Opinión
Escabeche nacional

Por Joan Losa
Periodista
-Actualizado a
Se conocieron en un curso de escabeches. Al salir, fingieron no tener prisa y hablaron largo y tendido de las bondades del puerro escabechado, su tímido dulzor, la importancia de un buen aceite y el corte adecuado. Él se mostró partidario de trabajar el puerro en juliana, alegando una mayor integración con el escabeche; ella, en cambio, se inclinó por las rodajas, que —según dijo— aportaban una textura más definida al conjunto. Buscaban, en realidad, escenificar un falso antagonismo que les permitiese mantener viva una conversación que, por lo que fuere, les resultaba agradable.
Siguieron charlando en un bar cercano. Sin abandonar el escabeche como hilo conductor, lo convirtieron en pretexto para hablar de sí mismos. "Hay relaciones que, si no reposan, se echan a perder", decía él. "Otras, si reposan demasiado, caen en el olvido", contraponía ella. Escucharles resultaba ciertamente embarazoso. El caso es que una cosa llevó a la otra y ambos convinieron, tras un beso frugal, en que lo más razonable sería pasar la noche juntos. Fue, no cabe duda, una velada placentera para ambos. Tanto es así que decidieron ensanchar la conversación y exceder, por fin, los límites temáticos del escabeche, por lo que comenzaron a hablar de todo o casi todo, sentando las bases de lo que viene siendo una relación de pareja.
La convivencia les reportó momentos de indudable dicha, algún que otro desencuentro, y nuevas aventuras culinarias. Juntos exploraron técnicas de conservación como el marinado o el adobo. Ella compartió con él su interés por la mitología griega y los aminoácidos; él, por su parte, se reveló ante ella como un patriota convencido, un entusiasta del concepto nación y muy en particular de la nación española, cuya grandeza, le vino a decir en una ocasión, no cabía en mapas ni en discursos. Le habló con orgullo de la dinastía de los Trastámara, del Cid Campeador y de las gestas de Cortés y Pizarro, también de Juan José Padilla —el torero del parche en el ojo— y del Real Madrid y sus noches de Champions.
El fervor patriótico le iluminaba el rostro al hablar, y ella, atenta como estaba a sus devociones, pensó que sería una buena idea regalarle, con motivo de su primer aniversario, un test de ascendencia genética. Así, se dijo, legitimaría por medios científicos esa pulsión de identidad que le hacía vibrar por dentro. Los resultados, sin embargo, arrojaron unos datos muy poco patriotas. El 78% de su perfil genético remitía al norte de África, presentando marcadores compatibles con el flujo histórico magrebí en el Mediterráneo occidental; un 15% quedaba adscrito al noreste de la península (valle del Ebro-Cataluña interior); y únicamente el 7% restante se atribuía a su venerada Iberia central, reducto moral de pureza incuestionable.
El informe causó mella en él. La caída en picado de su autoestima mermó de forma muy considerable su desempeño en la cama y la pareja se resintió. Un día, en plena crisis, irrumpió en las instalaciones de la clínica genética, origen de sus desvelos, entre amenazas y aspavientos. Allí le atendió un señor de bata blanca que le explicó la fiabilidad de sus protocolos y que, ante la hostilidad del sujeto, le ofreció un upgrade gratuito —todavía en fase beta—, desarrollado en colaboración con la compañía de inteligencia artificial OpenAI, gracias al cual habían conseguido no sólo determinar los marcadores genéticos predominantes, sino también categorías conductuales, culturales e incluso morales.
Descubrió así que tenía un 3% de tendencia al bandolerismo, un 9% de propensión golpista y un 7% de sensibilidad al laurel. Le complació, eso sí, conocer de primera mano sus elevadas aptitudes (en torno al 20%) para los instrumentos de viento, las danzas populares (17%) y la repostería francesa (14%). Aquellos férreos posicionamientos de antaño, motivados por su anhelo de pureza, acabaron por diluirse al asumir, no sin cierta dificultad, que la identidad no es tanto un lugar como un intervalo. Ahora toca el fagot en la banda municipal y sus madalenas à la crochette son muy valoradas en todo el barrio. Ella sigue a su lado.
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