Opinión
La falsa polémica del avión y la guerra de la propaganda

Por Miquel Ramos
Periodista
-Actualizado a
Varias mujeres jóvenes posan sonrientes para una foto en un mirador a lo alto de una colina en la localidad israelí de Sederot. Pero el paisaje no tiene nada de bonito. Es un ancho campo árido, sin vegetación, sin montañas. Tan solo a lo lejos se pueden ver algunos restos de edificios y columnas de humo. Es uno de los puntos desde donde los israelíes van a pasar el rato contemplando cómo su ejército bombardea Gaza, donde están atrapadas cerca de dos millones de personas. Hay una máquina de refrescos y unos prismáticos fijos, de aquellos que suele haber en las zonas de interés turístico. Lo mostraba recientemente in situ el periodista británico Jeremy Bowen en un reportaje para la BBC, que hablaba también de la hambruna que está provocando Israel intencionadamente, impidiendo la entrada de ayuda humanitaria.
Las imágenes de los niños esqueléticos, algunos respirando su último aliento antes de morir de inanición, han vuelto a indignar al mundo, que sigue contemplando impotente cómo se está permitiendo tal atrocidad. Siguen circulando vídeos de cuerpos desmembrados por las bombas, de familias sepultadas por los escombros y de personas abatidas por francotiradores cuando tratan de llegar a los puntos de distribución de comida. Mientras, al otro lado de las vallas que separan Gaza de Israel, un grupo de israelíes prepara en varias parrillas kilos y kilos de carne, haciendo que el humo de la barbacoa llegue a la población que se muere de hambre a escasos metros.
Conscientes de que estas escenas no ayudan en nada a ganar el relato, todos los esfuerzos de la maquinaria propagandística proisraelí se han centrado estos días en que la noticia y el escándalo no sea la enésima muestra de crueldad del Ejército ocupante, sino la expulsión de cincuenta jóvenes de un avión por comprometer la seguridad del pasaje. La historia de varios chavales en un vuelo que iba a despegar de València hacia París la pasada semana se ha convertido en pasto de la propaganda y del escándalo impostado. Israel pretende utilizar este suceso para su propio interés, que trasciende el asunto en sí mismo, usando a un puñado de jóvenes para su campaña. Están tratando de convertir el incidente en un conflicto internacional en el que España está en el ojo del huracán, tratando de eclipsar las noticias sobre la limpieza étnica en Gaza y los discursos de odio de quienes la aplauden, con un relato sobre supuesto antisemitismo en el que hasta ministros israelíes han metido cucharada.
La batalla por el relato es una trinchera más de cualquier guerra, que se libra también en los márgenes, en los sucesos que pueden servir para afianzar el papel que cada uno pretende representar. Una historia que no pasaría de ser una anécdota de turismo veraniego convertida en un ejemplo perfecto de lo que es la manipulación y la propaganda de guerra. El asunto del avión nada tiene que ver con Gaza, pero la religión de los jóvenes se usa como comodín para hacer creer que se trata de un acto antisemita relacionado con el odio a los judíos. Y como Israel se arroga la representación de todos los judíos del mundo, esto les sirve para presentarse como guerreros de la justicia, y reforzar así la idea de que todo el mundo los odia.
Pero vayamos a los hechos de esta falsa polémica: según explica la aerolínea y el piloto de la aeronave, un grupo de niños empieza a liarla antes de despegar. Manipulan varios elementos de seguridad, interrumpen a la tripulación mientras esta trata de explicar los protocolos de emergencia e impiden que los preparativos para el despegue transcurran con la normalidad necesaria. A pesar de las advertencias, no desisten de su actitud. El procedimiento en estos casos, tras la negativa de estos pasajeros a seguir las indicaciones del personal al mando, es avisar a las autoridades, a la Guardia Civil. Los agentes llegan al avión, recuerdan las obligaciones de los pasajeros, les piden respeto y que cumplan las normas. Tras recibir la negativa de los responsables de los menores a seguir las instrucciones, y ante la actitud agresiva de una monitora, proceden a su arresto y al desalojo de los jóvenes que protagonizaron el incidente. Otro pasajero, testigo de los hechos, corroboraba esta versión el pasado lunes ante los medios de comunicación.
Este relato es el que también ha difundido la compañía aérea en sus redes y que el propio piloto explicó a un colega suyo. Esta conversación entre el piloto y su colega, el empresario judío Martín Varsavsky, fue publicada estos días en un medio de información de la comunidad judía. El piloto había sido señalado al día siguiente de los hechos, con su foto, nombre y apellidos, acusado de antisemita. El ministro de la diáspora israelí, Amichai Chikli, fue uno de los que encabezó la campaña, publicó su nombre y su foto, y dejó caer una supuesta relación casual del piloto con el terrorismo. Desde su señalamiento, el piloto no ha dejado de recibir amenazas, tal y como le confiesa a su amigo y también piloto Varsavsky, conocido defensor a ultranza del Estado de Israel, pero que esta vez ha salido en defensa de su colega, a quien ha presentado como una víctima de una campaña injusta.
