Opinión
Desnuda en la playa en el día de mañana

Periodista y escritora
-Actualizado a
Estoy desnuda en la playa y pienso: "He llegado al día de mañana". Recuerdo el momento en el que oí a mi madre pronunciar esta misma a frase. No sé si ella sintió lo mismo que yo ahora, ojalá sí. Mi cuerpo es soberano frente al mar, ninguna mirada sobre él modifica la forma en que lo veo y lo gozo. Atrás quedaron los banales ejercicios de seducción fruto de una doma minuciosa, fuente de frustración.
Sé quién soy ahora. A veces me gusto más y otras me gusto menos, pero en ningún caso depende de las opiniones ajenas. He ido soltando lastre. Hace poco mi hija me dijo: "Cada vez me da más pereza mentir". La mentira es un síntoma, efectivamente. Llega un momento en el que la impostura pasa a pertenecer al pasado infantil. Y ojo, que el pasado infantil suele durar décadas.
He llegado al día de mañana con varios juicios (de los de los juzgados) pendientes y un grupo de mujeres (amigas y familia) que me acompañan y a las que acompaño en un diálogo franco, no complaciente, sin dobleces. Avanzamos juntas como la panda de Ice Age, cada una con sus formas, su pasado, su origen, su aspecto y su deseo. O sea, no tengo miedo.
Gracias a ellas y a mi menopausia, gracias al trabajo colectivo y la belleza que tantas personas producen y comparten para nuestro solaz, respiro sin agitación. Sé que no estoy sola porque las leo. Sé que no estamos equivocadas por lo mismo y porque pensamos juntas en la duda.
Jamás imaginé que escribiría una columna así, no sé si por considerarlo irrelevante. Sin embargo, me he dado cuenta de que, a mis 57, esto se lo debo en grandísima parte a la edad y me apetece un homenaje a la madurez de los cuerpos, porque todo es cuerpo. Y todo se construye por acumulación. Ninguna herramienta tecnológica gozará mi memoria ni lo levantado sobre ella. Estos asuntos requieren su tiempo y su aliento. De pronto, desnuda en la playa, me ha parecido importante decirlo.

PD.
Con un saludo a quienes dicen que nos quejamos todo el rato porque somos unas amargadas. Nos quejamos todo el rato porque tenemos sobradas razones para ello. En cuanto a la amargura, ni idea de qué me hablan.
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