Opinión
Familias monomarentales y la herencia de la sospecha
Por Bea Merchán
Socióloga
Hay herencias históricas que sobreviven mucho después de que desaparezcan las instituciones que las produjeron.
No permanecen únicamente en las leyes, instituciones o en los edificios. Permanecen, sobre todo, en los imaginarios sociales: en las categorías con las que interpretamos el mundo, en aquello que nos parece normal y en aquello que sentimos que necesita una explicación.
Creo que eso es precisamente lo que ocurre con las familias monomarentales.
Soy madre monomarental y llevo tiempo observando un fenómeno que me resulta sociológicamente muy interesante. Prácticamente cualquier persona que entra en mi vida —en un contexto profesional, personal o incluso casual— termina formulando, antes o después, la misma pregunta: "¿Y el padre?".
No suele formularse con mala intención. Tampoco es una pregunta que me incomode especialmente. Lo verdaderamente interesante no es la respuesta, sino por qué esa pregunta surge de forma tan automática.
Podría escribir un libro con las reacciones que he recibido desde que decidí ser madre. Algunas eran abiertamente compasivas: "Ay, pobrecita". Otras pretendían ser un halago: "Qué valiente eres". Incluso durante el embarazo escuché ambas con frecuencia. Son respuestas aparentemente opuestas, pero comparten una misma premisa: la idea de que una mujer que cría sin un hombre constituye una excepción que necesita ser interpretada.
Y eso no ocurre con todas las familias.
Cuando conocemos a una familia biparental, nadie pregunta por qué existe. Nadie pregunta por qué ese padre está presente, ni qué circunstancias llevaron a esa pareja a formar una familia. Su existencia resulta inteligible por sí misma. En cambio, cuando una mujer dice que cría sola, aparecen casi de manera automática preguntas como: "¿Qué pasó?", "¿Te abandonó?", "¿Fue una decisión tuya?".
Lo verdaderamente interesante no son las preguntas en sí mismas, sino la presunción que contienen: la idea de que esa familia necesita una explicación. Históricamente, no todas las maternidades fueron leídas del mismo modo. Durante décadas, el franquismo construyó una jerarquía moral en la que la maternidad dentro del matrimonio representaba el horizonte legítimo de la feminidad, mientras que las maternidades que escapaban de ese modelo quedaban asociadas al pecado, al fracaso moral o a la desviación.
En ese contexto, si una mujer enviudaba, su situación encajaba en una tragedia compatible con los marcos desde los que se interpretaba la realidad. No cuestionaba el modelo familiar: lo confirmaba desde la pérdida. Pero cuando una mujer criaba sola fuera de ese relato, aparecía la sospecha. La pregunta dejaba de ser qué le había ocurrido y pasaba a ser qué habría hecho para encontrarse en esa situación.
El Patronato de Protección a la Mujer formó parte de ese entramado institucional orientado a preservar ese orden moral y familiar. Su función iba mucho más allá del control de determinadas conductas: contribuía a reforzar la idea de que existían maternidades respetables y maternidades sospechosas.
Algunas instituciones desaparecen y otras se transforman pero los imaginarios suelen durar mucho más.
La investigadora feminista Luisa Fuente Guaza utiliza la expresión “lógicas de crueldad” para referirse a mecanismos sociales que producen daño mediante formas aparentemente ordinarias de clasificación, juicio o deslegitimación. No siempre operan a través de la violencia explícita. A menudo funcionan mediante algo mucho más cotidiano: la sospecha.
Las familias monomarentales conocen bien esa dinámica, no porque exista una única forma de monomarentalidad ni porque todas las experiencias sean iguales, sino porque muchas comparten un mismo mecanismo social: la obligación de justificarse.
Mientras otras formas familiares se perciben como evidentes, las familias monomarentales continúan siendo leídas con frecuencia como una excepción que necesita una explicación.
