Opinión
Famosas últimas palabras
Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Chávez pronunció unas famosas últimas palabras que no se corresponden para nada con su leyenda: “No quiero morir, por favor, no me dejen morir”. Lo cierto es que suenan bastante ajustadas, tristemente humanas, mucho más verosímiles que esas parrafadas que supuestamente se marcan algunos antes de ingresar a la posteridad. Quienes todavía se empeñan en enredarse sobre si murió o no murió en Cuba (como si importara mucho), deberían reflexionar en el patetismo que destilan esas últimas palabras. Con lo fácil que hubiese sido falsificarle a Chávez un gran parlamento de despedida, como el del Che, y en cambio han preferido dejarnos sólo la sencilla verdad, la sinceridad de un hombre desnudo ante la muerte.
Ese mutis chirría porque a Chávez siempre lo hemos visto de lejos, sobre un pedestal, con una estatura sobrehumana. Sus seguidores lo veían como un semidiós, sus detractores como una plaga. Personalmente la glorificación en vida de Chávez siempre me ha parecido al menos tan peligrosa como su demonización, excepto en estos últimos tiempos donde la saña con su enfermedad bordeó la psicopatía.
Para mí Chávez resulta una suma viva de contradicciones, un fascinante conjunto de luces y sombras. Un militar golpista y un líder democrático. Un astuto estadista y un payaso televisivo. Marxista y católico, héroe y villano, Chávez se movía entre esas dicotomías intentando juntar los pedazos de un país saqueado desde tiempos inmemoriales, arrebatando las migajas a una oligarquía feroz que no le perdonó ni una. Sus enemigos le acusan de haber amasado una enorme fortuna personal y de haber regalado petróleo a manos llenas, pero se olvidan de los índices de miseria drásticamente reducidos bajo su mandato, de la campaña de alfabetización que alcanzó a la práctica totalidad de la población infantil, de tantas aldeas y tantos barrios donde los venezolanos vieron por primera vez un médico.
Le gustaba la confrontación, el conflicto, la jarana, y ese es quizá su peor legado: una sociedad dividida por una brecha más profunda aun que el abismo entre ricos y pobres. Precisamente gracias a esas ganas de pelea, Chávez hizo frente al ancestral enemigo del norte con una agresividad y una facundia que dejó a varios adversarios bloqueados, señalando, de paso, una alternativa histórica a una serie de líderes que, como él, llevan impresa en la cara la sangre de América. Algunos lo llamaban “el gorila rojo” como si un gorila (el más amable y pacífico de los grandes simios) fuese un insulto, pero lo que en realidad querían decir es que no soportaban la efigie de un indígena presidiendo las calles.
Embalsamarlo es una desgracia y un error grotesco, ante todo porque el chavismo, con todos sus traspiés, excesos y defectos, poco tiene que ver con el estalinismo, el maoísmo y otras sanguinarias mojamas. Pero también porque su dinamismo y su política a pie de calle no pueden congelarse en el pavor reverencial de una momia. Chávez murió demasiado joven y demasiado pronto. Difícilmente el chavismo proseguirá sin él, sin sus charadas, su inventiva y su energía inagotables. Por eso sus últimas palabras expresaban, aparte del humano miedo a morir, la angustia de quien sabe que deja una obra inconclusa.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.