Opinión
Derrotar a la ultraderecha está bien, pero no es suficiente

Investigador científico, Incipit-CSIC
Según se radicaliza la extrema derecha, se vuelven más evidentes sus similitudes con el fascismo clásico. Al mismo tiempo, también son más claras sus diferencias. Una de ellas es la dificultad que encuentra a la hora de destruir la democracia.
En los años 20-30 del siglo pasado el fascismo parecía imparable y la democracia, un experimento breve y fallido. En Italia y Alemania, la extrema derecha logró imponerse y desmantelar la democracia en tiempo récord. En España le costó una guerra civil, pero al acabar el país quedó en manos de un dictador que no se movió del trono en cuatro décadas.
Hoy los ultras no lo tienen tan fácil. No hay duda de que su meta es acabar con la democracia liberal: Trump es el exponente más claro. Sin embargo, las condiciones actuales no son las de hace un siglo. Hoy les podemos poner freno, como demuestran las derrotas electorales de Bolsonaro, Orbán o Trump en su primer mandato, el limitado éxito de Reform UK, la continua incapacidad del FN francés (ahora RN) para hacerse con el gobierno o la propia Meloni recogiendo cable. Nada de esto recuerda al escenario de entreguerras.
Hay muchas razones para que sea así. Contamos con democracias más consolidadas, con instituciones más fuertes y que funcionan, pese a todo, mejor. También existen más democracias que en 1930 -en parte porque existen más países. Nuestras sociedades son menos desiguales y no nos enfrentamos a una colosal crisis económica como la provocada por el crack del 29.
Otro factor importante son las organizaciones supranacionales, como la ONU o la UE. Que siga existiendo un discurso hegemónico de derechos, legalidad internacional y democracia significa que el sentido común que se fue imponiendo tras la segunda guerra mundial no ha desaparecido del todo. Por mucho que la realidad parezca contradecirlo continuamente -de Venezuela a Gaza pasando por Ucrania.
Existen muchas otras razones quizá más importantes: una población femenina inspirada por el feminismo y muy movilizada políticamente; una memoria histórica que sigue teniendo presente las atrocidades de la dictadura y el fascismo (por eso la ultraderecha avanza más rápido entre los jóvenes que entre grupos de más edad) o el acceso inmediato y global a la información: conocemos infinitamente mejor lo que hace el ICE en EEUU o la IDF en Gaza que lo que hacía la Alemania nazi con los judíos o en el frente oriental.
Al posfascismo hoy se lo puede derrotar y se lo derrota. Y lo que es más importante, no necesitamos una guerra mundial. Llega con ejercer nuestros derechos democráticos. Por ahora.
Porque considerar vulnerable a la extrema derecha también entraña peligro: podemos pensar que tampoco importa que gane elecciones; ya la echaremos en la siguiente ocasión. De hecho, el escenario que plantean los politólogos a medio plazo es el de una alternancia entre gobiernos iliberales (populistas reaccionarios o posfascistas) y gobiernos liberales (conservadores o progresistas), más que la expulsión definitiva de los ultras del escenario político.
Sin embargo, confiar en las derrotas electorales de la derecha radical minusvalora dos riesgos muy reales: para empezar, que su labor destructiva no se resuelve en una legislatura. Se destruye siempre mucho más rápido de lo que se construye. Y el daño no afecta solo a instituciones y servicios, sino al sentido común democrático que mencionaba más arriba.
Por otro lado, como sucede con las bacterias, los movimientos de ultraderecha se adaptan y ganan inmunidad. Con cada derrota, descubren de qué nuevas maneras puede minar la democracia y la nueva cepa puede ser mucho más letal que la anterior. El caso de Trump es un buen ejemplo. No está tan claro que la democracia estadounidense vaya a sobrevivir a su segundo mandato.
Finalmente, confiar en la derrota de la extrema derecha puede ser una forma de mantener el statu quo neoliberal que está en la raíz de su auge. Nadie hace más por alentar el crecimiento ultra que los representantes que actualmente dominan el panorama político en la UE: (malos) gestores de un capitalismo desbocado y colaboradores de la extrema derecha global.
El mundo se enfrenta a una crisis múltiple -ecológica, climática, generacional y de desigualdad- y los partidos hegemónicos contribuyen a alentarla. Frente a ello, la ultraderecha seguirá ofreciendo recetas mágicas y una parte de la población seguirá votándoles para que las pongan en práctica. Impedirles que toquen poder es imprescindible. Pero insuficiente.

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