Opinión
De Facha Caída

Periodista
Bajan las aguas turbias en los cauces de la política neotrumpista. La derecha montuna, que hasta ahora navegaba viento en popa a toda vela, empieza a resquebrajarse entre noticias bélicas y amenazas de recesión. Maldita sea la hora en que al Führer naranja le dio por bombardear Teherán. Resulta que el Gobierno iraní no solo era poco amigo de los misiles extranjeros sino que además podía devolver la jugada lanzando pepinos a diestro y siniestro y clausurando el estrecho de Ormuz. Cómo íbamos a imaginar que crecerían los precios del petróleo y que la gente de a pie empezaría a ponerse de morros.
Que se lo pregunten a Giorgia Meloni. Allá por 2022, la duchessa de Fratelli d'Italia sorprendió a propios y extraños durante un mitin de Vox celebrado en Marbella. Aún ni siquiera era presidenta del Consejo de Ministros de Italia. Con gritos de endemoniada, invocando la protección de la cruz y las fronteras, Meloni hizo las delicias de un público envuelto en parafernalia rojigualda y lanzó un grito final de aliento para la candidata: "¡Viva Macarena Olona, presidenta de Andalucía!". La actualidad es tan cambiante y las purgas de Vox tan terminantes que aquel episodio parece ya cosa de la prehistoria.
El ascenso de Meloni fue supersónico. En ausencia de una oposición a su altura, la dirigente posfascista gobernó con aparente placidez y una engañosa sensación de que su imperio duraría para siempre. Ursula von der Leyen le doraba la píldora. Donald Trump le concedía audiencias en Mar-a-Lago. Ebria de poder, Meloni creyó que podía malear la Constitución para ejercer el control sobre la magistratura. Las urnas le dijeron nanay y lo que parecía una mera consulta constitucional ha terminado interpretándose como un plebiscito sobre la continuidad del trumpismo en el país. "Italia no está en guerra", juraba Meloni en plena campaña. Los precios del carburante la contradicen.
Mientras Italia votaba en referéndum, Francia cerraba la segunda vuelta de las elecciones locales. El lepenismo, que se las prometía muy felices, apenas puede presumir de haber conquistado la alcaldía de Niza. E incluso esa pírrica victoria debe ponerse entre comillas, pues Éric Ciotti ni siquiera es dirigente numerario de Rassemblement National. Aunque la ultraderecha no se descalabra, su resultado suena a premio de consolación si lo comparamos con el saldo abrumador de las elecciones europeas. Toda la prensa subraya que RN ha tropezado con el muro de las grandes ciudades y defrauda sus propias expectativas en plazas fuertes como Marsella, Toulon o Nîmes.
El mismo fin de semana, Eslovenia celebraba sus comicios parlamentarios entre sospechas de injerencias foráneas. El periodista Borut Mekina sugiere que el SDS del trumpista Janez Janša pudo haber contratado a la empresa israelí de espionaje Black Cube para que filtrara vídeos y audios comprometedores del Gobierno. Da la casualidad de que el primer ministro Robert Golob venía de suspender el comercio de armamento con Israel y había tachado a Benjamín Netanyahu de persona non grata. Finalmente, el Gibanje Svoboda de Golob se ha alzado como primera fuerza pero Janša amenaza con formar gobierno al frente de una coalición derechista.
Dinamarca, por su parte, celebró el martes pasado sus elecciones generales. Mette Frederiksen contuvo el desgaste y fue la candidata más votada tras una legislatura marcada por la gresca sobre Groenlandia. Los Socialdemokraterne, que venían de perder Copenhague por primera vez en más de un siglo, toman aliento gracias al antagonismo contra Donald Trump. Es verdad que la ultraderecha crece casi tres puntos, pero también es cierto que sus dirigentes han tenido que abjurar de sus simpatías trumpistas. En un instante de gran viralidad, el ultra Anders Vistisen aprovechó su tribuna en el Parlamento europeo para mandar a la mierda al presidente estadounidense: "Mr. Trump: fuck off".
En vísperas de los comicios franceses y eslovenos, una inmensa muchedumbre protestaba en Praga contra el gobierno del oligarca Andrej Babiš. La plataforma Milion Chvilek acusa a los ultraconservadores de poner en riesgo la independencia de los medios públicos y llevar a la República Checa hacia las posiciones de Hungría. Muy recientemente, The Washington Post acusaba a Rusia de haber propuesto un falso atentado contra Víktor Orbán con la esperanza de restaurar su popularidad. El primer ministro húngaro se enfrenta el próximo 12 de abril a unos comicios cruciales con unas encuestas que lo ubican fuera del Gobierno por primera vez en dieciséis años.
Mientras tanto, Estados Unidos se agita en protestas multitudinarias bajo el lema "No kings". Los bombardeos contra Irán y las redadas de ICE movilizaron a ocho de millones de personas. El espíritu de hartazgo se ha extendido hasta Roma, que celebró su propia marcha con consignas contra Giorgia Meloni. Cuatro años después de aquel mitin de Marbella, Vox vuelve a las urnas andaluzas sin Olona y sumido en una nueva purga. Tras el "No a la guerra", el CIS augura a los de Abascal una caída de más de dos puntos en el panorama estatal. Solo el tiempo nos dirá si el desgaste es coyuntural o duradero. De momento, los polluelos de Donald Trump ya no trinan tan alto.
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