacante en el trono de España puso en marcha maniobras en algunas monarquías europeas para encajar a su propio candidato o para impedir que un enemigo encajara el suyo. Esta extravagante búsqueda de rey se produjo tras la aprobación de la no menos extravagante Constitución de 1869, la que declaraba que este país tenía que regirse por una monarquía constitucional, aunque no tuviéramos rey que llevarnos al trono. Muy loco. Este país es muy loco.
Cuando Enrique de Borbón se enteró de que su primo Antonio de Orleáns se postulaba para rey de España, sufrió un pico de hipertensión
Lo de monarquía constitucional es uno de los mayores oxímoron conocidos, porque una monarquía que siempre se mantiene al margen de la Constitución, con reyes impunes gracias a la Constitución, nunca será constitucional.
La única vez que se ha votado un rey en el Parlamento fue en aquel periodo que nos ocupa, y el candidato elegido finalmente para ser rey de España fue el duque de Aosta, Amadeo de Saboya, por 191 votos a favor. El único rey de España elegido por votación parlamentaria. Al que sufrimos actualmente es solo el hijo del que puso el dictador Franco y sí, lo voto el parlamento de la dictadura.
Pero, además del italiano Amadeo, hubo otros candidatos para ocupar el trono, como Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen, que, como su propio nombre indica, era prusiano, y al que los españoles prefirieron llamar “Leopoldo ole ole si me eligen” porque no se aclaraban con la pronunciación. Antonio de Orleáns, el cuñado de la reina y su más acérrimo enemigo, tuvo el cuajo de presentarse también como candidato porque cumplía con la principal condición: no ser un borbón.
Cuando Enrique de Borbón se enteró de que su primo Antonio de Orleáns se postulaba para rey de España, sufrió un pico de hipertensión. Ahí comenzó un cruce de artículos y de panfletos poniéndose a parir entre los dos cuñados de Isabel II. Enrique de Borbón, duque de Sevilla y Grande de España, maestro masón en la logia francesa “Enrique IV”, no podía aspirar a ser elegido rey porque era un borbón, pero iba a hacer lo imposible para que su primo Antonio tampoco fuera candidato. El tono de los artículos y los panfletos que se distribuyeron fue subiendo… y subiendo… y subiendo…
Enrique de Borbón llamaba a su primo Antonio truhan, calumniador, enemigo político, traidor, corrupto… pero lo que más le molestó al duque de Montpensier es que su primo lo llamara “hinchado pastelero francés”. Ahí se acabó el cruce de insultos y Antonio de Orleáns pasó a la acción retando en duelo a Enrique de Borbón. Se eligieron padrinos, comenzaron las visitas a los dos contendientes para ajustar las condiciones y el duelo se fijó para el 12 de marzo de 1870 en la Dehesa de los Carabancheles, cuando todo aquello era campo y ahora es todo ladrillo.
Con las primeras luces del día, y antes de que se liaran a tiros, lo inmediato fue intentar convencer a los duelistas de que lo dejaran, pero no hubo forma. Estaba claro que sobraba un cuñado de la reina, y era el momento de que uno de ellos desapareciera del mapa. Se establecieron los nueve metros de distancia, y se dio la orden del primer disparo.
¡Pum! Y nada.
¡Pum! Y tampoco.
Cargaron pistolas y volvieron a disparar.
¡Pum! del infante Enrique, y nada.
¡Pum! de Antonio, y la bala rebotó en la pistola del Borbón y le rasgó la levita a la altura de la clavícula.
Los caballeros reunidos propusieron dejarlo ahí, pero inmediatamente se desdijeron porque las normas dicen que en un duelo a primera sangre tiene que haber al menos una heridita. Había que continuar.
¡Pum! falló Enrique de Borbón.
¡Pum! y pleno de Antonio de Orleáns en toda la cabeza de su primo.
Un cuñado menos.
Pero cuando el cuñado victorioso se percató de que su oponente estaba frito supo que también él lo estaba. Se acababa de cumplir la previsión que hizo el día antes del duelo Enrique de Borbón: “Si yo lo mato -dijo- Antonio no será rey de España. Y si él me mata a mí, tampoco será rey. Muero contento”. Y era cierto, Enrique de Borbón, infante de España, hermano del rey, cuñado de la reina, asesinado por su propio primo, llevaba las de ganar viviese o muriese. Antonio de Orleáns perdió casi todos sus apoyos para su candidatura al trono de España.
Enrique de Borbón murió matando, y además se enteró todo dios. Políticos, nobleza, casas reales europeas, embajadores, intelectuales, militares, fauna eclesiástica… todos supieron del duelo, pero todo el mundo trató el asunto con absoluta discreción. Dado que Antonio de Orleáns era militar (su odiosa cuñada Isabel II lo había nombrado capitán general un mal día de 1858) no fue sometido a juicio civil, sino a un consejo de guerra, que, por supuesto iba a descafeinar todo el proceso, porque por mucho que la ley prohibiera los duelos y la Iglesia los condenara, se sabía que aquello iba a quedar en nada.
Aquel consejo de guerra juzgó dos delitos; el duelo en sí y el asesinato, pero se concluyó que la muerte fue… accidental.
Y dado que era masón, la parafernalia en su entierro fue la leche, y eso que la Iglesia había declarado herejes y excomulgado a todos los masones
Se le condenó a un mes de destierro de Madrid, lo cual no le causó gran disgusto porque para eso tenía su residencia habitual en Sevilla, su espectacular palacio de San Telmo, actual sede del gobierno de la Junta de Andalucía. O sea, más que un destierro, un chiste. Y también fue condenado a pagar una indemnización importante a la familia del muerto, que por orgullo torero rechazó el hijo de la víctima mortal.
A Enrique de Borbón le hubiera correspondido ser enterrado, o al menos trasladado después, como han hecho con los demás, al panteón de infantes del Escorial. Pero no. Lo enterraron en un nicho de la sacramental de San Isidro, en Madrid, y ahí sigue, enfrente de donde estaba el antiguo estadio Vicente Calderón. Y dado que era masón, la parafernalia en su entierro fue la leche, y eso que la Iglesia había declarado herejes y excomulgado a todos los masones porque le estaban quitando negocio a Roma. Pero también se miró para otro lado. El muerto era duque, era infante, era borbón… y fue al hoyo. Antonio de Orleáns no fue al bollo porque aquel disparo certero a la cabeza de su primo le frustró el acceso al trono de España.
He aquí una prueba más de que en lo último que se puede confiar en este país es en la Justicia, mucho más cuando los implicados son de alto standing borbónico. Nos lo advirtió hace unos años el señor Carlos Lesmes, aquel jefazo de todos los jueces con su trasero pegado al sillón presidencial del Supremo con superglú. La ley, dijo el indigno Lesmes, está pensada para los “robagallinas”, no para el gran defraudador. Tampoco para los borbones ni los Orleáns.

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