Opinión
La distopia de un mundo sin derecho

Por Javier de Lucas
Catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política
-Actualizado a
2026 ha comenzado en shock. O quizá sería más realista decir que continúa la capacidad de shock que ya mostró Trump desde el inicio de su segundo mandato y, correlativamente, la impotencia o la incapacidad de reacción por parte de quienes, contra toda evidencia, siguen considerándose sus socios, con la Unión Europea como primer ejemplo.
Es curiosa la paradoja a la que nos conduce el paradigma "realista" (sería mejor hablar de pragmatismo ralo), al que parecen entregados buena parte de los millares de supuestos "analistas" que nos proponen su interpretación del "momento histórico" que vivimos, en innumerables tertulias y tribunas en medios y en redes. De un lado, acumulan las críticas a la ingenua creencia en un orden internacional basado en reglas y, en un portentoso esfuerzo de investigación, nos descubren a nosotros, como si fuéramos pobres niños ante la historia de los reyes magos, que el derecho no es otra cosa que la ley del más fuerte. De otra parte, con admirable incoherencia, ante la eventualidad de que lo de Venezuela se repita en Groenlandia o en Taiwán, nos animan a resistir al matón, como si eso fuera compatible con lo que nos muestran los hechos, esto es, la peregrinación ante Trump de los supuestos resistentes, convertidos en dóciles vasallos. Una peregrinación que Trump acaba de ridiculizar con su habitual grosería, burlándose de Macron.
Ese sería el precio "realista" para que no nos abandone en la defensa de Ucrania o, al menos, para que conceda una silla a la UE en el espectáculo del tira y afloja que lleva Trump con su compadre Putin. Al menos, el señor Rutte (antaño fustigador intransigente de los perezosos mediterráneos, ¡qué tiempos!) sí ha mostrado coherencia en su realista papel de lameculos.
Hay un pasaje de Plutarco, en su Vidas Paralelas (10,2), cuando compara las de Agesilao y Pompeyo, en el que pone en boca de éste, frente a quienes le critican por su crueldad en Sicilia, una respuesta que parece el lema de Trump: "¿No cesaréis de citarnos leyes, cuando veis que ceñimos espada?". O sea que, además de que la filosofía jurídica y política lleva enredada unos veinticinco siglos, al menos desde los sofistas, en la relación entre derecho y fuerza sobre la que algunos parecen querer ilustrarnos hoy como una novedad, la historia del ejercicio del poder nos ofrece testimonios abrumadores sobre ese tropismo fatal que conduce a quien ejerce el poder a reiterar aquello de Juvenal en sus Satirae (6, 223): hoc volo, sic iubeo: sit pro ratione voluntas, esto es, traducido libremente, "ordeno lo que me place, porque mi voluntad es la mejor razón", que es el sueño húmedo de quien no aspira a otra cosa que mantenerse en el sillón y que Trump acaba de ejemplificar en una entrevista en The New York Times en la que ha dejado claro que su único límite es su propia conciencia ¿moral?
Esta constante sobre la que nos han advertido todos los historiadores, filósofos y científicos sociales que se han acercado con un mínimo de rigor al estudio del poder tiene su antídoto, tal y como fructificó en la modernidad con la crisis del ancien règime. Eso se consiguió gracias al sometimiento del poder a reglas ajenas a su voluntad, esto es, a la invención del Estado de derecho. Un Estado de derecho cuyos límites al poder serán más sólidos en la medida en que estén respaldados por una mayoría social, es decir, un Estado de derecho de carácter democrático. Así, la democracia, apoyada en el Estado de derecho, asegura una paz y equilibrio social basada en tales limitaciones, no sólo frente al poder institucional sino también, al menos tendencialmente, frente a lo que otrora denominamos poderes fácticos que, por su condición, son aún más difíciles de controlar. Por tanto, la democracia apoyada en el Estado de derecho ofrece un estándar básico de igualdad en las libertades y derechos, para todos. Una conquista civilizatoria en la historia del devenir de la humanidad. Una conquista que no está asegurada para siempre, porque asoma la distopía del regreso a un mundo sin Estado de derecho, incluso sin derecho.
Pues bien, frente a esta pugna de los expertos que ambicionan la cátedra de realismo en las relaciones internacionales, creo que hay que poner pie en pared en la vieja receta del derecho. Porque un mundo sin derecho, o basado en la extrapolación del viejo paradigma del derecho de propiedad entendido como privilegio del dominus, un ius utendi, fruendi et abutendi, el que concluye por ejemplo en "la maté porque era mía", en tomar lo que le plazca aquí y allá, en su "zona de influencia" y marcar territorio con sus excrementos, frente a los rivales, es un mundo al que no queremos regresar. Frente a eso, nos queda, como recordaba el otro día Alfons García (cfr. "Un año bárbaro"), la alternativa de optar por la nostalgia, el síndrome Zweig, que conduce al suicidio, o bien apostar por la vieja receta del derecho. Eso sí, de forma coherente.
Entre quienes optan por esta segunda posibilidad y por el viejo remedio del derecho, me ha parecido particularmente divertido el ensayo de Acemoglu en el que el coautor de Cómo mueren las democracias da una vuelta por la crítica a la ineficacia de la ONU y del derecho internacional, para concluir, bajo la invocación a M Walzer, que… ¡hace falta reinventar la ONU y un orden global sujeto a reglas! Como decía, en lugar de tirar al niño con el agua sucia, creo que la receta es más sencilla: tomar en serio los derechos y el derecho mismo. También el derecho internacional construido por la ONU desde 1948.
Porque el problema no es la violación reiterada del derecho internacional, sino la falta de voluntad política de responder con eficacia (con un sistema eficaz de sanciones) a tales violaciones. Recordaré algo que enseñamos en las facultades de Derecho, desde primer curso: que haya millares de violaciones cotidianas de las normas de lo que conocemos como derecho civil y penal no significa que no existan esas normas. Lo importante es que luchemos eficazmente contra esas infracciones.
Lo mismo se debe decir del derecho internacional: el problema no es el derecho internacional, sino la resignación ante la impunidad de su violación. Y esto no se podrá superar hasta que no entendamos que en el derecho interno, como en el internacional, la clave reside en la respuesta que propuso Ihering, La lucha por los derechos, entendida como tarea común y primordial de todos nosotros. El contrato social del que surgen el Estado de derecho y el estándar de igualdad en las libertades, que debemos tratar de extender a todos los seres humanos, no es gratis. Exige de nuestra parte, si nos queremos ciudadanos, una disposición permanente de vigilancia activa, coherente con la concepción democrática según la cual los derechos (incluidos la vivienda, o la paz y un medio ambiente sostenible) y las Constituciones que los enuncian y garantizan no son privilegios otorgados (Cartas magnas) sino bienes primordiales con cuya defensa debemos comprometernos activamente, lo que significa también oponernos a quienes no sólo no los garantizan, sino que lo violan y, encima, en nuestro nombre.
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