Opinión
Empatía, convivencia… tabaco

Directora corporativa y de Relaciones institucionales.
-Actualizado a
Coincidiendo con el Día Mundial Sin Tabaco, que se celebra todos los 31 de mayo, Sanidad ha anunciado el sprint final de la ley antitabaco, aunque no se han concretado las fechas en las que el texto irá al Consejo de Ministros ni pasará el trámite parlamentario, cuyo debate se prevé intenso. Como en la calle. La ministra Mónica García anunció la semana pasada que, si la ley que tiene prevista sale adelante, en España estará prohibido fumar en terrazas, vehículos de trabajo, campus universitarios, fiestas al aire libre o marquesinas, abriendo un debate que, aunque parecía cerrado con la prohibición de fumar en el interior de los puestos de trabajo, lugares de ocio o instalaciones públicas, se ha reactivado por la idea de prohibir al aire libre y por el avance en las nuevas formas de consumo de tabaco, sean con o sin nicotina, y con las que el Gobierno prefiere hacer un totum revolutum sin información precisa al ciudadano/a ni estudios científicos propios, algo que sí hacen otros países y exponen públicamente en sus webs, desde EEUU hasta Francia pasando por Reino Unido.
La Unión Europea, en general, recomienda a sus países que se prohíba fumar en las terrazas de los bares y locales de ocio, pero sólo Suecia lo tiene totalmente prohibido, con restricciones parciales en Letonia, Lituania o España. Lo del Gobierno sueco, es verdad, tiene poco mérito: ni Suecia es un lugar con cultura exterior de terraceo, como Italia, Grecia, Portugal o España, ni las instituciones del país nórdico sitúan al mismo nivel el consumo de cigarrillos de combustión -la peor de las opciones entre todas las opciones, nunca recomendables per se al tratarse de sustancias adictivas- que cada una de las otras opciones: cigarrillos electrónicos, tabaco calentado, vapers, bolsas de nicotina… Estas últimas, de hecho, son la forma de consumo de tabaco o nicotina favoritas entre los y las suecas, cuya política de reducción de daños ha llevado al país a la tasa de tabaquismo más baja de la UE, en torno al 5%, convirtiéndose en el primer país de la Unión libre de humo. Suecia ha apostado por cercar al cigarrillo tradicional, el de combustión, y aceptar las alternativas, informando puntualmente a la población fumadora de los riesgos de cada una de ellas. Y, por descontado, prohibiendo a los menores su consumo, eso siempre y en todas partes: los menores no están invitados al debate sobre las formas de consumo de sustancias adictivas y ahí es donde deberían centrarse los esfuerzos de las instituciones junto con la información y la educación. Nada nuevo en la teoría de las democracias liberales.
Es de sentido común -o lo parece- que un fumador mire a su alrededor y pregunte, incluso, antes de encender el cigarrillo, particularmente, si está en la terraza de un bar, es de pura lógica y de un mínimo de cortesía, parece mentira que haya que plantearse hacer una ley con esto y dice muy poco de España como país -probablemente, el país del terraceo por excelencia- que esto salga adelante. "La libertad de una termina donde empieza la del otro", es el concepto ilustrado que cobra más sentido que nunca en la idea liberal y justa del espacio colectivo: si a ti te molesta o daña el humo de mi cigarrillo, yo no lo enciendo a tu lado. O me abstengo o me voy a fumar fuera, de primero de civilización. También sería, de hecho, de primero de políticas públicas de bienestar que, mientras estoy en una terraza de la Gran Vía de Madrid, no pasara un camión de reparto echándome el humo encima, al nivel dañino de miles de cigarrillos de combustión. Me temo, no obstante, que para que eso no pase, falta mucho tiempo -y voluntad política- y no vamos a demonizar al repartidor que no se compra un camión eléctrico a estas alturas del mercado, aranceles trumpistas incluidos.
La opción prohibicionista, como siempre hemos mantenido en estas páginas, ni es la opción más realista ni es la más eficaz, particularmente, en el consumo de sustancias adictivas, incluida la nicotina. Y de ésta, particularmente, en España, un país con un estilo de vida muy particular y disfrutón, aún consciente de los riesgos. Prohibirlo todo porque todo hace daño, aunque sea una manipulación palmaria porque hay grados -y muchos- nos lleva siempre al recuerdo de esa ley seca estadounidense del siglo XX, cuando el contrabando, la mafia o el mercado negro hicieron su agosto mientras los adictos eran tratados en su mayoría como marginados y condenados a la calle, a la reclusión total o al inframundo carcelario hasta su muerte agónica. Tratar a los y las adultas como menores -y no situar a estos en el centro- sólo nos lleva a pataletas, incomprensión y malestar social, a debates inútiles como el que abre el camionero que se pronuncia desesperado en una emisora de radio porque lo de no poder fumar en un camión con el que recorre él solo cientos de kilómetros, durante días y en unas condiciones más que duras, solo le produce frustración y un cabreo inmenso. Lo de ponerse en su lugar y tal.
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