Opinión
Dioses a medida

Por Marta Nebot
Periodista
La Oreja de Van Gogh ha vuelto cepillo en mano. A Dios cantando y en Spotify facturando, tararea su nueva melodía. Estrenó su single "Yo creo en Dios a mi manera" y la cantada vuelta de Amaia Montero -como solista del grupo- en la tele de todos en fin de año. Todo el artefacto es un ver para creer y confirmarse como adorador del ser humano.
Mientras aquí el catolicismo sigue cuesta abajo y sin frenos, por más que los que le quedan estén llenando estadios con sus coros, "la espiritualidad" crece en todo Occidente, según los sondeos y las encuestas. Las paradojas post-religión son dignas de reflexión y estudio. Se trata de una espiritualidad a la carta, de un cajón de sastre donde cada uno cree en lo que le da la gana.
Me explico con los últimos informes para que no sea cuestión de fe sino de datos. Según el reciente primer barómetro sobre Religión y Creencias de la Fundación Pluralismo y Convivencia, adscrita al Ministerio de Presidencia, el 49% de los españoles tiene creencias religiosas —mayoritariamente católica—, mientras un 51% no.
Entre los creyentes, los católicos son el 46%; los que creen en un "dios único" el 37%. Es decir, de los que se declaran católicos hay casi un diez por ciento que cree en ese dios y en otros. Los españoles, cuanto más jóvenes menos creyentes en dioses, más en "algún tipo de espiritualidad o fuerza vital". Los jóvenes de 18 a 24 años son los menos católicos pero los que más creen que existe el alma (59%). Esa franja y la siguiente, hasta 34 años, son los menos interesados en que sus hijos reciban formación religiosa.
De los ocho aspectos que dan más sentido a la vida, la religión no es de los que da "mucho" o "bastante" para más de la mitad. Lo más importante es la familia, los amigos y el trabajo en ese orden. Y por supuesto que creemos firmemente en algo: las mascotas están por delante de los dioses. Solo el 15% de los menores de 24 años declara que la religión da sentido a su vida, mientras que los perros y los gatos son fundamentales para el 55% de los encuestados.
En definitiva, que no nos engañen los orejas de turno. Es comprensible que la Conferencia Episcopal esté preocupada, que los coros de parroquia se hayan lanzado a buscar el estrellato virtual, que Hakuna cante los villancicos de siempre desde el balcón de la Puerta del Sol para Ayuso, Feijóo y muchos cayetanos y cayetanas. Son cada vez menos, por más que aprieten sus filas y se hagan muchos vídeos y muchas fotos.
La sociedad española se está "post-secularizando". La caída de la religión mayoritaria coincide con una mayor visibilidad del catolicismo que ahora vive su fe de cara a la galería. Podría llamarse orgullo, también supervivencia, desesperación, la única salida.
Y meditando sobre la modernidad religiosa de la que hablan los estudios, sobre esa post-religión, sobre las nuevas "espiritualidades o fuerzas vitales", noto y anoto que echan al nuevo potaje religioso todo lo que encuentran en todas las cocinas: la necesidad de más naturaleza, menos tecnología, ritmos humanos, meditación, corporalidad, presencialidad, relación con los antepasados, sentidos y sentido de la vida, sacralizaciones personales e intransferibles para que algo valga más que el consumismo y la confusión de cada día...
Con un poco de suerte, con un mucho de madurez como especie, con algo de memoria e inteligencia colectiva, sacaremos de ese gigantesco puchero, de ese nuevo potaje de nuestro tiempo, la conclusión de que estamos virando -y lo necesitamos como el comer- hacia creer en nosotros mismos, en estudiarnos y ordenarnos, en responsabilizarnos, en creer por encima de todas las cosas en el ser humano y en la vida.
Dice la letra del nuevo salmo de La Oreja, interpretado por la nueva mujer edredonizada, que "todos estamos bailando la misma canción", que "algo no encaja", que "hay algo más", que "allí donde muere el orgullo hoy nace la fe" ...
Claro, señores orejas, todos estamos vivos y claro que muchas cosas no encajan -sobre todo para los que lo tienen peor- y por supuesto podría haber más, podríamos hacerlo mucho mejor. Pero no, donde muere el orgullo no nace la fe; la fe nace del puro orgullo, de la megalómana idea de creer que somos más grandes que la vida, que merecemos vivir para siempre, que si todavía no lo hemos conseguido con ciencia y tecnología podemos seguir fabulando como en las cavernas con otra vida, con ser eternos, prescindiendo de la humildad y de la valentía de reconocer lo que somos y lo que no, lo que hacemos, lo que hicimos y lo que dejamos en el tintero para los siguientes.
Yo también creo en el alma; es decir, en la esencia en el recuerdo, en lo que podemos dejar aquí cuando nos hayamos ido y también en el alma colectiva, en lo que ya hemos hecho y lo que seríamos capaces de hacer si fabulásemos menos sobre dioses y superpoderes varios y creyéramos más en nosotros mismos.
(Ave Marta, llena eres de gracia…Ave tod@s nosotr@s).
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