Opinión
Cuánto falta

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Casi nos matamos ***** y yo en una carretera del valle de Ricote. Era junio de 2019 y me creía más roto de lo que jamás podría estarlo: es lo que te hace la depresión cuando no sabes qué es la depresión. Había ido a Murcia a pasar unos días y olvidarme de lo que vivía en Madrid; a mitad de semana, cogimos su Ford Focus 2015 a las cuatro de la mañana y fuimos en silencio desde Molina del Segura hasta una montañitas en el interior de la Región que cobijan en su centro un pantano tan seco y hondo como una arena romana vieja; subimos despacio hasta lo alto de la sierra, donde hay un mirador, y después de fumarnos un cigarro de los largos comenzamos a descender: lo hicimos a todo lo que nos permitía la adherencia del Focus con la destrozada carretera, a veces a cien y otras a algo más. A mitad de camino vimos una curva de casi noventa grados sin quitamiedos – quitamiedos: qué palabra tan bonita – que limitaba con un barranco ruinoso y amarillo, y *****, que conducía, sin necesitar decirme nada empezó a acelerar: a ninguno de los dos nos parecía mal morir así, como héroes, en silencio; mascando la fantasía final de volar unos metros antes de que todo se fundiera a negro. ¿Por qué? Porque sí.
Recordé esta anécdota viendo anoche Barrio, la película de Aranoa de 1998. Hay en ella un momento en que los tres chavales protagonistas van al trabajo como guarda jurado del hermano de Rai, donde él le coge la pistola reglamentaria en un descuido y coquetea con la idea de jugar a la ruleta rusa; de hecho, llega a meterse el revolver en la boca y disparar, aunque luego asegure al resto que estaba descargado – no está tan claro que así sea: en el plano no se le ve sacar la última bala –. La atracción por la muerte de Rai no es concreta, sino que se parece más a un poso viejo que se acumula sobre una piscina abandonada en el invierno; ninguno de los personajes de la película tiene un motivo concreto para querer matarse, pero todos van acumulando roña, piel muerta de la vida que no para de apretujarse contra los ojos: una capa tras otra, un arañazo tras otro, un rasguño minúsculo más que convierte la espalda en una herida enorme cuando se mira con cierta perspectiva.
Sin embargo, todos siguen hacia adelante arreglándoselas, mintiéndose, haciéndose trucos de prestidigitador que los convence de que todo va bien, o que no todo va tan mal; los personajes comprenden que esos rasguños no son tanto una gran herida si se afrontan de cara, uno a uno, y se los mira muy de cerca, aunque a veces se parezcan más a un machetazo en las costillas que a un corte limpio. A veces no hay que coger perspectiva de los problemas, sino encararlos con un poco de inconsciencia; a veces hay que pillar a doscientos una carretera secundaria con ***** al volante y frenar en el último momento: justo al borde del precipicio comprenderás lo que te falta para dejarte caer. Normalmente, es mucho.
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