Opinión
El duelo

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
En estos últimos meses pienso bastante a menudo en la muerte. No en la propia, que es una realidad que tengo asumida desde que era pequeña -aunque espero que suceda en un futuro muy lejano-, sino en la de la gente a la que amo. Y es algo que me aterra. Hasta el punto de que me tiene en vela muchas noches. Porque esto de cumplir años tendrá sus ventajas, por lo menos las tiene en mi caso, ya que el tiempo y las experiencias me han ayudado a dominar y domar algunos rasgos de mi carácter que solían meterme en líos cuando era más joven, es decir: que ahora por fin aprendí a tener la boca cerrada cuando me interesa. Pero hacerse mayor también es una mierda. Porque la gente a tu alrededor también se va haciendo más vieja. Y de repente te das cuenta de que quienes hace apenas unos años eran unos de los grandes pilares de tu vida, personas a las que recurrías buscando refugio o ayuda, ahora se están volviendo cada vez más vulnerables y dependientes. Y eso duele. Y mucho.
Aunque tengas, por tanto, asumida la verdad inevitable de que a lo largo de la vida irás perdiendo a gente querida, lo cierto es que cada vez que esto sucede el golpe es invariablemente igual de duro, igual de terrible e igual de doloroso. Y nunca más volverás a ser la misma persona que eras antes. Pues cada vez que perdemos a alguien, que tenemos que despedirnos para siempre de él o de ella, el que se va nos deja un vacío, un espacio en blanco que nada ni nadie volverá a llenar. Nuestra vida se convierte así en un libro con capítulos inacabados, un libro que sin embargo tenemos que seguir escribiendo pues también está lleno de giros de guion maravillosos.
Y si la muerte asumida de los seres amados nos deja en shock, vacíos y destrozados, cuando llega sin esperarla el golpe puede llegar a ser insoportable. Y así un día te levantas de la cama y comienzas con tu rutina habitual, como si ese día fuera una repetición -tediosa- de otros muchos días exactamente iguales y anodinos, esos días en los que crees que lo peor que te puede pasar es que se te caiga en el baño la crema de la cara y que lo dejes todo perdido en un segundo, justo cuando más prisa tienes. Y ahí estás, quejándote de tu torpeza mientras limpias el suelo y calculas los euros que te ha costado la broma. O maldices al universo porque resulta que el día anterior se había hecho la compra de la semana pero nadie se acordó de meter el paquete de café en el carrito, y ahora tienes que salir al mundo sin tu dosis de cafeína. O discutes tontamente con tu pareja por cualquier estupidez que se os olvidará a la media hora. O tu gata se ha vuelto a esconder detrás de la lavadora y, después de conseguir sacarla de ahí sobornándola con churus, ahora te toca bañarla. Que maldita la gracia. Pero entonces suena el teléfono o enciendes el televisor y todo queda en suspenso.
Que la muerte nos iguala es algo más que un tropo moralista. Porque todos nosotros vamos a morir algún día, y además da igual que seamos ricos, pobres, feos, guapos, buenas personas o unos seres miserables. Pero desde el Papa de Roma hasta el más humilde y olvidado de los seres humildes y olvidados que pululamos de forma anónima por el mundo también vamos a tener que experimentar el luto por los seres queridos. Porque perderemos gente en este viaje que llamamos vivir. Y a veces esto sucederá de forma repentina, injusta, inesperada.
Llegará por tanto el duelo. Y ya nada más importará. Ni el trabajo, ni el resto de las preocupaciones cotidianas que nos parecían tan importantes y que ahora se ven como una estupidez. Todo quedará en suspenso. Y solo habrá dolor. Confusión. Enfado. Y cada uno vivirá además ese duelo a su manera: habrá quienes no quieran hablar y solo acariciar a su perro y a su gata y dejarse arrullar por el sonido tranquilizador de su respiración hasta olvidarse de todo, otros no podrán dejar de hablar y recordar, o solo lograrán hallar algo de desahogo en las lágrimas. O pasarán por todas las etapas del luto: el llanto, la palabra, la ira, la aceptación y el silencio. Pero si tienen suerte no lo harán solos. Porque tendrán junto a ellos a otras personas dispuestas a escucharlos cuando lo necesiten, a darles la mano, a acariciarles la mejilla, con el paquete de clínex siempre a punto, y que les recordarán que tienen que comer, que no se olviden de beber y que se harán cargo de las obligaciones burocráticas que no nos abandonan ni en la muerte.
