Opinión
Una erótica feminista para 2026

Por Noelia Adánez
Coordinadora de Opinión.
-Actualizado a
Entre 1944 y 1945 el director de origen austríaco Fritz Lang rodó dos películas contando con prácticamente el mismo elenco de actores y actrices. Hablamos de los años anteriores al endurecimiento del Código Hays y, sobre todo, de una época en la que los personajes femeninos en Hollywood no están aún sometidos a las constricciones que surgen ya en los años cincuenta, cuando aparece un modelo de mujer que ha dejado atrás algunas de las libertades a las que ha accedido en las décadas anteriores, especialmente gracias a ocupar puestos de trabajo durante los años de la guerra.
Las películas de los veinte y los treinta en las que una imponente Joan Crawford o una misteriosa y ambigua Marlene Dietrich se descocaban y mostraba sofisticación y determinación a espuertas fueron desapareciendo y, en su lugar, surgieron otros modelos de feminidad representados en personajes mucho más recatados y contenidos.
Las mujeres de los cincuenta, reintegradas a la vida doméstica, afectadas por lo que Betty Friedan llamó "el malestar que no tiene nombre", sufrieron la soledad y el aislamiento, la patologización y la angustia que acompañan al confinamiento. Detrás de la imagen pastel del ama de casa que hoy reivindican las "tradwiwes" hubo frustración, sumisión, sufrimiento psíquico y toneladas de violencia.
Al filo de terminar la segunda guerra mundial, en pleno auge además de las narrativas psicoanalíticas aplicadas de un modo especialmente exitoso al género noir, Lang se tomó una licencia. Dos películas consecutivas con los mismos actores e historias paralelas. La mujer del cuadro y Perversidad están protagonizadas por Edward G. Robinson y Joan Bennett. En ambos filmes ella es una femme fatale distinta de las del cine de los años veinte y treinta. Sus personajes ya no poseen frescura ni descaro, ya no se trata de mujeres que aspiran a ser libres, sino de mujeres sometidas a la dictadura del amor romántico o de la necesidad económica, esclavas de hombres indiferentes o malvados. Robinson encarna en los dos filmes a un tipo infeliz, un ser humano frustrado, presa fácil de los engaños y las manipulaciones de una mujer poco convencional cuya belleza, por si cupieran las dudas, se acredita en sendos cuadros.
Precisamente en La mujer del cuadro, Robinson es un personaje triste que despierta compasión, un don nadie a la deriva, un pintor amateur dominado por una esposa que le desprecia y desdeña sus aficiones y su trabajo. En Perversidad Robinson es un académico, un individuo de una clase social acomodada en plena crisis de los cuarenta. En ambas películas Bennett encarna a una mujer resolutiva, ambiciosa y cruel. Una criatura inmoral dispuesta a todo a cambio de hacerse valer, de adquirir una importancia que por sí misma no tiene, de adoptar una identidad que le de notoriedad y la haga interesante más allá de su apariencia.
Bennett es, en realidad, el instrumento a través del que Lang pone en funcionamiento un deseo, claramente libidinoso, de hablar de la crueldad. Que las mujeres representen la crueldad es algo muy habitual que no nos causa ninguna sorpresa, pero este meditado experimento de Lang sobre la crueldad como un rasgo quintaesencialmente femenino resulta sorprendente si tenemos en cuenta que se rueda en los años finales de la segunda guerra mundial. Podemos pensar que precisamente porque la realidad es inefable, el cine busca el modo de distraer, de propiciar que el público se evada, deje volar su imaginación y suspenda su conciencia. Pero ¿vinculando de un modo tan burdo la crueldad a la feminidad justo cuando las mujeres han demostrado una tremenda generosidad contribuyendo desde las fábricas a sostener el esfuerzo bélico?; ¿justo cuando la crueldad se presenta en forma de violencia sistémica en un contexto de guerra?
Tal vez esas películas suponen un ejercicio de resignificación de la crueldad en un momento en el que la realidad retrata un tipo de barbarie tan intolerable que ni siquiera parece legítimo o si quiera posible experimentar con la erótica. Pero la erótica no obedece a reglas, suele conectarnos con otro tipo de fuerzas, de pulsiones. La erótica es incomprensible y contradictoria; es, como la sexualidad, un misterio saturado de humanidad.
Ahora que de un modo tan evidente el mundo social se sostiene sobre una forma perfecta de crueldad que viene consistiendo en la falta inducida y organizada de empatía, me pregunto qué lugar podemos darle a la imaginación y al goce las mujeres feministas que estamos dispuestas a jugar pero no a aceptar las desigualdades ni el poder de los hombres como condición para hacerlo. Sé que 2026 no pinta bien en ningún sentido pero, al menos, podemos concedernos la posibilidad de que sea un año para buscar una erótica que no solo de rienda suelta al deseo, sino también a nuestra aspiración de autonomía, condición indispensable para cuidar, amar y hacer política.
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