España no cuenta precisamente con buena prensa para los sionistas. Aunque el Gobierno mantenga relaciones con este Estado y ni siquiera haya cesado la compraventa de armamento en medio del genocidio, las declaraciones de sus representantes públicos y el sentir mayoritario de la sociedad, que se posiciona al lado del pueblo palestino, no gustan nada a Tel Aviv. Y en este incidente, las declaraciones del ministro de Transportes, Óscar Puente, llamando niñatos a los protagonistas de la historia, han sido la excusa perfecta para reafirmar el mantra de que aquí se odia a los judíos. Y que este odio es lo que provoca que seamos críticos con el genocidio que se está llevando a cabo en Palestina. El mismo argumentario que usan Vox y PP, aliados incondicionales del régimen sionista. De hecho, Chikli, el ministro ultraderechista israelí que encabeza esta campaña, fue uno de los invitados estrella en el acto EuropaViva de 2024. Así que todo lo que sea comprometer al ejecutivo de Sánchez y hacer un favor a Israel, aunque sea jodiéndole la vida a un piloto y cuestionando a la Guardia Civil, bien vale la pena para estos ultrapatriotas.
Lo que ha servido en este caso para tratar de crear un conflicto internacional y retorcer los hechos para insertarlos en el relato habitual del sionismo es que existe una conspiración mundial contra los judíos. Esto es, según los propagandistas de Israel, el origen del problema, la verdadera razón por la que se expulsó del avión a un grupo de jóvenes franceses que nadie sabía a qué dios le rezaban. Un relato tan inverosímil como retorcido, cuyo único objetivo es situar el antisemitismo en el centro del debate, con unos chavales de protagonistas, y en medio de un incesante torrente de imágenes atroces de lo que Israel está acometiendo en Gaza. Porque son precisamente los más feroces defensores de Israel y los negacionistas del genocidio, tanto políticos como lobbies y aliados como EEUU quienes están liderando esta campaña.
Que los chicos del avión eran judíos tan solo lo sabían ellos. Y cuesta creer que toda la tripulación y la Guardia Civil se compincharan para expulsarlos del avión por el simple hecho de serlo. Pero de eso va el comodín del antisemitismo, de llevar a ese marco cualquier reproche a cualquier judío o israelí, por cualquier cosa, aunque nada tenga que ver con su condición religiosa. Este comodín se sirve de una definición perversa de antisemitismo que han comprado no pocos estados, también el español, y de la que ya hablé en otra columna en este medio recientemente. Y esto es lo que sirve para engrosar perversamente las cifras de los incidentes antisemitas que los lobbies sionistas tratan de vender, relacionando toda crítica a Israel como odio a los judíos.
El antisemitismo es la principal herramienta que tiene hoy Israel para justificar su existencia y sus sucesivas atrocidades, presentadas siempre como actos de autodefensa. Por eso, cualquier cosa que pueda ser tildada de antisemita, sea o no cierta, sirve para proteger el proyecto sionista. Y en esa campaña participan también entidades subvencionadas por nuestras instituciones, sin que haya ninguna verificación sobre los datos que arrojan y que muchos medios de comunicación compran acríticamente. Es lo que sucedió con la campaña de 50 supuestas organizaciones que firmaron un comunicado contra el antisemitismo en la universidad el año pasado, y que se desveló finalmente que la mayoría de estas ni siquiera existía.
Sin embargo, los propagandistas de Israel saben bien que la batalla por el relato está perdida desde hace mucho tiempo. Son conscientes de que las imágenes de niños esqueléticos muriendo de hambre en Gaza, de los soldados cometiendo atrocidades y de sus ciudadanos tomándose un refresco en una colina mientras contemplan los bombardeos, echa por tierra cualquier esfuerzo por lavar su imagen o para victimizarse. Las escenas de ostentación del mal que llevan haciendo algunos ciudadanos israelíes, las barbacoas en la frontera o los cruceros por la costa de Gaza para contemplar los bombardeos desde el mar y reivindicar la colonización posterior a su devastación, parecen ajenas a esta guerra de propaganda.
Usar perversa y falsamente la acusación de antisemitismo contra cualquier crítica es una muestra más de la debilidad de sus argumentos, de la insostenible posición victimista de un proyecto que se devora a sí mismo lentamente, en directo, víctima de su propia arrogancia.

Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.