Opinión
Lo que dejamos de ver cuando hablamos de Ceuta
Por Itxaso Domínguez
Analista especializada en Oriente Próximo y Norte de África
Ayer viernes, en un grupo de WhatsApp con amigos, estuvimos hablando un buen rato de Ceuta. De Marruecos. De geopolítica. De si esto era otra forma de presión diplomática. De las fronteras. De la extrema derecha. Del Gobierno.
No sé muy bien por qué, pero al cabo de un rato me vino un pensamiento un poco incómodo. Creo que en toda la conversación nadie habló de las personas que estaban en el agua. Y algunas ya habían muerto.
No sé si fui injusta con nosotros. Al fin y al cabo, era evidente que estaban ahí. Todos lo sabíamos. No hacía falta decirlo. O eso pensé durante unos segundos… Pero luego empecé a leer titulares, a escuchar tertulias y podcasts, y a seguir el debate político (algo que he intentado dejar de hacer estos días, como muchos). Y me di cuenta de que nuestra conversación no era una excepción. Era, más bien, un reflejo bastante fiel de la conversación pública.
Otra vez las mismas imágenes. Cuerpos en el agua. Jóvenes, mayores y niños agotados intentando alcanzar una playa. Titulares sobre una "avalancha" o una "invasión". Declaraciones cruzadas. Y una conversación, o varias, que, casi desde el primer minuto, dejan de hablar de personas para hablar de presión, fronteras, geopolítica o seguridad.
No hace falta ser ingenuos para reconocer lo evidente. Todo apunta a que Marruecos vuelve a instrumentalizar el sufrimiento de decenas y centenas de miles como herramienta de presión diplomática sobre España. No sería la primera vez, ni será probablemente la última. Los flujos migratorios llevan años formando parte del repertorio de coerción de algunos Estados, tanto del Norte como del Sur Global. Negarlo tampoco ayuda, pero aceptar eso tampoco debería obligarnos a dejar de mirar a quienes ponen el cuerpo.
Tampoco debería hacernos olvidar que esas personas quedan atrapadas entre estrategias de poder que no controlan. Las de Marruecos, sí. Pero también las de España y la Unión Europea, que durante años han externalizado buena parte del control fronterizo y convertido esa frontera en un espacio donde la geopolítica y los derechos humanos conviven en una tensión permanente. Porque ninguna estrategia diplomática nada hasta Ceuta y ningún pulso entre Estados se ahoga junto al espigón. Lo hacen personas.
Estudiar Relaciones Internacionales tiene un efecto curioso. Aprendes a pensar en términos de Estados, intereses, poder, incentivos. A analizar estrategias y equilibrios. Y eso es necesario. Pero también entraña un riesgo: que acabemos mirando el mundo exactamente igual que quienes ejercen el poder. Que adoptemos sus categorías, su lenguaje y, sin darnos cuenta, también sus puntos ciegos.
Quizás el problema no sea que hablemos de geopolítica. Sería absurdo o completamente inútil dejar de hacerlo. El problema aparece cuando la geopolítica acaba sustituyendo a las personas. Cuando el mapa se vuelve más importante que quienes lo atraviesan, o que quienes ni siquiera tienen acceso a él.
Y esto no siempre suele ocurrir por crueldad. O al menos no una demasiado aparente y fácil de diagnosticar. Muchas veces ocurre porque el lenguaje de la seguridad, de la estrategia o incluso de la academia acaba imponiendo sus propias categorías. Y casi sin darnos cuenta, dejamos de hablar de personas para hablar de fenómenos.
Es entonces cuando dejan de tener nombre. Dejan de tener historia. Dejan de tener miedo. Dejan, simplemente, de ser personas. Se convierten en "arma híbrida", en "presión migratoria", en "efecto llamada", en "oleadas", en cifras… Incluso las muertes acaban funcionando como un dato más que confirma una tesis o refuerza una posición política.
Llevo toda la noche dándole vueltas a esto. No porque tenga una respuesta clara, sino porque me inquieta la facilidad con la que aceptamos esa desaparición. Una y otra vez, he de decir. Incluso quienes creemos estar hablando desde la empatía o desde el rigor acabamos cayendo en ella. Una y otra vez.
Porque las narrativas nunca son neutrales. No solo describen la realidad. También delimitan qué vidas vemos y cuáles dejamos fuera del plano. Si casi todas empiezan por borrar la humanidad de quienes llegan, quizá la pregunta no sea qué está pasando en Ceuta. Quizá la pregunta sea mucho más incómoda, pero también necesaria. ¿A quién beneficia que hayamos dejado de ver personas?
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