Opinión
Enseñar el duelo

Periodista
Escribo desde el tren. Viajo en tren cinco días a la semana, para ir y venir del trabajo y, como muchos usuarios, estos días convivo peor con los vaivenes, el traqueteo, y el desasosiego que genera quedarse parados en medio de la nada y a expensas de voluntades desconocidas. En mi caso, con la particularidad de que paso por la curva de Angrois en cada trayecto. En este tren muchos nos conocemos y todo el mundo tiene muy presente el desastre de Adamuz y el que ocurrió sobre estas mismas vías hace poco más de una década: se habla de una y otra tragedia en el andén y, desde hace unos días, nos miramos compasivamente mientras apretamos el reposabrazos cuando somos engullidos por un túnel a más de 200 kilómetros por hora. A la vuelta, me toca coger el regional Santiago-Pontevedra y observo cómo una señora a mi derecha se echa la mano al pecho después de varios frenazos. Está a punto de echarse a llorar. Siento deseos de darle la mano y calmarla. No lo hago.
El lunes, cuando llego a casa atragantada con la noticia de la niña que ha perdido a toda su familia en el accidente, me siento con mi hija en el sofá. En un programa de la tele salen en bucle las mismas imágenes de los trenes accidentados que habían salido en el programa en el que trabajo yo unas horas antes. Instintivamente, cambio de canal e instauro una censura informativa impropia de mí, que hace tiempo le expliqué qué estaba pasando en Gaza sin ahorrarme los miles de muertos. Pude explicarle un genocidio pero no sé explicarle la fatal casualidad de un accidente de tren. La distancia emocional, supongo.
Cuando mi hija cumplió cuatro años se obsesionó con la muerte, nos hizo muchas preguntas y buscó respuestas desesperadamente. Preguntó si ella se moriría, preguntó si su padre y yo moriríamos, y yo recurrí a metáforas, busqué ayuda en libros de la biblioteca que mostraban a animalitos que descansaban sobre la nieve en la que después crecería un hermoso árbol, y finalmente usé la fórmula clásica: todos nos vamos a morir de viejecitos (muy viejecitos) y los niños y las niñas no se mueren, salvo desgracia extrema. En nuestro mundo de yupi no existen las enfermedades letales ni los accidentes cerebrovasculares, tampoco se producen accidentes de tráfico ni, mucho menos, de tren. En nuestro mundo de yupi las guerras siempre ocurren lejos.
Educamos a nuestros hijos pensando en que todo estará bien, pero obviamente eso es una mentira piadosa. Supongo que es lo que hay que hacer, levantarse y acostarse pensando que mamá y papá van a estar siempre y que a ellos nunca les pasará nada. Porque después de lo innombrable, que es la pérdida de un hijo, está nuestra propia finitud, y asusta tanto contarles a nuestros hijos que sus padres no son inmortales que nos quedamos sin palabras. Enmudecemos ante la posibilidad real de no poder cuidarlos.
Recuerdo la primera vez que fui a un tanatorio. Y la segunda. A ambas me llevó mi madre obligada cuando apenas tenía 14 años. En los pueblos de Galicia las cosas iban así hasta hace muy poco. La primera vez que vi a una persona fallecida era el padre de una vecina que tenía mi misma edad y, la segunda, era otra vecina jovencísima que había muerto en un accidente de tráfico al lado de nuestra casa. Vi a una hija y vi a una madre tiradas sobre el cuerpo inerte de su padre y su hija. Y me quedé allí plantada, respetuosa, asistiendo al enorme pesar que me rodeaba y a la oportunidad de compartirlo y de llorarlo en tribu. Después, vino mi abuela, demasiado joven, velada también en el salón de su casa. Ninguno de esos momentos supuso un trauma, pero sé que dejé de rezarle al niño Jesús para que mis padres no se muriesen. Sabía que si podían morir los padres y las hijas de familias que vivían a pocos metros, también nos podía pasar a nosotros. Entonces se hizo más importante disfrutar de la vida, desear que me quisiesen incondicionalmente, que me cuidasen siempre. Echar raíces que me sostuviesen incluso en la ausencia. Ahora ese es mi principal objetivo como madre.
No creo que los niños tengan que ver noticias de tragedias o de catástrofes, pero sí creo que nos estamos quedando sin herramientas y rituales para educar en el duelo, y que tenemos que dejar de esconder la muerte debajo de la alfombra en la que todos, antes o después, nos caemos.
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