Opinión
Dos decretos, una plaza y la clase parasitaria

Por Marga Ferré
Presidenta de Transform Europe
El mismo sábado en el que miles de personas se manifestaron por el derecho a la vivienda e iniciaron la acampada en Sol, otra de signo muy opuesto recorrió las calles de la capital, racismo en alto, contra los migrantes de Ceuta. Lo que me escandalizó no fueron las fotos de Franco ni sus gritos de supremacismo hueco, sino el nombre de la organización convocante: “Sociedad Civil”.
Pretendían la enésima apropiación de un termino que designa el poder popular para vaciarlo de contenido y, posteriormente, llenarlo de otro, esta vez de corte thatcheriano. Me refiero a aquella teoría política que Margaret Thatcher impuso en el Reino Unido en los 80 que pretendía identificar la sociedad con el mercado. Una corrupción del lenguaje que han conseguido con otras palabras maravillosas, como libertad, para degradarla e impedir que sigamos usándola en sentido pleno y disruptivo.
Lo que quiero decir es que de las muchas cosas que la Acampada de Sol está consiguiendo, una de ellas, invisible pero importante, es cimentar las palabras al suelo para impedir que las usurpen. Hoy la sociedad civil está en Sol.
Me parece relevante porque noto que es precisamente este hecho, que la derecha no representa a la sociedad, lo que les incomoda en el debate de la vivienda que el desahucio de Maricarmen ha detonado. Una detonación que, como la caja de Pandora, abre debates indeseados para el capital rentista y para quienes los defienden. Les encantaría seguir estancados en la época de Thatcher y sus teorías del capitalismo popular que pretendía sustituir a la clase trabajadora por una clase de propietarios y accionistas. Para justificarlo, solían recurrir a una metáfora que aún es muy usada por la derecha política y económica: la derecha representa a la sociedad y la izquierda al Estado, que ellos conciben en forma de opuestos irreconciliables. Todo falso, por supuesto, el capitalismo no es popular ni la sociedad son los empresarios, pero durante un tiempo el cuento les funcionó.
Ya no. El debate de la vivienda como un derecho recorre toda Europa y creo que lo hace sobre lo aprendido en las crisis financieras y las burbujas inmobiliarias que las provocaron: si algo nos enseñaron es que el capital rentista es el mejor camino a ninguna parte.
Keynes, que no era precisamente un radical, lo llamaba “economía parasitaria” y llegó a proponer su extinción, en lo que teorizó como “la eutanasia del rentista”. No le malinterpreten, Keynes no proponía eliminar físicamente a los rentistas, sino extinguir económicamente su función social mediante políticas públicas. Esa es la idea. Seguía un argumento económico tan lógico entonces (años 30) como hoy olvidado, y es que los que ganan dinero a través de la renta de otros, cobrando alquileres o intereses (los que conforman la economía parasitaria) no aportan nada al desarrollo productivo de un país, ni a la creación de empleo. Son, de hecho, un freno a la modernización.
Es un argumento más a sumar a los brillantes y abundantes usados esta semana para defender que la vivienda es un derecho y un bien de uso, y es que la clase rentista no solo no genera ningún tipo de desarrollo, sino que lo frena, lo impide, e incluso genera crisis, como toda especulación. Los economistas lo llaman “la trampa del rentismo”.
He hecho mis cuentas sobre esa trampa. Tengo 58 años y desde que tengo 20 he pagado la mitad de mi salario a los distintos caseros que en mi vida he tenido por alquilar una casa en la que vivir. Como mucha gente. Es decir, que la mitad del dinero que he ganado trabajando ha acabado en la cuenta bancaria de alguien que no hace nada, que no produce nada y que recibe el dinero fruto de mi trabajo sin mover un dedo. Supongo que eso se refería Keynes con la definición de parásito.
A mis ojos, la lucha que hemos visto estos días dentro del Consejo de ministros y que veremos en el Parlamento este viernes escenifica más de lo que pudiera parecer. Uno de los argumentos que, imagino, usa el sector del PSOE que se opone a las reformas es que en España hay muchas personas trabajadoras que también alquilan una casa, usando nuevamente a la clase trabajadora para justificar políticas que solo favorecen al capital rentista. Que no nos engañen, el rentismo es un sistema que solo beneficia al capital.
Por eso es tan importante lo que está ocurriendo y por eso celebro cada victoria, incluso las parciales, consciente como soy de lo difícil que es conseguir victorias totales; las valoro como pasos conquistados en la dirección correcta y para seguir andando con más fuerza; lo hago porque creo, firmemente, que hacerlo cambia el sentido común de época y vuelve a llenar de contenido a las palabras robadas.
Si algo demuestra esta lucha es que la sociedad civil no son ni los rentistas ni los racistas. Si algo se ha vuelto a hacer visible es que “las viviendas son para vivir, no para especular” y que estas palabras esbozan un tipo de sociedad en la que la renta de los trabajadores y las trabajadoras no sea usurpada. Perdón por ponerme clásica, pero es que es pura lucha de clases. El hecho de que haya dos decretos es el síntoma de esta lucha y se volverá a escenificar este viernes en el Parlamento.
Sigamos empujando. La lucha sirve.

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