Opinión
Darle la vuelta al cuento

Por Pablo Batalla
Periodista
-Actualizado a
El erudito zamorano Antonio Monterrubio —que ahora publica El serano (Castilla, 2025)— es autor de otro libro, Al revés te lo digo (Trea, 2024), en el que saca punta a veintidós refranes de los más conocidos del acervo castellano: "Más vale pájaro en mano que ciento volando", "La letra con sangre entra", "A palabras necias, oídos sordos", etcétera. No solemos pensar en los refranes. Solemos decirlos, pero no reflexionarlos. Se nos venden, y los consideramos, como pequeñas decantaciones de siglos de genérica sabiduría popular; ladrillos de un sentido común único y eterno. Monterrubio hace a esos proverbios la pregunta de los juicios: Cui prodest? ¿A quién le aprovecha este refrán? ¿Es provechoso para las élites? ¿Les sirve para volvernos mansos, dóciles, injustos? ¿Les vale para justificar situaciones de opresión, de violencia? ¿Son sentido común o la comunización de un sentido concreto, sectorial?
Me acordé de Monterrubio y de aquel libro leyendo otro: Ser judío después de la destrucción de Gaza, de Peter Beinart (Capitán Swing, 2025). Un ensayo de denuncia de los horrores de Gaza que se suma a las decenas de ellos que vienen publicándose desde el 7 de octubre de 2023, pero que sobresale por encima de ellos debido a dos cuestiones que lo hacen muy singular. Como se anuncia ya en el título, el autor, en primer lugar, no es palestino, sino judío; un judío de izquierdas, firme crítico de Israel, que aboga por un Estado único y laico que ni siquiera se llame Israel para empezar. Pero esta no es una de las dos singularidades. Conocemos a otros judíos fogosamente críticos del sionismo: Chomsky, Finkelstein, Pappé, etcétera. La primera singularidad de este no es el origen judío en sí, sino su condición de practicante; alguien que frecuenta la sinagoga y los jabad, los centros comunitarios de la organización ortodoxa Jabad-Lubávitch. Y alguien que conoce muy bien la tradición judía, sus escrituras. Sus cuentos. Los cuentos bíblicos, talmúdicos y mishnaicos que Benjamín Netanyahu y sus compinches cuentan para legitimar sus acciones terroristas y el genocidio del pueblo palestino. Lo que ellos dicen que dicen esos cuentos, y lo que dicen en realidad.
El establishment israelí —explica Beinart— reduce esas historias a un refrán sobre la hostilidad eterna del mundo hacia los judíos y a la moraleja darwinista de que la vida, para estos, solo puede consistir en matar o morir. Para ello les amputan, les escamotean, algunos elementos; todo aquello que, en la tradición hebrea, insiste en advertir de que los judíos no solo corren siempre el riesgo de convertirse en esclavos, sino también el de volverse esclavistas. La Biblia está llena de judíos masacrados no menos que de masacres perpetradas por judíos. Beinart se detiene por ejemplo en el libro de Ester, que contiene las dos cosas: un gobernante antisemita que decide exterminar a los judíos del reino. Pero también la frustración de sus planes por un judío que logra apartarlo del poder y ocupar su lugar como mano derecha del rey, y entonces organiza a su vez un exterminio de gentiles, que la Torá reprueba.
La moraleja de este y otros relatos de la tradición judía —expone Beinart— no es el exclusivismo judío, sino el universalismo humanista. Todos somos hijos de Adán, criaturas de Yavé, que si dio algo a los judíos al convertirlos en el pueblo elegido no fue derechos especiales, sino especiales deberes. Y que nunca legitimaría el apartheid que los israelíes perpetran contra los palestinos. "No en Mi nombre", diría; y no hace falta creer en Él para oponerse al genocidio, dice Beinart, que razona su oposición también con toneladas de argumentos seculares, tanto morales —y ya bastaría con ellos— como utilitarios —y es importante recordarle estos a los lectores sionistas e israelíes a los que se dirige Beinart—. La violencia engendra violencia, y la que Israel perpetra siempre acaba volviéndose contra él: todos los líderes de la insurgencia palestina, recuerda el autor, sufrieron la violencia israelí directamente cuando eran pequeños; a todos les mataron a uno o varios seres queridos por los que juraron venganza. ¿Qué venganza no buscarán las víctimas de esta última masacre gazatí, de proporciones y salvajismo inéditos?
Apartheid es la palabra que utiliza Beinart. Y sabe de lo que habla, porque su segunda singularidad, hela aquí, es que, aunque vive en Estados Unidos, nació y se crio en la Sudáfrica del Apartheid. Vio lo que se hacía con los negros y cómo su familia lo justificaba; y cuando vio lo que Israel hacía con los palestinos y cómo sus allegados lo aprobaban, se dio cuenta de que la lógica era exactamente la misma. O matamos, o nos matan; o violentamos, o nos violentan, decían. Y hay que acordarse de que el CNA llevaba a cabo prácticas —que su dirigencia aprobaba explícitamente— como colgar un neumático del cuello de un colaboracionista, rociarlo de gasolina y prenderle fuego. Pero cuando los racistas dejaron de matar y de violentar, los activistas antiapartheid también dejaron de hacerlo al instante, en contra de lo que el cuento llevaba toda la vida asegurando. No estaban sedientos de sangre, sino solo de justicia. ¿Cuántos más cuentos nos cuentan, nos contamos; con cuántos más nos hacemos el autosabotaje de creérnoslos?
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