Opinión
Porque yo no era comunista

Periodista
No se me ocurre mejor ocasión para desempolvar la socorrida frasecita de Martin Niemöller, el ritornelo que el pastor luterano dirigió contra aquellos que le habían reído las gracias al nazismo, empezando por sí mismo. Primero vinieron a por los comunistas, pero yo pasé del tema porque no era comunista y uno no debe meterse en fregados ajenos. Después vinieron a por los judíos y a por los sindicalistas y a por todo el que se pusiera delante hasta que por fin me tocó a mí. Por listo. El que avisa no es traidor, viene a decir Niemöller desde las catacumbas de la posteridad.
La admonición vale igual para un roto que para un descosido. Sirve, por ejemplo, para prevenirnos contra el regreso de un neofascismo banal vestido de traje y corbata. La normalización del odio racial siempre es mucho más digerible cuando llega disfrazada de gracieta ramplona, verbigracia, una columna futbolera firmada por un tal M. Rajoy en un digital católico. ¿Qué pensaría Martin Niemöller del diario ABC, que lleva años minimizando la violencia inmobiliaria y ha terminado con uno de sus reporteros agredido por un desokupa en Sevilla? Primero vinieron a por los inquilinos, pero yo me hice el longuis y los llamé perroflautas.
Ahora pongamos a Niemöller ante las delicias del lawfare y el trile del Estado profundo. El otro día, el juez Peinado sugería sin pruebas que Begoña Gómez tal vez había quebrantado las medidas cautelares impuestas. Acto seguido, la Audiencia Provincial de Badajoz condenó a David Sánchez con una sentencia ajustada a los cánones de la mejor literatura de ciencia-ficción. La esposa y el hermano del presidente llevados a la picota del escarnio público con argumentos tan sospechosos como endebles. Cunde la sensación de barra libre y ni siquiera el propio Pedro Sánchez encuentra motivos para sentirse a salvo.
El PSOE ha empezado a asumir que un sector de la judicatura tiene más interés en hacer política que en impartir justicia. La portavoz del Gobierno, Elma Saiz, confía en que David Sánchez pueda demostrar su inocencia en instancias superiores. Es una forma sutil de admitir su desconfianza en las instancias inferiores que lo han condenado. Óscar Puente, que nunca fue un amante de las sutilezas, ha preferido ubicar la sentencia dentro de una estrategia más amplia contra el Ejecutivo de Sánchez. En fin, que Feijóo y Abascal están intentando ganar en los tribunales lo que son incapaces de ganar en las urnas.
A buenas horas, mangas verdes. El PSOE ha tenido que empezar a sufrir en carne propia lo que otros sectores políticos y sociales llevan padeciendo desde los primeros balbuceos de la democracia. Hace una eternidad que la Justicia se ceba contra anarquistas, comunistas e independentistas sin que haya cundido un gran escándalo. Cada vez que los togados se excedían, Ferraz no solo no ponía sus barbas a remojar sino que se acogía por defecto a los viejos sonsonetes institucionales. Acatamos. Respetamos. Esa "confianza en la Justicia" a la que aún apela Saiz está ya por los suelos. Enhorabuena a los premiados.
Dibujar la genealogía del lawfare en España resulta una tarea ímproba. En la hemeroteca quedan, no obstante, algunos casos recientes de nefasta memoria. Recuerdo los procesos contra Valtònyc, Pablo Hásel y los raperos de La Insurgencia. Recuerdo a los tuiteros de la Operación Araña y a los artistas de Títeres Desde Abajo. A los anarquistas de la Operación Pandora, la Operación Piñata y la Operación Ice. A los ciudadanos vascos que han impulsado un amplio repertorio de condenas de Estrasburgo contra España. A los CDR y las causas amnistiadas del procés. ¿La Operación Catalunya? Era bromi. ¿La guerra sucia contra Podemos? Ups, se nos fue la mano.
El PSOE, por entonces, miraba la escabechina como las vacas al Talgo. Ahora, bajo el oráculo fanfarrón de Miguel Ángel Rodríguez, los jueces de aquí y acullá están reduciendo a fosfatina la maltrecha reputación del Gobierno. Nadie con memoria puede sostener que la familia socialista es ajena a la corrupción política. Sin embargo, hace falta una ingenuidad casi infantil para seguir creyendo a estas alturas en la inmaculada pulcritud de la UCO, la UDEF y la judicatura. Controlaremos la Sala Segunda desde detrás, escribía Ignacio Cosidó. Aquí cada cual mueve sus fichas y a Sánchez le mueven hasta el tablero.
¿Ha espabilado el presidente? ¿Ha asumido que nuestro régimen democrático arrastra un reumatismo crónico desde los tiempos de la Transición? Yo diría que no. Niemöller diría que nein. Cuatro años después de que estallara el affaire Pegasus, el CNI ha confesado que interceptó las comunicaciones de David Fernàndez. En teoría, el periodista y militante de la CUP no tenía abierta ninguna causa en su contra ni fue procesado por los hechos supuestos que justificaron el espionaje. Según el Gobierno, las escuchas se ajustaron a la legalidad, ya que fueron autorizadas por el Tribunal Supremo. Uno de esos tribunales intachables y ajenos a todo sesgo político, se entiende.
El cerco se estrecha: el fiscal general, un ministro, una esposa, un hermano. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que sus señorías imputen al presidente? A Sánchez no le quedan muchas más salidas que rezar para que el entremés mundialista desplace por unos días el foco de la tormenta. Siempre tendrá la opción, por supuesto, de aparecer ante el votante como un mártir del lado oscuro de la Fuerza. Lo cierto es que las víctimas despiertan la empatía de las masas. Otras víctimas más veteranas, sin embargo, podrían citarle a Niemöller. O peor aún, podrían tararearle un viejo hit de El Último de la Fila. ¿Dónde estabas entonces, cuando tanto te necesité?


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