Aquí resulta especialmente sugerente recuperar a Erving Goffman. En Estigma, mostró cómo determinados grupos sociales cargan con una identidad social desacreditada que les obliga a gestionar continuamente la mirada de los demás. No basta con existir. También deben responder preguntas, corregir interpretaciones o demostrar que no encajan en los prejuicios asociados a su posición, No se presume que su familia sea una forma más de organización familiar. Se presume que detrás hay una historia que debe ser contada.
Y esa presunción no aparece únicamente en los discursos reaccionarios más explícitos. También sobrevive en personas que se consideran progresistas y que defienden la diversidad familiar. Porque los imaginarios culturales no desaparecen automáticamente cuando cambian las leyes o las convicciones políticas. Siguen operando de forma silenciosa, organizando aquello que nos parece evidente y aquello que nos resulta excepcional.
Sin embargo, esa herencia cultural encuentra hoy un terreno especialmente fértil en el auge de los discursos antifeministas.
Susan Faludi analizó en Backlash cómo los avances en la autonomía de las mujeres suelen ir acompañados de discursos que intentan reinterpretar esa autonomía como una fuente de sufrimiento, fracaso o soledad. No es necesario limitar formalmente esas decisiones. Basta con convertirlas en una advertencia: presentarlas como el camino hacia la infelicidad o como elecciones vitales inevitablemente equivocadas.
Es difícil no reconocer esa lógica en buena parte de los discursos actuales sobre las madres solas. La idea de que «nadie te quiso», de que "algo habrás hecho", de que tu hijo crecerá inevitablemente peor o de que acabarás "sola con gatos" no constituye únicamente un repertorio de insultos más o menos ingeniosos. Funciona como un mecanismo disciplinario que intenta fijar un coste simbólico para aquellas mujeres que organizan su vida al margen del modelo familiar tradicional. No se cuestiona solo una decisión individual; se construye un relato destinado a presentar esa forma de autonomía como un error del que, tarde o temprano, habrá que arrepentirse.
Una parte importante de estos discursos se apoya, además, en una idea que rara vez se examina críticamente: que la familia biparental heterosexual constituye el modelo universal y óptimo de crianza, y que cualquier desviación respecto a él implica necesariamente una pérdida para las criaturas.
Se trata de una afirmación profundamente etnocéntrica, porque proyecta como universal un modelo familiar históricamente situado y culturalmente específico. La antropología lleva décadas mostrando que existen múltiples formas de parentesco, convivencia y cuidado. Las redes familiares extensas, los sistemas comunitarios o los modelos matrilineales han organizado la reproducción social de maneras muy diferentes a la familia nuclear occidental.
También resulta una afirmación profundamente esencialista, porque presupone que la mera presencia de un hombre y una mujer garantiza determinadas funciones parentales, cuando la evidencia muestra algo mucho más complejo. La calidad de los vínculos, las condiciones materiales de vida, las redes de apoyo o la ausencia de violencia explican mucho más sobre el bienestar infantil que la simple composición del hogar.
Basta observar la realidad para comprobarlo. Muchas de las situaciones de violencia, negligencia o sufrimiento infantil tienen lugar precisamente dentro de hogares biparentales. La presencia simultánea de un padre y una madre nunca ha constituido, por sí sola, una garantía de bienestar.
Por eso creo que la pregunta relevante no es qué le falta a una familia monomarental, sino por qué seguimos interpretándola desde la lógica de la falta. Quizá ahí resida una de las herencias culturales más persistentes de nuestro pasado reciente: en la supervivencia de marcos de interpretación que siguen distinguiendo entre formas familiares que se perciben como naturales y otras que continúan necesitando una explicación.
Esos marcos no solo se reactivan hoy desde discursos reaccionarios que atacan abiertamente la autonomía de las mujeres. También aparecen, de manera mucho más sutil, en preguntas formuladas con naturalidad, en respuestas aparentemente bienintencionadas y en presupuestos culturales que rara vez sometemos a examen.
Porque los imaginarios sociales no desaparecen cuando cambia una época histórica. Siguen organizando nuestra manera de interpretar la realidad, de distribuir legitimidad y de decidir qué vidas nos parecen evidentes y cuáles sentimos que todavía tienen que justificarse.
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