Por eso mismo el duelo ha de entenderse como el acto de cuidado supremo. Como la mayor muestra de amor que podemos tener hacia los demás. Porque en el duelo se acompaña y se protege a quienes en esos momentos el dolor y el trauma les impide funcionar con normalidad. Durante el duelo se tejen lazos de hermandad a través del dolor, pero también gracias al cariño. Tenemos, por tanto, la responsabilidad social, y por tanto política y moral, de no aprovecharnos de los duelos de los demás, y por tanto del dolor, la pena, la incredulidad, el desconcierto y el enfado de quienes han perdido a quienes amaban de una forma inesperada, brutal e injusta. Porque el duelo colectivo nos exige a toda la sociedad altura de miras y, sobre todo, altura moral y responsabilidad ciudadana. Porque es el momento de mantener la cabeza fría. Porque ahora es cuando nos toca cuidar. Proteger. Amar.
Sin embargo, cuando ocurre una tragedia como la de Urda, cuando el dolor de muchos se convierte también en el duelo de todos, nos encontramos ante el complicado desafío de respetar el luto pero también de investigar lo sucedido y exigir responsabilidades. Y es en esos momentos cuando podemos medir la madurez y el compromiso de una sociedad con el bien común y con el dolor ajeno. Porque pedir responsabilidades y abrir debates que son tan necesarios como centrales para definir qué tipo de sociedad y en qué clase de país queremos vivir, debe hacerse siempre desde la racionalidad y con la mayor de las sensibilidades. Porque tenemos la obligación de recordar, e insistir, que liberalizar –que no es otra cosa que privatizar, esto es, entregar lo de todos al mejor postor para que lo explote, se enriquezca y nos arroje las sobras una vez que lo ha dejado seco- servicios que son esenciales como el ferroviario es una irresponsabilidad. La receta perfecta para que se repitan tragedias como la de Urda que podrían haberse evitado. Lecciones que además a estas alturas deberíamos llevar ya aprendidas de serie, pues tenemos los ejemplos de otros países que se arrojaron antes que nosotros de forma insensata en los brazos de la teología neoliberal y que lo han pagado muy caro, sobre todo en vidas. Sobre todo en duelos.
Pero una vez más, y sin mostrar ni el más mínimo respeto ni pudor por el dolor ajeno y el decoro que exige el duelo, las derechas nacionales han salido de nuevo en tromba con el único objetivo de intentar sacar provecho político y electoral del luto, de la angustia y del enfado de los que lloran a sus muertos y exigen, con razón, saber qué ha pasado. Lo han hecho para azuzar la polarización, pero sobre todo para violentar y tratar de arañar ese poder que se les escapa de entre los dedos y que entienden que les pertenece por derecho divino. Y en ese erial de infamia moral y verbal en el que se han convertido las redes sociales -especialmente en períodos electorales por obra y gracia de sus amos y señores- hemos visto cómo algunos festejan y celebran esta tragedia sin disimulo. Buitres sin corazón y sin la más básica empatía ni compás moral.
Por eso, aunque ahora mismo nuestra prioridad como sociedad es respetar el duelo y, por tanto, cuidar y proteger a quienes están sufriendo, no podemos tampoco descuidar nuestra obligación de exigir que se aclaren las causas del accidente y que se asuman responsabilidades, pero eso no significa que vayamos a olvidar que hay quienes están celebrando esta tragedia porque piensan que, gracias a ella, pueden ganar unas elecciones.


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